Viaje al corazón del ébola

Reportaje publicado en la revista mexicana Gatopardo. / Fotografías de Alfons Rodríguez.

El primero en enfermar en la aldea fue Mohamed Kamara, el hermano de Sullo Kamara, que entonces tenía veinte años. Terminaba julio de 2 014, el mes en el que el sudor empapa a los vecinos, pero Mohamed le dijo a Sullo bajo el sol, mientras regresaban de la cosecha, que tenía frío. Al día siguiente se quedó en su cabaña y se pasó la noche vomitando. Después comenzó a defecar sangre. Sullo y el resto de sus hermanos, asustados, trataron de ayudarlo. Le dieron algunas hierbas y —siguiendo sus creencias— sacrificaron varios animales, pero al cabo de cuatro días Mohamed murió. Era el 1 de agosto. Ese mismo día los padres de Alhasagna, que vivían en la cabaña del al lado, empezaron a sentirse mal. Dolor de cabeza y, otra vez, frío. Después, hicieron el mismo recorrido que Mohamed… hasta el final. La hermana de Seto fue la siguiente. Además de malestar y frío le costaba enfocar la vista. Decidió quedarse en su cabaña y la encontraron muerta en un rincón. Murió el mismo día que el hijo de Fullah, de 12 años, que llevaba también varios días sin poder comer y con un insoportable dolor en todo el cuerpo. Un día después le tocó al marido de Isatu, una joven vecina de 21 años. El hijo de ambos acababa de nacer y su padre apenas pudo disfrutarlo. Días después de los primeros dolores, murió.

La aldea se llama Kombrabai. Es un pequeño claro en el bosque, con suelo de tierra y media docena de grandes cabañas de adobe con techo de paja compartidas por varias familias. Está a dos horas por carretera de Freetown, la capital de Sierra Leona. Para llegar a ella hay que superar un sendero lleno de baches, charcos y barro rojizo. Cuando por fin se alcanza Kombrabai, el silencio lo envuelve todo, a veces alterado por los gritos de los niños jugando descalzos sobre la tierra. La espesura del bosque marca los límites de la aldea, como si fuera un territorio sin explorar amenazado por el mundo exterior, desconocido. Los niños de Kombrabai no conocen nada más allá de sus cabañas.

La aldea llegó a la segunda semana de agosto de 2 014 con el contador de muertes fuera de control, enloquecido. Varios hermanos de Fullah, los padres y cinco hermanos de Musa: todos muertos. El mes entró en su recta final con días en los que morían hasta tres vecinos. La familia Sissey completa desapareció.

Nadie sabía el porqué de todas esas muertes. Hasta que Almamy Sesay, el líder de la aldea, en una reunión de urgencia celebrada al anochecer, lo explicó: Kombrabai, el pequeño asentamiento de 300 vecinos aislado en el corazón del bosque, había recibido la visita de una bruja. Ella era la que causaba las muertes.

Tras el anuncio comenzó un frenético calendario de sacrificios animales, danzas y rituales. Lo más importante era permanecer unidos para ahuyentar a la bruja. Muchas familias decidieron juntarse en cabañas para combatir el miedo. Pero a principios de septiembre eran más de cincuenta los muertos.

—Me convencí de que íbamos a morir todos. Que era el final. Estaba muy triste —dice Sullo, hermano de Mohamed Kamara, el primer fallecido.
Kombrabai afrontaba su apocalipsis. Nada estaba dando resultado ante la bruja.

El problema del ébola —uno de ellos— es que nadie se lo creyó. Al menos al principio. El virus llegó a Sierra Leona desde la vecina Guinea, a través de una carretera que conecta ambos países y que luce siempre repleta de viajeros y comerciantes que vienen y van a través de una frontera permeable. Así se coló el primer caso, diagnosticado el 24 de mayo de — en la localidad fronteriza de Koindu. En realidad, tal y como explica Stephen J. Gaojia, coordinador del Centro Nacional de Respuesta contra el Ébola (NERC), “es probable que hubiera casos anteriores, pero no se llegaron a diagnosticar”. Cuando Médicos Sin Fronteras (MSF) confirmó que se trataba de ébola (en concreto de su variedad Zaire, la más agresiva con una prevalencia de mortalidad de 90%) el gobierno sierraleonés hizo aullar las alarmas.

