¡Que viene Amazon!

> Este reportaje fue publicado en Jot Down

Fue en abril de 1994 –el día en concreto ni siquiera él lo recuerda-, cuando Jeffrey Bezos dejó su trabajo, metió sus cosas en una furgoneta y, junto con su mujer, se trasladó a Seattle. Tenía 31 años. En la ciudad de Nirvana, donde nunca sale el sol y la gente –dicen- se suicida más de lo habitual, comenzó a dar forma en el garaje de su casa a una idea que llevaba meses removiendo. Nada esencialmente complicado: quería vender libros a través de internet. Tras un año de trabajo invitó a sus amigos a la inauguración de su primera pequeña empresa, a la que decidió llamar Amazon, por si acaso los buscadores de internet seguían creciendo y mantenían sus criterios de orden alfabético. Para sorpresa de la concurrencia el asunto funcionó y, en 30 días, Amazon ya estaba vendiendo libros en los 50 estados de Estados Unidos. El crecimiento fue exponencial y el éxito, bestial: solo cuatro años más tarde, la creación del garaje de Jeff se convirtió en el líder global en comercio electrónico y en una de las mayores 500 empresas de Estados Unidos. Hoy, se plantea repartir todo tipo de productos a domicilio con drones. De un garaje a la cima del mundo. Estas cosas pasan.

 “Es más fácil ser inteligente que amable. Con lo primero se nace, es un don. Lo segundo se elige. Y no es sencillo, porque es fácil creer que con lo primero basta” (Jeff Bezos, 2001).

Quitémosle romanticismo (que no mérito): Jeff Bezos arrancó su mastodóntica idea en un garaje, sí, pero no era un universitario de peinado inadaptado que comenzó a conectar cables y terminó presidiendo una compañía informática. Bezos tenía más o menos claro lo que quería y, sobre todo, tenía dinero para ponerlo en marcha.

Cuando Jeffrey Preston Jorgensen nació en Alburquerque (Nuevo México) el 12 de enero de 1964, su madre Jacklyn Gise tenía 17 años.  Se encontró sola a los pocos meses, después de que Ted Jorgensen, el padre biológico, los abandonara. Apenas nada se sabe de este señor, cuyo rol fue adoptado por Miguel Bezos, un ingeniero cubano de la Exxon con quien Jacklyn y el pequeño Jeff –que adquirió su apellido- se instalaron en Houston. De aquella época, la madre del dueño de Amazon recuerda que, en lugar de un cuarto de juguetes, Jeff tenía una sala llena de aparatos electrónicos y mecanos donde mataba las tardes. La adolescencia la pasó en Miami, a donde se trasladó la familia. Fue allí cuando la inteligencia de Jeffrey comenzó a emitir avisos. En secundaria, con apenas trece años, montó su propio negocio, el Dream Institute, un campamento de verano educacional para chavales de su edad. Era, por supuesto y además, brillante en el colegio.

De Miami a Nueva Jersey: Jeff decidió estudiar Ingeniería Eléctrica e Informática en Princetown. Adivinen: se graduó con todos los honores posibles. Nada más poner un pie en el mundo laboral lo fichó Fitel, una empresa de Wall Street. La mente brillante de Bezos propulsaba su carrera. De Fitel a Bankers Trust y finalmente a DE Shaw, todas empresas del ‘dowtown’ financiero de Nueva York, de esas que permiten a un joven tener un apartamento de lujo en el Village en el que apenas puede estar, ya que vive en la oficina. En DE Shaw conoció a su mujer, Mackenzie y también llegó a vicepresidente, el más joven de la historia de la firma, por cierto. Era 1994. Jeff tenía 30 años y estaba cerca de la cumbre. De lo que se supone que es la cumbre. Fue en ese momento cuando decidió frenar, volver al suelo y construir su propia montaña.
Jeff había comprobado unos meses atrás que una cosa que se llamaba internet estaba creciendo al 2.000% cada año.  Se sintió atraído por semejante escenario, claro. Dicen que no le dio demasiadas vueltas: habló con su compañía, con su mujer y le pidió los ahorros de toda la vida a sus padres: 300.000 dólares. Tenía una idea.
