El guitarrero escondido

> Este texto fue publicado en la web de Jot Down Magazine

En la calle Arrieta número 8, a pocos metros del Teatro Real de Madrid, lucen guitarras de todo tipo en amplios escaparates. Las hay eléctricas, españolas, de distintos colores… lustrosas y bien colocadas. Se trata de una vistosa tienda de instrumentos que además ofrece una gran gama de productos musicales. Es fácil fijarse en el local y –sin percatarse-  pasar de largo y dejar atrás un taller casi oculto en un discreto bajo unos metros más atrás, en el número 4 de la misma calle. Solo un grabado en las ventanas a ras de acera avisa con desgana de su presencia: ‘Felipe Conde. Guitarrero’. No hay escaparates, ni instrumentos expuestos ni nada que llame la atención. Por eso es fácil dejarlo atrás.

“¿Que si hay mucha diferencia entre una guitarra de fábrica y las que hacemos aquí? Pues sí. Hay bastante. El material, el trabajo y el sonido son distintos. Vamos, todo”. Y Felipe se echa a reír. Felipe Conde lleva desde 1989 al frente de este taller artesano de fabricación de guitarras de concierto. Un taller que arrancó el tío de su padre en 1915 y que desde entonces lleva surtiendo de guitarras a los principales maestros del mundo: en este escondido bajo madrileño se han fabricado las guitarras de Ramón Montoya, Manolo de Huelva, ‘Niño’ Ricardo, Mario Escudero, Esteban de Sanlúcar, Agustín Barrios Nagoré, Paco de Lucía, Leonard Cohen, Manuel Parrilla de Jerez, Los Habichuelas… Felipe concreta las que ha hecho él: “He fabricado las guitarras de Al Di Meola, Lenny Kravitz, David Byrne, Enrique de Melchor, he hecho varias para la familia de Paco de Lucía… Bueno, he reparado la guitarra que le hizo mi padre a Paco de Lucía, que fue la que utilizaba últimamente, aunque yo personalmente no le hice ninguna”. “¿Cómo se enteran de tu existencia? ¿Por el boca a boca?”. “Supongo, no lo sé. Lo único que sé es que se presentan aquí, sin previo aviso. Un día llegaron unos señores de la Casa Real. Me pidieron una guitarra para el Príncipe Felipe y éste se la regaló al emperador Akihito de Japón. Supongo que el emperador la tendrá aún. O eso espero”.

El taller de Felipe Conde no siempre estuvo ahí. Disfrutó de distintas ubicaciones en la ciudad de Madrid. Domingo Esteso, el tío de su padre, fundó el negocio y cuando murió en 1937, Mariano y Faustino Conde –padre y tío de Felipe- tomaron el relevo. “En realidad fue en 1939, porque estaban en el frente y no pudieron recoger el asunto hasta que terminó la guerra”, puntualiza Felipe. Los hermanos Conde estuvieron al mando hasta su fallecimiento en 1989. Entonces, y hasta hoy, Felipe lleva el negocio en el bajo situado frente al Teatro Real. “No sé si habrá una cuarta generación. Mi hija tiene 25 años y mi hijo, 21. A los dos les gusta hacer guitarras, pero no han decidido si se dedicarán a esto”. “¿Te gustaría?”. “Que hagan lo que les guste. Si decides dedicar tu vida a fabricar guitarras más te vale que te guste mucho, porque es un proceso muy largo y muy esclavo. Si se meten en esto, saben dónde se están metiendo”.

En el taller de Felipe Conde se fabrican guitarras artesanas. A mano. Desde el primer paso hasta el último. Ellos seleccionan la madera, la secan, construyen las piezas, la montan, la decoran, la barnizan y hasta la afinan. Y si hay tiempo, la tocan. Felipe es un excelente guitarrista. No porque lo diga él, sino por la demostración que ofrece mientras afina la última guitarra que ha fabricado. “Es la primera vez que esta guitarra suena. La estoy tocando por primera vez”, explica satisfecho en el sillón del recibidor de su taller. En las paredes lucen guitarras de todas las épocas, fotos antiguas y nuevas, piezas y curiosidades de todo tipo. Un reducido museo digno de visitar para cualquier amante de este instrumento. Detrás de una de las puertas está el pequeño taller, la sala de operaciones. No hay un hueco en las paredes libre de herramientas. En el centro, una suerte de camilla donde reposa la guitarra mientras va adquiriendo forma. A un lado, los moldes, también los antiguos, que usaba el tío de su padre y que ahora tienen casi cien años. “Aquí hacemos hasta el mosaico de las rosetas. Lo hacemos todo”. Y las rosetas (para los profanos, la decoración que rodea el círculo central del cuerpo de la guitarra) están formadas por diminutas piezas de decoración talladas a mano y montadas a modo de marquetería. “Es un trabajo de chinos, la verdad”.

Felipe construyó su primera guitarra a los 17 años. “Fue para la familia de Paco de Lucía”. Nada menos. “Pero en el taller yo llevo desde crío. Nací y crecí entre guitarras. Venía de pequeño y observaba a mi padre y a mi tío con los ojos como platos, absorbiendo toda la información. Empecé a trabajar con ellos a los 14 años”. Desde entonces ha fabricado, con sus manos, miles de guitarras. “En este taller hacemos unas 40 al año y yo llevo otros tantos años de profesión, así que echa cuentas. Si te digo la verdad, no tengo ni idea de cuántas guitarras he podido hacer exactamente. Nunca lo he calculado”.
La guitarra más barata que Felipe puede fabricar en su taller cuesta 2.150 euros. De ahí en adelante, hasta los 20.000 euros. “La gente se asombra con el precio. Me preguntan, ‘¿toca sola?’. Yo les digo: ‘No, hay que tocarla. Prueba”. Sus clientes, claro, son sobre todo guitarristas. “Pero también tengo clientes coleccionistas. Que las compran para tenerlas colgadas o expuestas. Yo no lo entiendo, me da mucha pena, pero si las pagan…”.