El décimo país más pobre del mundo según los indicadores de la ONU, no tenía nada para enfrentarse a semejante enemigo. Y no es una forma de decirlo: Sierra Leona es un pequeño estado de África occidental de poco más de seis millones de habitantes, nacido de un protectorado británico en el que se liberaban esclavos en el siglo XIX (de ahí el nombre de su capital, Freetown). Alcanzó su independencia en 1961 albergando en su territorio nueve grupos étnicos, entre los que predominan dos: los mende y los temne. Su rivalidad desembocó, en 1992, en una cruenta guerra civil que se extendió hasta 2002. Por el camino quedaron miles de muertos, niños soldados y los llamados diamantes de sangre, expoliados de las minas a través de esclavos para financiar armamento. El país, ya débil antes de la guerra, se convirtió en un estado fallido, un territorio donde el gobierno no tiene ni medios ni capacidad para atender a la población. La sociedad sierraleonesa se estructura de forma tribal —en un delicado equilibrio étnico— y son los líderes locales los que suponen una referencia para los vecinos. La autoridad oficial no tiene importancia. No hay —cabe insistir— Estado. En medio de ese paisaje llegó el ébola, el temido virus descubierto en 1976 en el río congoleño del mismo nombre. Un virus que pervive en pequeños mamíferos como el murciélago y con capacidad para sobrevivir y replicarse en el cuerpo humano. Una vez en el organismo, provoca hemorragias internas debido a una disminución de los leucocitos y las plaquetas. Los órganos sangran. Los primeros días se producen dolores musculares y de cabeza. A la semana aparece la diarrea y los vómitos teñidos de rojo. En la recta final, el cuerpo se desangra por dentro. El virus vence en entre 25% y 90% de los casos.

—En el país teníamos cuatro ambulancias —dice Gaojia—. El 40% de los sanatorios no tenía agua. Contábamos con 134 médicos, es decir, 22 médicos por cada millón de habitantes.
De ellos, más de la mitad acabaría muriendo, infectados tras tratar pacientes.

Sierra Leona —una república presidencialista cuyo gobierno salta de escándalo de corrupción en escándalo de corrupción— cuenta sólo con un par de carreteras aceptables. Las demás son tortuosas vías casi siempre sin asfaltar que hacen que los desplazamientos sean eternos. Los pueblos más desarrollados se dejan ver a orillas de estas carreteras, bulliciosos núcleos de casas bajas sin terminar, mercados al aire libre y enjambres de motos que pelean por llevar pasajeros. El resto de las aldeas se pierden entre los bosques con accesos casi imposibles. El país tiene una esperanza de vida al nacer de 41 años, el sexto por la cola en todo el mundo. De cada mil niños que nacen, 73 mueren. Sólo en once países la tasa es superior (cinco, si contamos únicamente países que no están en guerra). El PIB per cápita es de 660 dólares. En México es de 10,300.

La capital, Freetown, es una enorme ciudad de más de un millón de habitantes con las alcantarillas bloqueadas por la basura y la mitad de las calles sin asfaltar. La urbe es un atasco crónico de coches que se caen a pedazos. Lo edificios coloniales decadentes se mezclan con chabolas miserables que se extienden hacia el mar. Por las noches todo es oscuridad: la electricidad sólo visita de vez en cuando. En Freetown ni siquiera existe el característico oasis de trabajadores occidentales o embajadas donde todas las comodidades, al margen de la realidad del país, están disponibles. En Sierra Leona la pobreza extrema alcanza cada rincón: pegada al mejor hotel de la ciudad hay una barriada de chabolas con suelo de barro y techos de latón.