Mackenzie y él empaquetaron sus cosas y se trasladaron a Seattle. En el garaje de su nueva casa instalaron tres servidores para desarrollar lo que Jeff tenía en mente: un catálogo de libros on line en el que estuvieran reunidos todos los títulos de las distintas editoriales. O al menos el mayor número posible de ellos. La idea inicial era que el cliente pudiese buscar el título que deseaba y pedirlo directamente a través de internet. Decidió llamar a su recién creada empresa cadabra.com y contrató a seis empleados para darle forma. El 16 de julio de 1995 invitó a unos 300 amigos a la inauguración. Entonces cadabra.com disponía de 200.000 títulos. Antes de que el éxito se desparramara, Jeff remató a gol: cambio el nombre de la empresa y le puso Amazon. Algunos dicen que por el río Amazonas, otros simplemente creen que fue una estrategia, ya que los motores de búsqueda de la red usaban en aquellos tiempos criterios alfabéticos.
Sin promoción en prensa, durante su primer mes de vida Amazon vendió libros en todos los estados de Estados Unidos y en 45 países. En el segundo mes Jeff y sus chicos vendían por valor de 20.000 dólares a la semana y al cerrar el año la empresa de aquel garaje facturó medio millón de dólares, casi el doble de los ahorros que sus padres, con fe ciega, le habían prestado un año atrás.
El crecimiento fue tan febril, tan descontrolado, que en 1997 Amazon salió a bolsa. Desde ese momento la empresa comerció también con otros productos haciendo que los libros, aunque sigan siendo su buque insignia, apenas supongan un porcentaje significativo en la facturación de Amazon. En 1999 Jeffrey Bezos fue portada y hombre del año para la revista Time. Su cara comenzó a ser mundialmente conocida. Fue más o menos ese año cuando los libreros –o al menos muchos de ellos- comenzaron a odiarle.
“Si pretendes que jamás te critiquen, entonces no hagas nada nuevo” (Jeff Bezos, 1999).
 
Amazon aterrizó en España en septiembre de 2011. En lugar de con pancartas al estilo Mister Marshall, la industria del libro patria le dio la bienvenida con titulares en prensa: “Amazon supone la ruina para el sector librero” (elmundo.es); “Los libreros le piden a Wert que pare la voracidad de Amazon” (lainformacion.com); “Amazon desata la ira del sector editorial” (Antena 3); “Coro de críticas contra Amazon” (El País). Y un largo etcétera.
Existen tres motivos principales que explican este cálido recibimiento, que explican por qué la industria del libro -no toda- odia a Amazon: ‘dumping’, evasión de impuestos y autoedición. Vayamos por partes.
El ‘dumping’ es una práctica económica o comercial por la que una empresa establece un precio inferior para los bienes exportados que para los costos de producción. Traducción: bajar al máximo los precios, incluso a costa de perder dinero, con el propósito de arruinar a toda la competencia y establecer una suerte de monopolio en el que se volverán a subir los precios y se recuperará lo perdido. Amazon España niega rotundamente esta práctica en nuestro país. No es habitual que la compañía de Bezos se pronuncie de forma pública, pero en esta ocasión han querido hacerlo a través de un portavoz de Amazon España: “La afirmación de que Amazon realiza prácticas de ‘dumping’ es simplemente incorrecta”, explica el portavoz. “La Ley de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas española establece que cualquier establecimiento que venda libros tiene que venderlos al precio que fija el editor, con un descuento máximo del 5%. Amazon sigue estrictamente esta ley”.
Los libreros, sin embargo, sostienen que sí se está haciendo ‘dumping’, ya que Amazon tira por el suelo los gastos de envío, rebajando el coste final de la compra. En algunos casos, incluso, los envíos son gratuitos. Manuel Ortuño es editor. Dirige Trama Ediciones y se muestra claro: “Que están llevando a cabo una práctica de ‘dumping’ no me cabe ninguna duda. Es algo que, evidentemente, están haciendo y con ello se están cargando la industria del libro en España. Otro asunto es que el ‘dumping’ no es ilegal y, por tanto, hay que tomarlo como legítimo”. Ortuño es un profundo conocedor de Amazon. Este año, su editorial, ha sacado a la luz en castellano el libro ‘En los dominios de Amazon’, del periodista francés Jean Baptiste Malet, en el que se describe las inauditas condiciones laborales de los almacenes franceses de la empresa. Enseguida hablaremos de eso.