“Artesanos de la guitarra como yo debemos quedar en España cinco o seis. Y que lleven cien años en el negocio, dos o tres”, dice Felipe con más pena que orgullo. Es un tópico, pero un tópico real: no hay una guitarra que salga igual a otra. Leonard Cohen (que usa una guitarra del taller de Felipe), cuando recogió su premio Príncipe de Asturias, explicó que una guitarra nunca se termina. La madera sigue viva y le afecta la humedad o el trato que reciba. Dependiendo de eso, el instrumento se ve más o menos perjudicado y la calidad de la guitarra varía. Una guitarra nunca se acaba. “Son tantos los factores que es imposible hacer dos que suenen igual, aunque uses los mismos materiales. Tú haces dos guitarras con madera hermana, idéntica, y aun así no salen iguales. Afecta cómo la cierras, la humedad y diría que hasta el estado de ánimo de quien la está haciendo”, completa Felipe.

En medio de la charla aparece en el taller un joven de pelo rebelde, planta gitana y sonrisa en el rostro. Charla animado con Felipe, le entrega una guitarra y comentan algo sobre la funda, de cuadros escoceses rojos y blancos. “Estas fundas ya no se hacen, son preciosas”. El chaval prueba la guitarra y ofrece un asombroso mini-recital en pleno taller. Después se despide, cariñoso, de Felipe. “Es el sobrino de Paco de Lucía. Es muy bueno, tiene mucho futuro”, revela después.

El proceso para fabricar una guitarra de concierto artesana es muy largo. Entre treinta y treinta y cinco años. “Lo primero es seleccionar una buena madera. Después hay que ponerla a secar”, explica Felipe. “La madera debe secar treinta o treinta cinco años. Yo estoy usando la madera que puso a secar mi padre. Después, el proceso de montarla, son dos meses”. El material que emplean en el taller de Felipe es selecto. “La madera es clave. Su calidad y el estado en el que esté, es fundamental para todo lo demás”. “Para todos los instrumentos de cuerda se usa pino abeto para la tapa. Nosotros intentamos traer el pino abeto del norte de Italia, Suiza, Alemania, Serbia… el de toda esa zona es el mejor abeto del mundo. Desde hace dos años también se usa cedro de Canadá, pero en mi opinión es un sucedáneo. Con un buen abeto para la tapa ya tienes mucho. Para los aros y el fondo se usa ciprés español o palo santo de Madagascar, aunque se puede usar el palo santo de India o de Brasil. Ahora también se usa arce, porque el palo santo es especie protegida. Para el mango intentamos usar cedro de Honduras o de Brasil, que es una madera muy dura para aguantar la tensión de las cuerdas y que no doblen el mástil. Aunque cada vez es más difícil, porque queda poco. El diapasón es de ébano, una madera durísima y muy densa, ni siquiera flota en el agua de lo densa que es”.

El empeño y el cariño son extremos. “A mí me apasiona esto. Y es que no hay otra manera: cuando estoy haciendo una guitarra estoy convencido de que es la mejor guitarra del mundo. Siempre pienso que es la mejor que he hecho. Y en cuanto termino digo: la próxima va a ser la mejor del mundo”. Por eso Felipe se enfada cuando se le pregunta por la situación del artesanado. “Somos los últimos Mohicanos”, dice. “Casi no quedan artesanos y además en el mundo de la música en España la guitarra no se valora. No se valora ni se ayuda a los que hacemos guitarras de este modo. Dentro de la incultura de este país se valoran más instrumentos como el violín o la viola. La prueba es que el 80% de lo que hago sale fuera de España. Aquí nació el flamenco, y hay cultura flamenca, pero no se valora”. Felipe pone el ejemplo del recientemente fallecido Paco de Lucía. “Se hizo famoso fuera de España. Cuando tocó en el Teatro Real por primera vez, había ya tocado en setenta sitios más importantes. Y aún hay gente que se rasga las vestiduras por un concierto de flamenco en el Teatro Real. En general la guitarra en España no está valorada, forma parte de instrumentos como la pandereta o la zambomba. En otros países está muchísimo más valorada. Y eso que se inventó aquí, que se dice pronto”.

Y pese a su enfado, es optimista con el futuro. “Lo veo bien. Muy bien. El mercado es cada vez más exigente, la gente entiende mucho, pero irá bien si mantenemos una calidad muy alta. En el futuro, los que hagan o los que hagamos guitarras, tenemos que mantener la calidad. Si es que queda madera en el mundo, claro”. “Si no siempre te puedes pasar a las guitarras eléctricas, ¿no?”. Felipe ríe. “A la guitarra eléctrica se le llama guitarra por llamarle algo. Podría también llamarse zambomba. No tienen nada que ver”.

Felipe nos despide enfundado en su bata de faena, con la última guitarra que ha fabricado en su mano. “A ver si esto sirve para que nos ayuden un poco, alguna subvención o ayuda para salir a las ferias internacionales. Es que estamos olvidados”. Y su queja bien podría ser la queja de todos los artesanos de España. Normalmente olvidados. Escondidos, como el taller de Felipe, y propensos a ser dejados de lado cuando se ve un gran escaparate al otro lado de la calle.

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