¿Eres judío?

Fragmento del reportaje publicado en el número 11 de la revista Jot Down.

Existe un definido catálogo de reacciones cuando un español medio conoce en persona a un judío. Es un acontecimiento extraordinario, un hecho que se repite contadas veces a lo largo de la existencia de un español. Los hay, incluso, que jamás llegarán a experimentar este trance. Su vida discurrirá con una idea vaga y lejana de que, efectivamente, allá lejos, en algún lugar inhóspito y frío, hay judíos. Los que sí alcanzan a mirarles a los ojos e incluso a tocarlos, suelen reaccionar bajo varios estándares reconocibles. Lo saben Elías, David, María y otros españoles judíos que reconstruyen amablemente la escena para este texto

– ¿Eres judío?

a) Ah, yo tengo un amigo judío.
b) Ah, me gusta mucho la cultura judía.
c) Ah, yo desciendo de judíos.
d) Ah, qué suerte, mucha pasta tenéis los judíos.
e) Joder, estáis masacrando a los palestinos.
f) Ah, ¿y qué te parece lo de que hayan levantado un muro?
g) ¿Cómo que judío? ¿Pero naciste en Madrid? ¿Y eres judío?

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¿Eres judío?

Una barrera imposible

Reportaje publicado en la revista mexicana Gatopardo. / Fotografías de Ángel López Soto.

-Si tardas más de cinco minutos en saltar, no saltas.

Doce veces lo intentó Sare Abdallah, nacido en Costa de Marfil hace 25 años, antes de lograrlo. No es fácil: la valla que rodea Melilla no perdona ni un rincón. No concede ni una grieta. En realidad son tres vallas, consecutivas, con sensores eléctricos de movimiento y ruido, cámaras, mallas que impiden meter los dedos para trepar y, en algunos tramos, una alambrada con cuchillas. El perímetro cuasi militar rodea la ciudad autónoma de Melilla, un territorio que pertenece a España pero que está situado en el norte de Marruecos, a pocos kilómetros de la frontera con Argelia. La ubicación convierte a la ciudad en la puerta de entrada a Europa para los miles de jóvenes subsaharianos que, cada año, intentan colarse y alcanzar el que, les han dicho, es el paraíso. La frontera sur del viejo continente mide seis metros de altura y tiene doce kilómetros de perímetro. A un lado vigila la gendarmería marroquí. Al otro, las autoridades españolas. No es fácil saltar. Si lo piensas más de cinco minutos, no saltas.

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Una barrera imposible

Los enterradores del ébola

Sierra Leone. Looking Town. Los equipos de enterramientos no suelen ser bien recibidos en las comunidades, aunque esta tendencia va en disminución. Las familias no asimilan el hecho de no poder realizar sus rituales y sus costumbres con los muertos según marca la tradición. Son momentos dramáticos que se ven acentuados por el impersonal protocolo de seguridad impuesto por el gobierno. Samuel Caulker ( 35) desinfecta la casa del fallecido Karim Bendu. Los familiares esperan fuera para cumplir con las normas.
Reportaje publicado en El Español. / Fotografías de Alfons Rodríguez.

Sólo 14 equipos de enterradores están autorizados a tocar un cadáver en Sierra Leona. Ésta es la historia de uno de esos equipos, cuyos miembros cobran muy bien pero viven con el estigma de la enfermedad.

“Nos vamos”. Samuel Caulker y el resto del equipo acaban de recibir la primera llamada del día. “A veces nos llaman enseguida, nada más llegar. Otras veces tardan algunas horas”, explica mientras se sube a un todoterreno blanco. Detrás va otro. Son el equipo de enterradores número 10 de Freetown, la capital de Sierra Leona. Su jornada acaba de empezar.

“Es un bebé de nueve meses que murió ayer”, explica Samuel botando sobre su asiento, ajeno a los baches del camino embarrado.