El ‘dumping’ no sólo es legal, sino que hay quien tilda la práctica de beneficiosa. Para los defensores del libre mercado contrarios a los mecanismos proteccionistas, esta práctica es buena para el consumidor ya que le ofrece los productos al mínimo precio posible y aviva la competencia. Sus detractores opinan, en cambio, que es necesario salvaguardar la estabilidad de las empresas nacionales por el bien de la economía. Para la Organización Mundial del Comercio (OMC), el ‘dumping’ es condenable ya que puede causar un daño irreparable a un sector entero, pero no está prohibido.
Lo cierto es que Amazon lleva dando pérdidas casi desde su nacimiento. El último balance público en Estados Unidos, correspondiente al tercer trimestre de 2013, reveló que Amazon había perdido 41 millones de dólares, eso sí, un 85% menos que el mismo trimestre del año anterior, en el que había sangrado por valor de 274 millones de dólares. La cifra de negocio de Amazon es hoy de 17.902 millones de dólares, con un 23% más en ventas que en 2012. Amazon espera cerrar este último trimestre de 2013 con una facturación de 24.000 millones de dólares, lo que implicaría un crecimiento aproximado del 15% con respecto al año pasado.
A diferencia de un pequeño librero de barrio, Amazon se puede permitir tener pérdidas porque sus inversores y accionistas se lo consienten –es una multinacional con indiscutible futuro- y porque el sector del libro es, para la compañía, la punta de un iceberg mucho más vasto. Se podría decir que Amazon depreda el mundo librero porque no vive de eso. Es como un gigantesco pulpo en el que la punta de uno de sus tentáculos ha tocado el pequeño y frágil mundo editorial y lo ha puesto patas arriba.
Txetxu Barandiarán es editor de la revista Trama y Texturas y uno de los mayores  conocedores de Amazon en España, sino el mayor. “La economía de Amazon vive asentada sobre tres pilares fundamentales “, explica. “El primero son los alojamientos web, que es la base de las ganancias de Amazon, aunque no suela hablarse de esto. El segundo es el comercio de todo tipo de productos. En el último mes han vendido una cantidad increíble de máquinas de coser. Y el tercer pilar son los servicios y descargas, incluidos los e-books”. Los libros son un porcentaje menor. “El volumen de comercio de libros es pequeño –continua Txetxu- y muy opaco. Nunca dan datos, nunca hacen públicas las cifras”.
Amazon tiene catorce categoría de venta en España y 34 en todo el mundo. Se vende de todo:  desde las citadas máquinas de coser hasta ‘smartphones’ pasando por cocinas, neumáticos o relojes. Amazon vende sin parar, como un grifo abierto a toda presión. El 26 de noviembre de 2012 fue una fecha récord para la compañía: en las 24 horas de aquel día la empresa vendió 26,5 millones de productos, es decir, Amazon vendió 306 productos por segundo.
“Estas ventas les permiten generar una extensa base de datos sobre sus clientes”, afirmaba quejoso en ‘eldiario.es’ hace unos meses Javier Cámara, librero de Bilbao. “Son la ruina para el sector librero, dicen que hay precio mínimo fijado pero realizan ofertas desleales y juegan con los gastos de envío. Aprovechan cualquier resquicio de la ley. Como sociedad debemos plantearnos si queremos seguir contando con una diversidad editorial y un comercio cercano”.
La evasión de impuestos es el segundo motivo de la ira. El hecho de que la sede central de la empresa en Europa esté en Luxemburgo, permite a Amazon una ventaja competitiva, ya que el IVA sobre los libros electrónicos en ese país es del 3%, mientras que en España está en el 21%. Se cobran una ventaja de 18 puntos porcentuales. Un mundo. Amazon España se justifica con innegable creatividad: “Declaramos en España el IVA de los libros físicos, pero el de los digitales lo pagamos en Luxemburgo. No consideramos los libros electrónicos sean libros, sino servicios”, explicaba hace unos meses François Nuyts, director de Amazon.es, en Economía Digital.