Dos meses después del primer caso de ébola, en julio de 2 014, ya había 224 muertos registrados en todo el país. Arrancó entonces una campaña gubernamental para intentar concientizar a la población y limitar la expansión del virus. El ébola se contagia a través del intercambio de fluidos corporales, incluido el sudor. En un país tropical donde la humedad ronda de media 80%, vale un abrazo o un apretón de manos para transmitir la enfermedad. Los muros y paredes de ciudades y pueblos se llenaron de carteles con avisos. Primer aviso: prohibido tocar a la gente. Así de directo reza la primera señal que el visitante puede leer a su llegada al aeropuerto. Nadie se toca en Sierra Leona. Nadie se estrecha la mano, basta con un toque hombro contra hombro. Tocar se ha convertido en algo de mal gusto. En las misas cristianas, la paz se da levantando las palmas. Segundo aviso: obligatorio lavarse las manos. Cientos de cubos con agua con cloro y jabón pueblan el país. Están a la entrada de cada edificio y lavarse las manos se ha convertido en una ceremonia obsesivo-compulsiva. Tercer aviso: quedan prohibidos los rituales de entierro. Antes del ébola, las familias sierraleonesas (mayoritariamente musulmanas) lavaban, vestían y velaban el cuerpo del familiar fallecido. Después lo enterraban en la comunidad, en descampados no lejos de las casas. Nadie acudía a los pocos cementerios porque nadie (o casi nadie) tiene dinero ni medios para desplazarse hasta allí. Esta tradición ha sido prohibida y en la actualidad sólo los equipos especializados de enterradores pueden manipular los cuerpos de los fallecidos, aunque truncar este ritual ha supuesto un duro golpe para la gente de Sierra Leona. Cuarto aviso: todo familiar de un enfermo de ébola debe permanecer en cuarentena. Veintiún días encerrados en casa o en un centro voluntario de internación, el tiempo máximo que tarda el virus en manifestarse. Si después de esos 21 días no muestran síntomas, termina el aislamiento. Esta medida trata de controlar a los potenciales portadores de ébola.

Pero, si ahora las cosas son así, nadie hizo caso de todas esas instrucciones en aquel mes de julio de 2014.
Porque en Sierra Leona, ya lo hemos dicho, nadie hace caso al gobierno. Entonces, la gente siguió tocándose, siguió lavando los cuerpos de los muertos y, aunque estuvieran en cuarentena, huían de casa para ir a trabajar.
—No se creían el ébola —explica Gaojia—, lo decía el gobierno y por tanto tenía que ser una trampa.
Hubo que cambiar de estrategia y adecuarla a la estructura social de Sierra Leona: el gobierno acudió a los líderes de barrios, aldeas y comunidades, a los verdaderos jefes del país.
—Y aun así los headman no nos creían. Hasta que les tocó en su comunidad, no reaccionaron.El líder de Masiaka, un pueblo no muy alejado de la aldea de Kombrabai, a unos 80 kilómetros de la capital, se negaba a reconocer la existencia del ébola aun cuando decenas de vecinos estaban enfermando. Una de sus dos esposas se contagió y murió. El líder siguió negando la evidencia. Cuando su segunda esposa se infectó, admitió por fin que el ébola era real.

 —Actitudes así, mayoritarias entre los líderes comunitarios, dieron mucho margen al virus, dice Gaoija.

A finales de verano ya eran 678 los muertos. Llegó a haber toque de queda y el país se llenó de check points vigilados por soldados con fusiles y termómetros. Los colegios cerraron. Miles de niños se quedaron en la calle sin nada que hacer. Pero sólo cuando cada aldea y vecindario fue tocado por el ébola los líderes alertaron. Hoy los muros de Sierra Leona contienen decenas de pintadas: “El líder dice: el ébola es real. Lávate las manos. No toques a la gente”. Y la gente obedeció. Hoy todos (o casi todos) siguen el protocolo. Y el protocolo establece que si un familiar cae enfermo se debe llamar al número gratuito 117 y una ambulancia recogerá al enfermo. Hay conciencia.

A la conciencia la empujó, además de los jefes tribales, la comunidad internacional. Pese a los cientos de muertos que ya contaban los sierraleoneses, el botón del miedo no fue pulsado por occidente hasta que el virus llamó a su puerta. Fue concluido el verano, el 30 de septiembre, cuando Estados Unidos hizo público que Thomas Eric Duncan, un viajero texano que acababa de regresar de Liberia, estaba infectado. Thomas moriría el 6 de octubre. Ese mismo día la enfermera española Teresa Romero fue ingresada en el hospital Carlos III de Madrid. El gobierno anunció que Teresa se había contagiado tras atender a un misionero español repatriado semanas antes y que acabaría muriendo. Reino Unido y Alemania también repatriarían a dos trabajadores enfermos. El mundo activó la alarma y la comunidad internacional se puso manos a la obra. A Sierra Leona llegaron decenas de ONG que activaron severos protocolos y asilaron al país, a la vez que lo pusieron en el mapa, expuesto, señalado. Estigmatizado sin remedio.