Sólo los equipos de enterradores están autorizados a tocar cadáveres en Sierra Leona. Así lo dicta la ley desde el verano pasado: tocar es la principal causa de contagio del ébola y tocar un muerto aumenta el riesgo en un 40%. “Recogemos dos o tres cadáveres cada día: vamos a la casa, la desinfectamos, recogemos el cuerpo y lo llevamos a enterrar. No sabemos si tiene ébola. Eso lo dirá una prueba de laboratorio con la muestra que les vamos a enviar. Pero por si acaso hay que hacer todo esto”.

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Los enterradores del ébola

África: la vida después del ébola

Reportaje publicado en el suplemento Extra de La Voz de Galicia. / Fotografías de Alfons Rodríguez.

Mustapha, de pie en la parte trasera de un centro donde cuidan a niños en cuarentena sospechosos de padecer ébola, duda ante una pregunta que a priori debería tener respuesta meridiana: “¿cuándo lo pasaste peor, durante el ébola o tras haber sobrevivido a él?” Finalmente, después de pensar unos segundos largos, habla: “Lo pasé peor después”. Mustapha se refiere al estigma. A las consecuencias del ébola más allá de los fallecidos. Toda una onda expansiva que ya no sale en los telediarios ni ocupa portadas pero que a países como Sierra Leona les está haciendo tanto o más daño que el propio virus: daños sociales, psicológicos, políticos y económicos. El ébola está dejando una silenciosa y envenenada herencia de la que nadie habla.

Mustapha Kallom tiene 27 años y es de Freetown, la capital de Sierra Leona. Hasta septiembre del año pasado trabajaba como comercial en una empresa del país. Ese mes su suegra, médico, enfermó de ébola. Acabó muriendo y en su convalecencia contagió a Mustapha. “En realidad casi toda la familia nos infectamos. Mi hija murió y también mis ocho hermanos. Yo sobreviví”. Y su logro tuvo el rechazo como respuesta. Cuando Mustapha regresó a casa se encontró con que los vecinos no le hablaban. Tampoco sus amigos. “Ni siquiera los más cercanos. También me despidieron del trabajo. Me quedé solo y hundido. Lo pasé muy mal”.

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África: la vida después del ébola

Saltar a Europa

Crónica escrita para el periódico argentino La Nación. / Fotografías de Alfons Rodríguez.

El padre de Hamza es militar. Su madre, enfermera. Es el tercero de cuatro hermanos. Son de Tánger, ciudad al norte de Marruecos, en la costa que se enfrenta al sur de España, apenas alejadas ambas por un estrecho brazo de mar que sirve de frontera: la más desigual del mundo; la que separa África de Europa. La familia de Hamza es de clase media. Subsisten sin mayores problemas y el padre le dijo a Hamza que cuando cumpla 16 años podrá entrar en el ejército y labrarse un futuro prevenido de sustos económicos. Pero el chico, que ahora tiene 13 años, se fue de casa hace cinco meses. Tomó un bolso y se marchó con unos amigos haciendo dedo hasta Melilla, una de las dos ciudades españolas que hay en territorio marroquí (la otra es Ceuta). Se fue porque le contaron que en Europa le espera una vida mucha mejor que la planeada por su padre. “Yo no quiero ser militar. Quiero vivir en España y tener dinero y una buena casa”, cuenta con su voz todavía sin cambiar. Con su tez sin asomo de la adolescencia. La ropa sucia, la cara manchada. Como un niño travieso. Lleva seis meses viviendo entre las rocas del puerto melillense. A él y a los otros cientos de chicos que subsisten en las calles de la ciudad les llaman menas, iniciales de Menores No Acompañados. Llegan solos y solos intentan colarse cada madrugada en el ferry que une Melilla con la ciudad andaluza de Málaga, ya en suelo europeo. “Varios amigos lo han conseguido. Me están esperando allí. Tengo que conseguir entrar esta noche, me escondo en algún agujero en el barco y bajo en Málaga.” El puerto está lleno de policías por la noche. Vigilan a los niños aspirantes a polizones. Algunos lo intentan nadando, otros descolgándose por un cabo, otros encajándose en los motores. Todo con tal de llegar a Europa. “Esta noche será mi último intento -cuenta Hamza en un descampado de Melilla, donde charlamos-. Lo he intentado cinco veces, si no lo consigo hoy, regreso a casa. Estoy un poco cansado de vivir en la calle.” “¿Tus padres saben que estás aquí?” “Sí. Cuando hablo con mi madre llora. Y me pide que vuelva. Pero hay otros padres que traen en auto aquí a los niños. Los dejan en la frontera y les desean suerte para colarse en el barco. No sé por qué hacen eso. La vida aquí es mala, dormimos en mantas en el puerto y los niños se pegan entre ellos y fuman hachís. Es mala vida.” La de Hamza -que se perdió en la noche melillense sin desvelar el final de su aventura- es sólo una historia. Una de las miles que se pueden encontrar en el Mediterráneo, el lugar donde Europa está a un paso por el que vale la pena arriesgar todo.