De momento, en España, las quejas no han pasado de eso, de quejas. En Francia la cosa se ha caldeado algo más. “Estamos hartos de Amazon”, llegó a declarar no hace mucho la ministra de Cultura gala Aurélie Filipetti. Textual. En Francia, donde la cultura se entiende como un sello de identidad más que como un negocio, no parecen dispuestos a permitir que Amazon se haga con el mercado librero. Hasta el punto de que derecha e izquierda se han unido en contra de la multinacional de Jeff. Hasta los diputados más liberales gritan en favor de la industria librera gala. Por eso París estudia la posibilidad de prohibir la gratuidad en los gastos de envío y aportar una ayuda al sector librero de siete millones de euros.
En Reino Unido también se han sublevado. En este caso ha sido la propia industria la que se ha unido, presentando una demanda común contra Amazon. En Alemania, el sector estudia hacer una huelga estas navidades. ¿Y en España?
“Lo fundamental en el futuro va a residir en la personalización. Hoy por hoy tenemos 6,2 millones de clientes. Vamos a confeccionarle a cada uno de ellos una tienda a su medida” (Jeff Bezos, 1997).
 
En la biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges habla de una biblioteca que parece infinita (aunque no lo es), donde se pueden encontrar todos los libros posibles, donde se puede encontrar, pues, toda la información posible. La biblioteca es, finalmente, el universo. El eslogan de Amazon recuerda al cuento del maestro argentino. “Nuestro objetivo es que cualquier libro en cualquier lengua esté disponible para cualquier persona en menos de 60 segundos”. Amazon quiere ser una suerte de universo. “Tenemos todo y probablemente muchos libros solo los tenemos nosotros. Aquí se puede encontrar cualquier cosa”, explican desde la empresa. Y es verdad. Amazon es un inabarcable catálogo al servicio del consumidor. Aquí se puede adquirir desde La Torá hasta ‘Mi Lucha’ de Adolf Hitler. La biblioteca de Borges no entiende de sentimientos: en la compañía de Bezos se pueden comprar incluso los libros que destripan a la empresa. ‘En los dominios de Amazon’, el libro que revela las lamentables condiciones laborales de Amazon, se vende en Amazon.
La compañía cuenta a día de hoy con 200 millones de clientes activos. Las ventajas para el consumidor son innegables: precios imbatibles, títulos que no se encuentran en ninguna otra parte y envío a casa. Es imposible competir con semejantes condiciones.
“Creo que en España los libreros se han precipitado mucho al enfrentarse a Amazon”, afirma Txetxu Barandiarán. “Las prisas no son buenas y el mundo está cambiando. Hay que reflexionar y observar. Las críticas a Amazon no son tan claras, son difusas. Unos dicen que es por los precios, otros por los envíos, otros por los libros electrónicos. Pero yo creo que la crítica nace esencialmente de un problema: el miedo. El miedo a lo nuevo, el miedo lógico de cualquier sector pequeño ante la llegada del pez grande. Si la crítica se limita a que les están quitando su parte de la tarta, eso no se sostiene”. Por eso no pocos especialistas como Txetxu sugieren tomar otros caminos ante la llegada del gigante. Uno de ellos es la diferenciación. El otro, el recurrente dicho: si no puedes con tu enemigo, únete a él.
