Filipinas, tras el monolito de mi tatarabuelo

Reportaje publicado en Zoom News.

En mi familia vamos a Filipinas cada tres generaciones. Mi abuelo estuvo en el año 1978 y antes su abuelo –mi tatarabuelo-  batalló en la guerra hispano-estadounidense de Filipinas en 1898. Era capitán de navío y se llamaba Francisco Pou Magraner. Hace unos meses me llegó el turno a mí. Me ofrecieron un viaje y, sabedor de la tradición, no me quedó más remedio que aceptarlo y viajar al país cuyo nombre se debe a Felipe II.

La de mi tatarabuelo Francisco es una historia recurrente en comidas o celebraciones familiares. Mi abuelo la cuenta con pelos y señales. Tantos pelos y tantas señales que la historia puede llegar a durar casi tanto como duró aquella guerra. A mi abuelo -como corresponde- le encanta contar historias. Y además las cuenta uy bien. A mí, particularmente, me encanta escucharle. Y freírle a preguntas sobre sus vivencias y recuerdos. Eso, siempre que no esté durmiendo, porque esa es otra de sus grandes pasiones: dormir majestuosas siestas. Envidiables siestas de sillón. Ni la tele a todo volumen ni quince nietos revoloteando a su alrededor pueden interrumpir su ritual onírico. Recuerdo hace muchos años, de críos, que mi abuelo sesteaba tranquilo cuando un primo mío lanzó su chancleta al canalón del tejado bloqueando el paso del agua (ni una idea sana de chavales). Mi abuela fue a avisar a mi abuelo y, prudente ella , le susurró la cuestión al oído. Mi abuelo, sin levantar la cabeza y –cuentan- sin ni siquiera abrir los ojos, masculló: “Que maten a ese niño”. Y siguió durmiendo.

No nos desviemos. Estábamos en Filipinas, donde Francisco, mi tatarabuelo, se topó con un navío americano cuando regresaba a bordo de su barco al puerto de Cavite, una ciudad al sur de Manila. Mi tatarabuelo y la tripulación ignoraban que la guerra había terminado unos días antes, por lo que se negaron a entregarse. Según cuenta mi abuelo, los estadounidenses les explicaron que España ya se había rendido, pero mi tatarabuelo no debió creérselo, así que hizo descender a la tripulación y, al parecer, intentó estrellar el buque contra las rocas. No lo consiguió y días más tarde regresaría a Palma de Mallorca, su casa. Más de 60 años después mi abuelo, en un viaje a Filipinas al que había sido invitado, se topó en Cavite con un monolito erigido a la memoria de los militares españoles. Entre los nombres grabados en la piedra estaba el de su abuelo Francisco. Fue una sorpresa tremenda, porque él no sabía que estaba allí. Por desgracia no le dejaron expresar su jolgorio ya que, entonces, los españoles todavía no caían muy bien por las islas. Y menos los descendientes de colonos. Un nuevo salto temporal de casi 40 años me llevó a mí a Filipinas el pasado mes de junio, y decidí –maldita sea- buscar y encontrar el monolito.

No lo encontré. Bueno, en realidad es que no existe. Lo quitó el gobierno filipino en los años 80. Ese y cuantos recordaban a los militares españoles. Y eso que lo busqué con empeño. Con empeño y con 35 grados y 90% de humedad. A las 6 de la mañana partí de Manila acompañado de la incombustible periodista Mayka Navarro, la guía Tita Carmen (una señora mayor que con voz tierna y desgastada hacía bromas bestiales y a continuación pedía riendo que nadie se ofendiera) y el conductor, que no hablaba. Preguntamos en la base militar donde se supone que estaba el monolito, pero no nos dejaron entrar. Le puse al soldado cara de tataranieto desvalido, pero ni así. Acudimos a la oficina de turismo, pero allí la encargada no sabía ni de qué le hablaba mientras yo pegaba mi cara a un ventilador desquiciado. Empapados en sudor, decidimos ir a lo grande: entramos en el ayuntamiento y preguntamos por el alcalde. Yo no me atrevía, pero Mayka decidió asaltar su despacho y preguntar por el monolito. El alcalde pasó de la sorpresa inicial a la hospitalidad. Nos mostró el que había sido el puerto español y después, sin dejar de sonreír él y sin dejar de sudar yo, me dijo que no había monolito. Y me puso una mano en el hombro. Asumí el fracaso y me quedé sin la foto que tenía pensado regalarle a mi abuelo. Espero que algún nieto mío lo vuelva a intentar. Igual en otro giro de los acontecimientos deciden volver a colocar los monolitos.

