Berlín, nacidas sin muro

Reportaje publicado en la revista Yo dona.

Berlín rebosa turistas estos días. Más, incluso, de los que habitualmente llenan sus calles. El próximo 9 de noviembre la ciudad conmemora el 25 aniversario de la caída del Muro, previa a la reunificación de Alemania. “No solemos hablar del tema entre las amigas del Este y el Oeste. A veces mis padres sí que hacen algún comentario, pero entre los de mi generación no es habitual”. Lo explica Julia Rautemberg, vecina de la capital alemana y relaciones públicas en una oficina de la ciudad. Ella, como todas las protagonistas de este texto, tiene 25 años: nació cuando el Muro moría. Todas forman la nueva generación de berlinesas que no ha visto su ciudad dividida. “Para nosotras es una parte más de la Historia que estudiamos, y ahora también una atracción turística. La ciudad está llena de nuevos museos, ofertas y atracciones”, dice Nora Durstewitz, de la misma edad que Julia y también berlinesa. La experiencia de ambas nada tiene que ver con lo que aquella barrera significó para sus madres y abuelas. En tan solo 25 años y en un espacio de varios kilómetros cuadrados se produjo un cambio radical, un contraste asombroso para toda una generación de mujeres.

“Nuestras madres sabían si alguien era de Berlín Oeste o Este”, asegura Nora, “a simple vista, por la ropa, el peinado y la mentalidad. Estaba claro quién era de cada lado, e incluso después de la caída del Muro se apreciaban las diferencias”. Y añade: “Hoy es imposible distinguir si una chica que acabas de conocer procede de una parte o de la otra. Y no nos importa, nunca lo preguntaríamos. Berlín es una sola ciudad”.

En otra época esas cosas sí importaban. Ser de un lugar o del otro era la diferencia entre ser libre o no. O al menos, no serlo tanto. “Mi madre y mi abuela”, rememora Julia, “me hablan a veces de los ‘exquisit’. Eran las tiendas donde vendían los productos básicos: comida, ropa e higiene. No había mucho más. No podían ni imaginar un centro comercial como los de ahora. Eran todo tiendas pequeñas”. Nora continúa: “Las compras, además, estaban limitadas. No podías adquirir todo lo que querías aunque pudieras. Había un máximo de productos, especialmente en los electrodomésticos y muebles. Eso, claro, es algo impensable para nuestra generación: no porque lo queramos todo, sino por el hecho de que alguien nos diga lo que podemos comprar o no”.

Martina Menger es estudiante, también de 25 años. “Mi abuela recuerda que no le permitían comprar música del Oeste. Solo de grupos y bandas del Este. Y eso la enfadaba”, dice riendo. “Los plátanos también eran productos difíciles de conseguir, porque se importaban”. Esos detalles evidencian el tremendo contraste, el profundo cambio que ha experimentado Berlín: de una ciudad que racionaba la fruta a la capital de moda en Europa, reconocida en el mundo por su atmósfera de libertad.

Las madres y abuelas de estas chicas tampoco podían comprarse un coche. Al menos no fácilmente: se necesitaba una solicitud que a veces se demoraba hasta 10 años y, si se tenía suerte, se optaba a un vehículo de segunda mano. “Casi todos los coches eran Trabis”, explica Nora, “que ahora son símbolos nostálgicos de la RDA y los que alquilan los turistas. La gente del Gobierno sí se podía comprar Dacias o Skodas”. Berlín cuenta ahora con uno de los parques móviles más modernos de Europa.
Las oportunidades de las que disponen Julia, Nora, Martina y todas las chicas de su edad están en otro mundo si se comparan con las que tuvieron sus madres. “La educación no era mala”, señala Julia, “pero las plazas universitarias eran muy limitadas. Solo había unas pocas por cada carrera, por lo que casi ningún vecino del Este podía estudiar lo que quería. Mi madre no tuvo la posibilidad de acceder a la carrera que deseaba”. Y Nora coincide: “La mía tampoco. Siempre dice que entonces nadie se dedicaba a lo que le gustaba”. Solo una generación después ellas han estudiado las disciplinas que escogieron, y Julia y Nora ya trabajan. Berlín ofrece hoy un extenso catálogo de salidas para los jóvenes, especialmente en el sector servicios, donde miles de toda Europa encuentran hueco. Pese al entorno que padecían sus madres, las tres coinciden en señalar que la mentalidad entre unas y otras no ha cambiado tanto. “Las mujeres del Este eran muy abiertas y sociables”, indica Martina, “casi todas trabajaban y se emancipaban pronto. Tener hijos siendo soltera no estaba mal visto”.

“Mi madre me cuenta que solía imaginar cómo era el lado Oeste”, dice Julia, “pensaba en un montón de tiendas, siempre llenas, donde las mujeres podían comprar de todo. Y en la suerte que tenían por viajar libremente. Ellas no podían hacerlo, solo a otros lugares de la RDA”. El recuerdo de la madre de Nora es más gráfico: “El Oeste era más grande y lleno de colores”, afirma sonriendo.