A Kombrabai llegó un médico desde Port Loko, una ciudad al norte del país, a principios de septiembre de 2 014. Su misión era hablar con el líder para explicarle lo que estaba pasando. Se encontró con una comunidad aterrorizada, desesperada y diezmada. No había una sola familia que no tuviera algún fallecido. Tres de ellas habían desaparecido por completo y sus cabañas todavía hoy permanecen vacías, malditas: nadie quiere instalarse en ellas.

Se contaban setenta muertos, casi un cuarto de la población. Sentado en una silla de madera, entre dos cabañas, Almamy Sesay, el líder, recuerda aquella visita.

—Cuando llegó el médico teníamos mucho miedo. No entendíamos por qué aquella bruja nos estaba matando. Yo pensaba en cosas que pudiéramos haber hecho mal, errores, pero no concluía nada.Un grupo de niños que apenas levantan un palmo del suelo curiosean en el pozo que están construyendo. Es un agujero circular de unos quince metros de profundidad a cuyo abismo se asoman curiosos sin ningún tipo de protección, los pies embarrados al límite de la caída. Almamy retoma, sin hacer caso:

—El médico nos explicó que no había ninguna bruja, que lo que ocurría era que nos estábamos contagiando el ébola. Que estaba por todo el país. Y nos explicó lo que debíamos hacer. Que no podíamos tocar a los enfermos ni a los muertos y que debíamos avisar al 117 si alguien caía infectado.

—¿Le creísteis?
—Sí, sí. Claro.
La traductora, una chica de Freetown de la misma etnia que los aldeanos, hace un inciso en forma de susurro.
—Hicieron caso a las medidas del médico, pero la mayoría sigue creyendo que hay una bruja. Es una creencia muy arraigada en este tipo de lugares.

Las medidas de aquel doctor, además de la prevención, incluyeron el aislamiento en cuarentena de la aldea. Desde ese día quedó prohibido para los vecinos salir y nadie podía entrar. Encaraban 21 días de olvido cuya cuenta atrás volvía a empezar cada vez que aparecía un nuevo caso. El aislamiento sólo era interrumpido por la ayuda humanitaria que les facilitó la misión salesiana de Don Bosco. Un apoyo fundamental para una comunidad que tuvo que desatender sus cultivos y dejar de comerciar en los mercados.

—La cuarentena fue un gran problema para nuestra supervivencia, pero también para nuestras relaciones. Las aldeas de alrededor que estaban sanas nos señalaron, dejaron de acercarse. Todavía hoy no quieren venir aquí y no dejan que nosotros vayamos a sus lugares. No nos hablan. Nos quedamos solos.

Moa Wharf es la zona más pobre y abandonada de Freetown. Se trata del epicentro del ébola en la capital: de aquí salieron gran parte de los casos. Es un mar de cabañas de techo metálico que se agolpan sin sentido en una ladera hasta alcanzar el mar. Los casi ocho mil vecinos se comprimen en un laberinto de caminos embarrados y los niños comparten espacio con cerdos, cabras y gallinas. Cada rincón sirve de basurero y el aire es una mezcla de humedad sofocante y humo del pescado que se cocina. La consigna, antes de entrar, es clara: que nadie toque nada.

Cinco familias están en cuarentena. Todas han tenido un caso de ébola en su casa y ahora sus parientes deben permanecer encerrados. Una de ellas es la familia Kanu. Una discreta cinta de plástico rodea su casa. Un soldado empapado en sudor y con una vara de madera en la mano vigila que nadie entre ni salga de la escena. Kalhi Kanu, la madre, se acerca a la cinta para conversar. Cerdos y gallinas entran y salen de la zona prohibida sin que nadie se inmute.

—Llevamos en cuarentena 17 días —explica Kalhi—. Aquí dentro estamos 59 personas, tres familias. Nos aislaron el día que vinieron a buscar a mi padre, que enfermó y murió. Desde entonces no hemos podido salir a pescar y los niños no pueden ir al colegio. Los vecinos no nos ayudan porque no quieren acercarse. Nos han dejado de hablar.