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Saltar a Europa

ISIS: Testimonios del horror

> Este reportaje fue publicado en la revista XL Semanal

Lo primero que ve Amira cada mañana al salir de su caravana es Siria. A escasos kilómetros, frente al asentamiento libanés de refugiados en el que vive, se yerguen las montañas que conforman la frontera entre el Líbano y Siria. «No puedo describir lo que siento al mirar. Eso de ahí es Siria, mi casa, pero no puedo ir. No puedo acercarme. En realidad estoy lejísimos».
Amira vive en el asentamiento de Majdaloun, en el valle de Bekaa, la región más pobre del Líbano y que como el resto del país acoge un océano de tiendas de campaña y caravanas donde, según el Gobierno libanés, viven 1,2 millones de refugiados sirios. Esta mañana, las montañas se exhiben nevadas ante Amira. Y convulsas. Aviones y helicópteros militares vuelan sobre el asentamiento con rumbo a la frontera. Allí, desde hace semanas, la milicia Hizbulá y el Ejército libanés luchan juntos contra el nuevo y temido enemigo: el autodenominado Estado Islámico, más conocido como ISIS. Ese mismo día, la portada del periódico libanés Daily Star recoge las palabras del líder de la organización: «Queremos crear un nuevo califato en el Líbano». Los yihadistas de los que todo el mundo habla, que ya controlan la zona norte de Irak y el este de Siria, ya tienen nuevo objetivo. Y sigue expandiéndose.

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ISIS: Testimonios del horror

Odio eterno al fútbol moderno

Fragmento del artículo publicado en el número 11 de la revista Jot Down.

El fútbol, tal y como siempre lo hemos conocido, terminó en 1994. En concreto en el verano de aquel año, cuando se disputó el Mundial de Estados Unidos. Ocurrió en el acontecimiento cuatrienal algo insólito: Nike hizo un anuncio sobre balompié protagonizado por la selección de Brasil. Después vendrían  muchos más, pero aquel fue el primero y recuerdo que mi todavía esponjoso cerebro preadolescente pensó: “¿Nike? ¿Un anuncio de fútbol? ¿Pero estos no son de baloncesto?”. Y lo eran. A la multinacional yanqui se la soplaba aquel deporte de la vieja Europa en el que los clubes no eran franquicias, las ligas no eran negocios privados y las televisiones retransmitían un partido a la semana sin anuncios que interrumpieran el juego y con espectadores separados en gradas para evitar una vistosa batalla campal. En fin, que aquel juego que se multiplicaba por las calles de niños con rodillas ensangrentadas no daba pasta. Pero cuando el soccer llegó a la tierra de la libertad Nike abrió los ojos: miles, millones de personas salidas de sabe dios dónde estaban deteniendo sus vidas por ver aquel deporte lento y en el que era posible terminar con empate. Y dijeron, “¡Epa!, un momento”.

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Odio eterno al fútbol moderno