África: la vida después del ébola

Reportaje publicado en el suplemento Extra de La Voz de Galicia. / Fotografías de Alfons Rodríguez.

Mustapha, de pie en la parte trasera de un centro donde cuidan a niños en cuarentena sospechosos de padecer ébola, duda ante una pregunta que a priori debería tener respuesta meridiana: “¿cuándo lo pasaste peor, durante el ébola o tras haber sobrevivido a él?” Finalmente, después de pensar unos segundos largos, habla: “Lo pasé peor después”. Mustapha se refiere al estigma. A las consecuencias del ébola más allá de los fallecidos. Toda una onda expansiva que ya no sale en los telediarios ni ocupa portadas pero que a países como Sierra Leona les está haciendo tanto o más daño que el propio virus: daños sociales, psicológicos, políticos y económicos. El ébola está dejando una silenciosa y envenenada herencia de la que nadie habla.

Mustapha Kallom tiene 27 años y es de Freetown, la capital de Sierra Leona. Hasta septiembre del año pasado trabajaba como comercial en una empresa del país. Ese mes su suegra, médico, enfermó de ébola. Acabó muriendo y en su convalecencia contagió a Mustapha. “En realidad casi toda la familia nos infectamos. Mi hija murió y también mis ocho hermanos. Yo sobreviví”. Y su logro tuvo el rechazo como respuesta. Cuando Mustapha regresó a casa se encontró con que los vecinos no le hablaban. Tampoco sus amigos. “Ni siquiera los más cercanos. También me despidieron del trabajo. Me quedé solo y hundido. Lo pasé muy mal”.

 El de Mustapha es un caso de manual en Sierra Leona: supervivientes y familiares de enfermos de ébola son rechazados y viven un calvario que a veces resulta más insoportable que la propia dolencia. “En mi caso logré remontar”, añade. “Encontré trabajo en este centro y, aprovechando mi inmunidad como superviviente, ahora me dedico a cuidar niños en cuarentena”. Mustapha encontró su sitio. También sus compañeros: todos los trabajadores del centro son supervivientes.

La estigmatización post-ébola es más cruel si cabe en los niños. Cientos, miles de ellos han quedado huérfanos desde que en mayo de 2014 el ébola, proveniente de la vecina Guinea, se coló en Sierra Leona. En realidad las cifras de niños sin padres siempre han sido muy elevadas en –según la ONU- el décimo país más pobre del mundo. Pero el problema añadido de los niños del ébola es que los familiares llamados a acogerlos los rechazan. Reintegrar a los pequeños es una tarea complicada. La mayoría son internados en centros como el que la misión salesiana de Don Bosco tiene en Freetown. Allí se les atiende y educa mientras se buscan familiares o amigos que puedan hacerse cargo de ellos. “No es fácil”, dice un trabajador social que prefiere no dar su nombre. “Los familiares tienen miedo y no quieren encargarse de ellos. Saben que si acogen un niño de estos el resto de vecinos les rechazará”. Es el caso de Ibrahim quien, con los ojos muy abiertos y en silencio, escucha la conversación. Tiene ocho años y perdió a sus padres por ébola. Lo encontraron viviendo en la calle. Desde hace meses le buscan un nuevo hogar. “A este problema hay que añadirle que los colegios estuvieron cerrados casi un año, por lo que los niños estaban por la calle, desatendidos. Hay una generación entera de niños en Sierra Leona victimas del ébola. Directa o indirectamente”.

A veces el estigma recae sobre una aldea entera. La de Kombrabai, a unos cien kilómetros de Freetown, fue arrasada por el virus. De 200 vecinos, 82 fallecieron. El primer muerto llegó en julio del año pasado y, como un macabro goteo, no paró hasta diciembre. Familias enteras desaparecieron. No hay una sola persona en Kombrabai sin un familiar fallecido. Fue como una maldición, como un embrujo, y ahora el pequeño pueblo soporta el peso de una cruz. “Nadie quiere venir aquí. Las otras aldeas no nos dejan entrar. Tenemos un estigma”, cuenta Almamy Sesay, el líder de la comunidad. Mientras charlamos con él, en medio de las casitas de adobe y sobre el suelo rojizo, los vecinos –muchos de ellos supervivientes del ébola- se arremolinan curiosos. Almamy los señala. “Estos somos los que quedamos. No hay mucho más. Aquí sufrimos mucho. Y seguimos sufriendo”.