Para los Kanu será muy complicado que alguien les dé trabajo cuando terminen la cuarentena. Peor todavía lo tienen los supervivientes. Aquellos que vencen la enfermedad comienzan otro calvario cuando regresan a casa. A todos se les otorga un certificado que oficializa que han superado el trance, es decir que no pueden contagiar y que, además, son inmunes. Pero ni siquiera el documento los libra del ostracismo. Hawa Sesay tiene sólo 16 años y estaba embarazada cuando se infectó. Perdió al bebé, pero superó el ébola.

—Tenía un trabajo y también iba a la escuela, pero ahora no hago ninguna de las dos cosas. Perdí mi empleo y la profesora no me deja regresar al colegio. Mis amigos tampoco me hablan ya. No quieren acercarse.
—¿Ni siquiera tus amigas más cercanas?
Hawa niega con la cabeza, con parsimonia, con la mirada perdida.
—No. Nadie.

El aislamiento pone en serio riesgo a los supervivientes. Muchos de ellos, sin recursos ni oportunidades, deben recurrir a las ONG. Acción Contra el Hambre (ACF) es una de estas organizaciones que dan apoyo a los estigmatizados.

—Aislarse es un problema muy grave en un lugar como este —explica Lidia Cantero, trabajadora de ACF —. Se quedan sin recursos y hemos encontrado casos hasta de desnutrición por haber perdido su trabajo o a sus amigos. El ébola para ellos es sólo el principio de la pesadilla.
El estigma también pesa sobre aquellos que trabajan luchando contra la epidemia. Médicos, enfermeros, enterradores, trabajadores sociales. Su convivencia con el virus los aparta del resto de la sociedad. El gobierno ha empapelado las calles con sus caras en carteles que los retratan como héroes nacionales, como ejemplos a seguir. Pero el efecto ha sido el contrario: el barrio ya sabe a quién no debe acercarse.

Obai (prefiere no decir su apellido) trabaja como enfermero en el Centro de Tratamiento para Ébola (ETC) de Hastings, una antigua academia de policía reconvertida ahora en sanatorio en las afueras de la capital. Los barracones donde antes vivían los reclutas son ahora el hogar de las familias en cuarentena que prefieren pasar su aislamiento ahí y no en su casa. Los enfermos y sospechosos de serlo están en otro edificio, donde Obai trabaja. Cada día, desde hace un año, atiende a los pacientes siguiendo un estricto protocolo de seguridad. Antes de acceder a la zona roja (área donde están las personas infectadas) debe vestirse con el epi, el Equipo de Protección Individual, un uniforme blanco aislante que previene el contagio. En un pequeño cobertizo, Obai —frente a un gran espejo ovalado— se pone un traje de plástico que no deja transpirar, varios pares de guantes, un gorro, una mascarilla y una máscara de plástico que cubre el rostro. Luego lo desinfectan con un aspersor y después entra. Cuando regresa y se retira el EPI, está empapado en sudor.

—No tengo miedo, ya estoy acostumbrado. Las medidas de seguridad aquí son estrictas.
Lo que peor lleva Obai es el rechazo.

—En mi barrio no me dejan entrar en las tiendas. Tengo que ir a comprar a mercados de otras zonas. Tampoco puedo subir al autobús. Como a todos los trabajadores nos ocurre lo mismo, pues nos han puesto un autobús para nosotros.
—¿Merece la pena este trabajo?
—Sí. Yo lo hago por mi país primero y por el dinero que me pagan después. Es un buen sueldo.

Obai percibe un salario diez veces mayor que el de un trabajador de una empresa local. El ébola, caprichoso, ha creado también una burbuja laboral de la que muchos trabajadores se están beneficiando. Cantidades de dinero hasta hace poco impensables están entrando en Sierra Leona a través de las empresas y ONG europeas y estadounidenses que operan sobre el terreno.

El estigma alcanza su forma más dolorosa en los niños. Una generación entera de huérfanos está siendo rechazada por amigos y familiares. Nadie quiere hacerse cargo de los niños del ébola. Cientos, miles de ellos se han quedado en las calles o en casa sin adultos. Los casos de niños sin tutela se han multiplicado y con ello el número de niñas embarazadas. Los últimos datos hablan de casi 3 mil menores sin casa ni padres en las calles de Freetown.

Ibrahim tiene ocho años y perdió a sus padres por el ébola. Vive ahora en la misión de Don Bosco, en la capital, y varios trabajadores sociales intentan que el resto de los familiares se hagan cargo del pequeño.