Estas chicas, como cualquier berlinesa de 25 años o menos, pertenecen a una generación que no padeció la traumática división. La frontera que hasta 1989 mantuvo Berlín fragmentado separó a familias e impidió la circulación de un lado al otro de la ciudad. Solo los del Oeste, tras una molesta burocracia, tenían autorización para cruzar al otro lado y visitar a familiares y amigos. “Mi madre me cuenta”, relata Nora, “que les traían caramelos y juguetes”. Julia añade que su abuela pospuso su boda cuando construyeron el Muro. “Pensaba que no iba a durar mucho, como gran parte de los berlineses del Este, pero el tiempo pasaba y asumieron que iba para largo. Así que se casó. Y muchos familiares que vivían en el otro lado no pudieron asistir”.

Frederike Rüffer -de nuevo 25 años- estudia Psicología y Economía. “Empecé con lo segundo por llevar la contraria a mis padres, que son psicólogos. Luego me di cuenta de que soy igual que ellos y decidí seguir su camino sin abandonar los números”, explica riendo. Su familia es de Berlín Este, pero se muestra menos crítica con lo que vivieron. “Fueron felices. Pero igualmente lo son ahora viendo que yo vivo más libre, aunque sienten que el mundo es inseguro. Ellos sabían dónde trabajar, dónde vivir, tenían Sanidad, dinero garantizado… Y eso ya no es así”, comenta. Y agrega: “Creo que hay una versión única de los hechos, por lo que faltan matices. Por ejemplo, en el colegio estudiábamos que los soldados del Este disparaban a la gente que trataba de cruzar el Muro, pero no nos decían que también lo hacían los del Oeste”. Su argumentación va un paso más allá. Y es que tras una primera toma de contacto con estas chicas, y excavando un poco, se percibe, con sutileza, que algo de aquella división berlinesa sí pervive entre los jóvenes nacidos ya sin muralla. Que la cicatriz que dibujó el Muro, aunque cerrada, sigue siendo a veces visible.

Martina ahonda en estos tenues ecos de la división. “Me he dado cuenta de que mis mejores amigas han sido del Este. Sin haberles preguntado, siempre acababa rodeada de gente de allí. No sé, igual aún queda algo de mentalidad”. Nora Durstewitz pone un ejemplo más gráfico, que explica entre risas. “Voy a hablar de mi suegra”, y prosigue tras una carcajada: “Es lo que se entiende como una típica mujer de Berlín Oeste. Es ama de casa, casi todas lo eran en la época del Muro, mientras que las del Este trabajaban. La diferencia es que ya no importa”, recalca Frederike, “puedes preguntar si alguien es de una parte o de la otra, pero nadie le presta atención. Mis padres lo tenían en cuenta porque su mentalidad era diferente y a veces chocaban con vecinos del Oeste. De hecho, todavía les pasa, en cuestiones políticas o en la forma de ser”.

Esas pequeñas diferencias no se quedan en lo cultural y mucho menos en lo anecdótico. La realidad es que los salarios siguen siendo inferiores en la parte Este, especialmente los de los trabajos no cualificados. Como ejemplo, un camarero gana 840 euros mensuales frente a los 1.120 euros que se pagan en la parte Oeste. Aunque la diferencia se aprecia en todas las profesiones. Mientras un profesor del Oeste cobra una media de 2.240 euros mensuales, su equivalente del Este se embolsa 1.800 euros. Asimismo, un ingeniero que trabaje para una empresa del Berlín occidental ingresará de media 3.400 euros mensuales, mientras que el mismo salario, en el lado oriental será sensiblemente más bajo, de unos 3.100 euros. Por contra, los alquileres en un barrio céntrico del Este (sobre los 800 euros)resultan algo más económicos que en el Oeste (1.100 euros), afortunadamente, porque lo cierto es que aún hoy los vecinos de Berlín oriental tienen una capacidad adquisitiva un 17% inferior a los de la parte occidental y una tasa de paro superior, el 9,4% frente al 6%.

El Muro ha mutado de realidad social a atracción turística. El 25 aniversario de su caída ha hecho que todo en la capital alemana gire en torno a esta efeméride. Las ofertas y programas de turismo parecen inagotables. Es un excelente momento para visitar la ciudad. “La división ya es solo un recuerdo”, reflexiona Julia, y afirma: “Para nosotras no quedará nada de ella en pocos años más allá de los museos”. Y estos, como el Chek Point Charlie o el centro de la RDA, ofrecen estos días su mejor cara para explicar que Berlín, la ciudad de moda, fue atravesada por un muro cuya cicatriz, si se observa con atención, aún puede verse.

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