La librería Diego Marín de Murcia, un negocio familiar de éxito, es un buen ejemplo de esto último. Esta empresa decidió vender su stock a través de Amazon. La compañía de Bezos ofrece a las librerías la posibilidad de distribuir su género, a cambio de una comisión. Para lograr el acuerdo acuden directamente a ellos, saltándose a las editoriales. Amazon se come así la mitad del negocio: el año pasado la industria del libro facturó en España 5.200 millones de euros, de los que el 50% correspondió al mundo editorial. Manuel Ortuño, de Trama Ediciones, vende a través de la multinacional. “Muchas librerías se cierran en banda contra Amazon, no frenan y reflexionan sobre cómo colaborar, cómo servirse de ellos”. Colaborar con Amazon, claro, tiene un precio, pero sobre las condiciones pesa un opaco telón de secretismo. Ni Manuel ni ningún otro editor pueden hablar de ello. “Son absolutamente confidenciales. No puedo decir qué parte se llevan ellos porque el contrato exige confidencialidad absoluta. Sí puedo decir que son porcentajes más o menos sensatos, pero mañana esos porcentajes cambiarán. De eso estoy seguro”, concluye.
Txetxu completa la crítica constructiva. “El mundo del libro dice ser un sector único, pero sus intereses no son los mismos. No tiene las mismas necesidades los sectores de libros jurídico-científicos que lo best-sellers”. Por ello cree que el futuro del negocio está en abrir espacios personalizados, especiales y diferenciados. “Las librerías son puntos de encuentro, espacios culturales. Hay que ofrecer este tipo de sitios, acogedores, interactivos y especializados, para que la gente se sienta atraída. Y con eso Amazon no puede competir”.  Muchas librerías comienzan a optar por ese sendero.
“Los libros no están muriendo, simplemente se están volviendo digitales” Jeff Bezos (2008).
 
El 19 de noviembre de 2007 Amazon lanzó al mercado Kindle, su libro electrónico. En realidad el e-book ya existía (en España un año antes ya se comercializaba el iLiad, fabricado por iRex y ‘antepasado’ del iPad), pero como todo lo que toca Amazon, el Kindle volteó el mercado. Con el libro electrónico de Bezos la industria librera volvió a temblar. No solo por la amenaza al libro clásico (que ahora veremos que, de momento, es infundada), sino por el tercer motivo de la ira: la autoedición.
El del e-book es uno de esos debates recurrentes. La televisión acabará con la radio, las webs con los periódicos y los libros electrónicos con los libros de papel. Al final cada medio, normalmente, va encontrando su hueco y su razón de ser. Por eso, Txetxu, no ve las nueces. “El lanzamiento de Kindle provocó otra oleada de miedo. Pero falta reflexión”, señala. “Si nos paramos y miramos los datos, vemos que en EEUU la venta de e-books se ha estancado y supone solo un 4% de las ventas totales de libros. ¡Un 4%! Del que, además, el 75% es sobre libros jurídicos y médicos. La ansiedad generada no se corresponde con la realidad”. Manuel Ortuño coincide: “Esto va muy despacio, los soportes van a convivir muchísimo tiempo”. La propia Amazon opina del mismo modo: “Durante muchos años, la gran mayoría de lo que vendamos en nuestra tienda de libros provendrá de las editoriales”.
 
Lo que es una incógnita es qué pasará en el futuro, un futuro para el que el sector librero tradicional no parece preparado: “El sector librero en España todavía no ha asumido la evolución o la revolución digital. Se han dormido y les va a costar muchísimo despertar y ponerse al día”, señala Manuel Ortuño.
En España, a día de hoy, hay 75.000 libros electrónicos, una cifra todavía lejana a considerarse elevada. El Kindle de Amazon, además, permite autoeditarse. Esto es, cualquiera que escriba un libro (o algo que crea que es un libro), puede subirlo a la web de Amazon y venderlo de forma digital por el precio que decida, incluso por cero euros. Amazon, claro, se lleva una parte.
Fernando Gamboa es el escritor español número uno a través de Amazon. El que más vende. “Comencé hace años a publicar con una editorial, pero cuando cerró me encontré un poco ‘con el culo al aire’, así que decidí probar suerte a través de Amazon”, explica. Gamboa subió a la web su libro ‘La historia de Luz’ y lo puso a la venta por tres euros. Fue un éxito. “Lo moví por algunos blogs y redes sociales, comenzó a funcionar el boca a boca y se multiplicaron las descargas”. Fernando subió sus siguientes obras y a día de hoy vive al margen de intermediarios: escribe sus obras, las sube a Amazon y sus lectores las compran para leerlas de forma digital. “No soy millonario, ni mucho menos, pero vivo de esto. Y hoy en día no es decir poco”, afirma.