—Pero no quieren —cuenta el asistente social—. Tienen miedo a que Ibrahim les contagie. Les explicamos que el niño está bien, que es imposible el contagio. Pero no se fían. Además, si lo acogen, podrían ser rechazados por el resto de los vecinos. Y eso es algo que no quieren que suceda.

Ibrahim escucha sentado en una mesa con sus delgadas piernas colgando. Mirando al suelo y con las manos entrelazadas sobre sus muslos, como si hubiera hecho algo malo.

La llegada del médico a Kombrabai y el asilamiento forzoso, frenaron la epidemia en la aldea. Hasta ese momento los vecinos habían estado haciendo justo lo contrario de lo que debían: manipulaban a los enfermos y permanecían todos juntos para combatir a la bruja. A principios de octubre padecieron el último caso. Fue entonces cuando se hizo el recuento con resultados de escalofrío: 82 de los 300 vecinos habían muerto, y 70 de los que habían sido trasladados en ambulancias a centros de tratamiento no habrían regresado. Hasta hoy, los familiares no han vuelto a saber de ellos. Ni dónde están, ni cómo. Ni si están vivos. La mitad de la aldea desaparecida. De esos, apenas dieciocho regresaron.

—La cuarentena fue muy dura porque no podíamos movernos y teníamos poca comida, recuerda Almamy, el líder—. Ahora es sólo un recuerdo, pero debemos tener cuidado.

Sullo perdió a 15 miembros de su familia, incluidos sus padres. Alhasgna perdió seis hermanos y a sus padres. Isatu, a su marido y a un hijo. Ella, además, tiene ahora problemas de visión derivados del virus. Fullah perdió a toda su familia.

Hoy, la aldea sigue aislada, no porque deba, sino porque se lo impone su estigma. Vive, a escala pequeña, lo que le sucede al país. Con casi 4 mil muertos por ébola desde el primer caso hasta la actualidad, hoy Sierra Leona es, para el resto del mundo, mirado como un territorio prohibido.

Joseph Mattar nació en Sierra Leona. Su padre nació en Sierra Leona. Su abuelo nació en Sierra Leona. Pero no lo consideran un habitante de Sierra Leona. Joseph es blanco. Desciende de familia libanesa (en el país hay una importante colonia de libaneses) y se dedica a la construcción.
—Ven que soy de aquí y que hablo su lengua. Pero como soy blanco, no me consideran un sierraleonés auténtico. Lo mismo me sucede con los libaneses; como no hablo bien árabe y nací aquí, no soy un libanés de primera.Joseph, que sonríe bajo su bigote, dirige una empresa y edifica viviendas y colegios. Hasta que estalló la crisis del ébola, el negocio de Mattar fluía. Hoy está estancado.—La economía de Sierra Leona ya era débil, pero ahora está muerta. Todo se ha parado por culpa del ébola. Los pocos inversores que estaban interesados ya no quieren saber nada. Y es imposible que alguien venga aquí en busca de oportunidades. En lo que al mundo respecta, somos el país del ébola.Joseph habla sentado en el pupitre de una de las escuelas que él mismo construyó, en un barrio a las afueras de Freetown que desperdiga sus casitas por la ladera de una montaña verde. Rasca con su uña la madera gastada del pupitre y explica un ejemplo que vivió hace pocas semanas.

—Tengo varios proyectos ya aprobados pero no puedo comenzar a construir porque no tengo trabajadores. Necesito ingenieros y jefes de obra. Estuve hablando con algunos para contratarlos, pero cuando les dije que era en Sierra Leona, se acabó. No quisieron saber nada más.

El país se ha quedado solo. Casi todas las aerolíneas que comunicaban Freetown con Europa han cancelado sus vuelos. El tímido y escaso turismo que comenzaba a asomar antes de la epidemia (sobre todo surfistas en busca de las oleadas playas del país) se ha volatilizado. A nadie se le ocurre visitar este lugar.

El gobierno mantiene el estado de emergencia con medidas restrictivas. Los comercios deben cerrar obligatoriamente a las seis de la tarde y, desde las siete, los mototaxis —principal transporte público para los sierraleoneses— tienen vetado circular. Los cines han cerrado, la liga de fútbol se ha suspendido y está prohibido ir a la playa durante los fines de semana. Mucha gente critica las medidas, aduciendo que son extremas ahora que ha pasado lo peor de la epidemia. Consideran que el gobierno mantiene las restricciones para controlar a una población siempre en tensión étnica y social.