Lo que esta historia viene a decir –entre otras muchas cosas- es que ese sentimiento de rechazo hacia los españoles ya no es tal. Al contrario. Filipinas ha iniciado una enorme campaña para abrirse al turismo español, más amigo de visitar Tailandia o Vietnam. Los lazos son innegables. La mayoría de filipinos tienen nombres españoles: Ramón Jiménez o Marina Pérez son algunos de los que conocí. Con la paradoja de que casi ninguno de ellos habla español. El idioma fue barrido por la posterior colonización estadounidense y por ello hoy en Filipinas todos hablan inglés. También tagalo, la lengua nacional que, aun así, está llena de palabras españolas. Uno de los días en los que estuve allí, una mujer que no hablaba español se resbaló sin consecuencias justo delante de mí (estábamos en el río Loboc, uno de los trescientos millones de sitios en Filipinas donde aseguran que se rodó parte de Apocalypse Now). En su resbalón pude escucharle con claridad: “¡Ay puñeta!”. Hay cientos de vocablos castellanos incrustados en el tagalo. Muchas veces se mezcla con el inglés y se habla ‘tagalish’. No acaba ahí la ensalada idiomática: cada región tiene además su lengua propia, hasta completar las 87 que hay en el país. Es decir, el 95% de los filipinos son trilingües. Incluidos los malayos del sur que son musulmanes y quieren separarse y unirse a Malasia. Que me hablen ahora de referéndums, conciliaciones y lenguas vehiculares.

Por cierto, una de esas 87 lenguas es el chabacano, un dialecto del español que resulta una suerte de castellano primitivo muy divertido de escuchar y leer.

Además de la influencia lingüística –me explicaba un filipino- los españoles dejaron dos cosas en las islas: la fiesta y el ‘para mañana’. Así es: los filipinos no parecen asiáticos y sí caribeños. En el país impera el ‘aelak’. ¿Ah, cómo. Que no saben lo que es el aelak? Es que no es fácil de explicar. Es, aunque resulte curioso, un término búlgaro. Más concretamente de la ciudad de Plovdiv, la segunda del país cuyos vecinos tiene fama de tomárselo todo con mucha calma. -Cuando estuve allí le pregunté a uno de ellos si me podía explicar lo que es el ‘aelak’ y tras resoplar perezoso, accedió: “Imagínate que estás en una playa de arena blanca, agua cristalina y completo silencio. Escuchas el rumor de las olas mientras tu hamaca se mece y un mayordomo te sirve ron en un vaso helado. Pues el ‘aelak’ es eso, pero sin tanto estrés”.

El catolicismo es la otra herencia española. “Lo mejor que nos dejaron los españoles”, me dijo un día una mujer. Rehusé discutir, obviamente. En efecto, el catolicismo está en cada esquina. En mi primer día tomé un ferry que conectaba la isla de Bohol con la de Cebu y por megafonía anunciaron que permaneciésemos  atentos a las pantallas del barco, ya que iban a comenzar las instrucciones de seguridad. Miré, pues, a la televisión y comenzó un Padre Nuestro con inspiradoras imágenes bíblicas de atardeceres. “Las instrucciones de seguridad consisten en rezar un Padre Nuestro”, pensé. Y me agarré al asiento.  Después comenzaron de verdad las indicaciones. La oración era solo una previa.

No puedo terminar sin hablar de los conocidos como chinos-filipinos.  Efectivamente, el súper disco chino filipino no es solo una canción de Enrique y Ana que parece sacada de una ronda de chupitos que se ha ido de las manos. Los chinos filipinos existen. Y están ahí. Son más de 4 millones y son aquellos ya nacidos en Filipinas pero de padres o abuelos chinos. Pese a haber nacido en suelo filipino, mantienen comunidades más o menos cerradas, con barrios monoétnicos, idioma y costumbres, por lo que se les conoce como chinos-filipinos. Lo del súper disco debe ser ya otra historia diferente.

Por cierto, Filipinas está compuesta por 7.000 islas. Es un dato tremendo que no sabía dónde meter y que no quería dejar de mencionar. Ahora sí, puedo terminar. Le paso el testigo a alguno de mis futuros nietos. Espero tenga mejor suerte que yo con el monolito.

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