Amazon ofrece dos opciones: si el precio fijado por el autor para su libro es menor de tres dólares, Amazon se queda el 70% y el escritor el 30%. Si lo vendes por más, los porcentajes se invierten y el escritor se lleva el 70%. “Es mucho más de lo que te llevas con un editorial de papel”, afirma Gamboa. Estos porcentajes se convierten en prefijados y negociables cuando Amazon trabaja con editoriales independientes, en lugar de con escritores. Unos porcentajes, de nuevo, confidenciales.
La historia de Fernando tiene final feliz, ya que después de su historia de Luz vinieron más libros con sobresaliente éxito. “La verdad es que yo soy un poco excepción, porque es muy difícil vivir de la autoedición. Tienes que gestionar tú mismo la promoción y dependes también un poco de la suerte”, confiesa Fernando.
“Los libreros son muy críticos con la autoedición, -retoma Txetxu- pero eso ya existía antes de Amazon. ¿Nadie se acuerda de los fanzines? ¿O de los escritores con sus manuscritos de librería en librería en librería o de editorial en editorial?”. El enfado del sector del libro viene, sobre todo, porque –dicen- se acaba con la figura del editor. “Es una labor fundamental”, asegura Manuel Ortuño. “El editor es quien selecciona la calidad, es el que pone un poco de orden en todo este caos que estamos viviendo”. Gamboa discrepa. “Mis libros están muy editados. Pasan por dos correctores y varios lectores alfa. Soy extraordinariamente riguroso y profesional antes de poner algo a la venta. Y como yo, casi todos los autores que se autoeditan. Mis libros pasan más controles editoriales que si estuviera en una editorial”, afirma. Desde Amazon le dan otro punto de vista y afirman tener buena relación con la mayoría de editores: “Los editores están encontrando nuevas e innovadoras formas de conectar los autores con sus lectores y, por supuesto, nuevas fórmulas para que los autores ganen tanto dinero como sea posible. Todos los editores con los que trabajamos en todo el mundo son increíblemente importantes para nuestro negocio. De vez en cuando tenemos opiniones distintas, sí, pero es mucho más lo que nos une de lo que nos separa. Nuestros intereses están alineados”.
 
Pese al miedo y enfado de los libreros y editoriales, lo cierto es que en España, de momento, la autoedición apenas es una mosca que moleste a un león. Sigue existiendo una idea, una suerte de etiqueta por la que los libros autoeditados parecen tener menos calidad.  “Todavía se confunde con libros para bodas”, dice Ortuño. Y Gamboa añade. “En Estados Unidos, un autor que se autoedite y tenga éxito, tiene a cientos de editoriales aporreándole las puertas”. Y es que, la autoedición en España, sigue siendo un trampolín para el objetivo real y final de todo escritor: llegar a una editorial. Ésta sigue siendo, pese a todo, la meta definitiva. “A mí me encantaría publicar con una editorial. No tengo nada en contra de ellas, todo lo contrario. Y espero poder hacerlo algún día”, confiesa Fernando.
Desde que Amazon aterrizó en España, diecisiete escritores que comenzaron subiendo sus obras a la web han sido llamados por editoriales de mayor o menor prestigio, entre ellos autores de primera línea, como Juan Gómez Jurado o Esteban Navarro. Por ello desde la compañía, hacen una firme defensa de este modelo: “La plataforma de autopublicación de Amazon permite que grandes historias vean la luz -muchas de ellas después de haber estado guardadas años en cajones de escritorio sin haberse publicado-, permitiendo que sean los lectores los que decidan si son o no buenos libros”. La criticada competencia desleal convertida en mercado y cantera de escritores.
 “Hay dos tipos de compañías: aquellas que trabajan por cobrar más y aquellas que trabajan por cobrar menos. Nosotros seremos la segunda” (Jeff Bezos, 1998).