Joseph, el constructor, va más allá:
— Obviamente el ébola es muy grave, pero el gobierno ha desatendido todo lo demás. Desde que comenzó la epidemia han muerto miles de personas por malaria y cólera. Muchas más víctimas que las que está dejando el ébola. Los hospitales ahora mismo sólo atienden casos de ébola. Si tienes malaria, no puedes acudir a ninguna parte.

Una trabajadora social de una ong europea que pide mantenerse en el anonimato, da una vuelta más de tuerca a la situación.
—Hay cosas que han mejorado gracias a la crisis del ébola. Los niños huérfanos que ahora recogen las ong seguirían en la calle si no fuera por el ébola, que ha llenado el país de organizaciones que los
atienden. En realidad aquí siempre ha habido niños de la calle. Y los seguirá habiendo.
—¿Dices que el país ha mejorado por el ébola?
—Diría que sí, en muchos aspectos. Un ejemplo: antes de la crisis del ébola, 40% de los centros de salud no tenía acceso al agua. Ahora 100% lo tienen. Los servicios sociales no existían, ahora hay una pequeña infraestructura apoyada en ong internacionales.
—El país está ante una buena oportunidad —retoma la trabajadora social—. Tiene una infraestructura de la que jamás dispuso. Debe aprovecharlo y desarrollarse a partir de esta tragedia. Ojalá lo logren.

Todo apunta a que la bruja se ha marchado de Kombrabai. Desde el pasado mes de octubre la aldea no ha tenido nuevos casos de ébola. El pasado 7 de noviembre el país fue declarado libre de la enfermedad. Los casos aparecen cada vez más separados en el tiempo, como un goteo lento que precede al cierre definitivo.
El anuncio, el pasado 6 de agosto, del descubrimiento de una vacuna contra el ébola (todavía está pendiente de comprobarse su efectividad total) ha impulsado definitivamente el optimismo de un país que, por el camino, se ha dejado 4 mil vidas devoradas por el virus.

Además, tal y como explica Almamy, el líder de Kombrabai, ya han aprendido qué hacer si se repite la crisis.

El doctor Songu es famoso en Sierra Leona después de haberse contagiado el año pasado, mientras atendía a una avalancha de pacientes. Sobrevivió y hoy, inmune, es una de las referencias sanitarias del país. Para atender la entrevista, interrumpe un curso que está impartiendo en un centro hospitalario de Freetown a enfermeros locales que trabajarán con enfermos de ébola. Será breve, no quiere hacer esperar demasiado a sus alumnos.

—Me infecté porque no sabía nada del ébola. Cuando aparecieron los primeros casos —recuerda— todo lo que conocía de ese virus era lo que había leído en la universidad. Puedo decirte que en total había leído cincuenta minutos sobre ello. Quiero pensar que el gobierno sierraleonés está aprendiendo, que esto les va a servir para mejorar como Estado, gracias a las organizaciones. Les están enseñando a manejar ayudas, servicios sociales y estadísticas.

En la calle principal de Freetown se pueden ver varios carteles que anuncian los estrenos de películas en el videoclub. Una de ellas se llama Ebola Money y en el cartel aparecen varios actores cómicos, haciendo exagerados gestos y muecas. Al lado, otro título: Tocar el cuerpo del virus, este con más pinta de drama. Son filmes que aprovechan la enfermedad para hacer taquilla. El virus está presente en todos los rincones de la vida de Sierra Leona. Lo que antes eran señales de publicidad, son hoy avisos y recomendaciones para frenar la epidemia. Por todas partes se ven todoterrenos de organizaciones europeas y americanas. En cada esquina hay un hombre blanco con gafas de sol que ha venido a ayudar.

—El problema es cuando esto se acabe y todos se vayan —afirma el doctor—. Eso es lo que a nosotros de verdad nos preocupa. Nos quedaremos solos y ya no se hablará de nosotros. Entonces empezarán los problemas de verdad.

Después, a través de una ventana, se le puede ver explicando cómo se coloca una mascarilla. Un alumno duerme apoyado sobre su mesa en la última fila.

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