Son todos ellos -trabajadores, supervivientes y familiares- los protagonistas del silencioso epílogo del virus.

Cómo se coló el ébola en casa

El primer caso de ébola que registró Sierra Leona tuvo lugar el 24 de mayo de 2014. Fue en el este del país, muy lejos de la capital donde entonces ni siquiera creyeron que el ébola fuera algo real. El gobierno intentó controlar el virus mediante avisos y carteles. Pero en Sierra Leona nadie hace caso al gobierno. Si es que así se puede llamar a quien dirige un estado fallido, ausente. Un lugar sin infraestructura ni servicios. “La gente ignoró las advertencias, no las creían. Y el ébola se propagó con rapidez. En octubre teníamos ya casi mil muertos”. Habla Stpehen J. Gaojia, coordinador del Centro Nacional de Respuesta contra el Ébola (NERC, según sus siglas en inglés). Tal vez la mente más preclara para hablar de la epidemia en Sierra Leona. Fue él el primero en comprender que para frenar al ébola había que adecuarse a la estructura social de país. Y ésta consiste en líderes locales, de barrios, aldeas o comunidades que atienden y ayudan a los vecinos. Solo tras hablar con todos los líderes la gente se concienció. Y comenzó una batalla que todavía sigue en curso.

En Sierra Leona está prohibido tocarse. Un cartel lo advierte meridiano en la terminal de llegadas del aeropuerto: ‘No toque gente’. El ébola se contagia a través de los fluidos corporales, incluido el sudor. En un país donde la humedad es asfixiante, el ébola nada a favor de corriente. La prohibición de tocarse ha cambiado usos y costumbres: ya nadie saluda dándose la mano. La paz en misa se da levantando las palmas. Nadie da un abrazo. El ébola ha truncado hábitos sociales.

Los rituales funerarios también están prohibidos. La milenaria tradición local de lavar, vestir y velar los cuerpos no está permitida. La posibilidad de contagio al contacto con un cadáver se eleva hasta un 40%. El gobierno ha creado los equipos de enterradores, grupos entrenados para recoger los cadáveres y enterrarlos de forma segura. Solo ellos pueden tocar a los fallecidos. Cada vez que hay un muerto, los enterradores se desplazan al vecindario y, enfundados con sus buzos blancos, máscaras y guantes, caminan como extraterrestres entre los vecinos, que los miran con una mezcla de asombro y temor. La escena resulta traumática para las familias, que apenas tienen tiempo para despedirse y que casi nunca cuentan con medios para desplazarse al cementerio. El ébola ni siquiera respeta las tradiciones.

“Somos el país del ébola”

La ya maltrecha economía sierraleonesa es otro de los daños colaterales del ébola. Si ya era débil, hoy está destrozada. Claudio Cavazzoni es un empresario italiano que lleva décadas trabajando en Sierra Leona. Se dedica a la construcción. “Llegué aquí un poco por la aventura, pero siempre me ha ido bien. Y aquí sigo”, cuenta mientras se quita su sombrero estilo cowboy. “Las cosas se han ido abajo desde que estalló la crisis del ébola. Se han paralizado todos los proyectos. Cuando hablo con algún cliente o socio y les digo que el negocio es en Sierra Leona, los descartan inmediatamente”. Claudio lleva meses intentando contratar a un equipo de ingenieros. Nadie acepta el puesto. “Somos el país del ébola”. El virus se está comiendo la economía del país.

En realidad es otra forma de estigma, en este caso a nivel nacional. Todo el país está señalado. Casi ninguna aerolínea conecta ya Freetown con Europa. Están aislados. “Los pocos turistas que comenzaban a animarse a venir –retoma Claudio- se han evaporado”. Nadie quiere saber nada de Sierra Leona. El silencio se extiende también a lo mediático. Con la epidemia cerca de controlarse (en lo que llevamos de mes de mayo ha habido solo 27 nuevos casos) Sierra Leona ha regresado al olvido. Todo parece haber terminado. Y, sin embargo, la realidad muestra que el daño del ébola, si acaso, no ha hecho más que comenzar.

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