 
En septiembre de este año Amazon España decidió abrir a la prensa las puertas de su único almacén en el país, situado en San Fernando de Henares, Madrid. La visita coincidía en el tiempo con la llegada del libro ‘En los dominios de Amazon’, del periodista francés Jean Baptiste Malet. La obra es un extenso reportaje de investigación en el que se desvelan las inaceptables condiciones que padecen los trabajadores de los almacenes franceses y alemanes de Amazon. Malet, nacido en Toulun en 1987, se infiltró como trabajador en estos almacenes para dar cuenta de lo que sucedía en ellos.
Al principio intentó entrevistar a los trabajadores, para conocer sus problemas y quejas, pero fue incapaz. Como él mismo relata en el libro, los empleados se mostraban aterrorizados ante la idea de hablar con un periodista. Malet descubriría que Amazon obligaba a sus empleados a firmar cláusulas por las que se prohibía a los trabajadores hablar con la prensa e incluso, en ocasiones, con sus amigos o familiares sobre lo que ocurría en los almacenes. Lo que pasaba en los almacenes se quedaba en los almacenes. Ante el hermetismo, Malet tuvo que hacerse pasar por un trabajador. Y de la experiencia nació ‘En los dominios de Amazon’, que revela la cara más oscura de la compañía de Bezos y la sitúa muy lejos en el tiempo o en el espacio. Las fábricas de Francia parecen sacadas de la revolución industrial o de un taller ilegal de Bangladesh: trabajadores exhaustos, sin tiempo para el descanso, con mareos por mala alimentación, sin calefacción y atemorizados por sus superiores. Inaudito.
Cuando Jean Baptiste Malet habla de las condiciones laborales de Amazon en Francia y Alemania las califica como “una amenaza para la democracia”. Lo curioso en el caso francés es que Amazon sigue recibiendo dinero público. No sólo eso: el desafío del gobierno antes explicado contra las bajadas de precios de Amazon y su evasión de impuestos no se extiende a sus fábricas. Sobre eso el ejecutivo francés no se pronuncia.
Entre otras muchas cosas que se detallan en el libro, Malet relata cómo los trabajadores están permanentemente geolocalizados, de manera que sus superiores conocen el ritmo de trabajo al detalle y qué están haciendo cada minuto. No se les permite parar, no se les permite tomarse un respiro. No se les permite hablar. Hay dos descansos de veinte minutos, uno de ellos no remunerado. No hay turnos fijos y la delación está bien vista: en los almacenes franceses de Amazon está muy bien valorado informar de que un compañero trabaja despacio o habla demasiado.
En Alemania, Malet descubrió en pleno invierno barracones donde dormían los trabajadores, la mayoría de ellos portugueses, españoles y griegos. No tenían calefacción y las camas eran para niños.
Amazon tiene 59 almacenes por todo el mundo, desde Estados Unidos a Japón, pasando por la India o Italia. Según la propia compañía, ya son algo más de cien mil los empleados en plantilla, una cifra que se incrementa en casi 70.000 en las fiestas navideñas. Pese a ello, Malet sostiene que Amazon destruye más empleos de los que crea, ya que, asegura, está eliminando sectores enteros.
El también periodista Adam Littler, de la BBC, se infiltró en un almacén de Gales y sus conclusiones fueron más o menos las mismas. Littler reveló que tenía que escanear una orden por pedido cada 33 segundos, con un aparatito que pitaba si lo hacía mal, y después poner el producto escaneado en un carretillo. Así durante un turno de diez horas y media con un descanso de una hora. Al final del turno, Littler había caminado quince kilómetros y cuando terminó su contrato padecía estrés y ansiedad.
Lo curioso de todo esto es que ‘En los dominios de Amazon’ se vende en Amazon, algo que le ha valido al autor severas críticas de algunos sectores. Malet explica en una entrevista para ‘Liberation’ que no depende de él. “Si por mi fuera –asegura-, el libro no se vendería en Amazon, pero no es algo que decida yo. Por otra parte, es una forma de llegar a todo el mundo, de tener más visibilidad”. Esa es la paradoja, el quid del asunto. Admitir que nada funciona mejor que Amazon, a sabiendas de que todo lo demás está condenado por ello. Eso es, al fin y al cabo, Amazon. La idea de Jeffrey Bezos.
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