Jesse Owens pasaba por allí

eportaje publicado en la revista Jot Down.

En realidad, no quería demostrar nada. Jesse Owens no pretendía convertirse en un símbolo contra el racismo, ni en un icono. Eso vendría luego. Owens fue a los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 a competir como lo llevaba haciendo los últimos años en Estados Unidos. Llegó —con su mirada huidiza, su sonrisa sincera y su piel negra—, ganó cuatro medallas de oro delante de Adolf Hitler y regresó a su país a seguir trabajando como botones.

El periodismo se encargó de lo demás. Y eso que Owens seguía sin estar por la labor. Cuando un reportero le preguntó si el Führer le había dado la mano para felicitarle, el atleta respondió: «Cuando pasé, el canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Creo que los periodistas están teniendo el mal gusto de criticar al hombre del momento en Alemania».

James Cleveland Owens era negro. Y es este el detalle que da sentido a esta historia porque, sin pretenderlo, el conocido como «Antílope de ébano» hizo trizas la teoría de la supremacía genética aria ganando todas sus pruebas en un estadio engalanado con esvásticas y copado por atletas blancos y rubios. Lo de Jesse vino por un problema de pronunciación. En su primer día de colegio en Cleveland, con nueve años, un profesor le preguntó su nombre. James respondió «J. C.» en inglés, que tiene una fonética parecida a Jesse y más si quien lo pronuncia es un chaval recién llegado de una granja de Alabama. El profesor no llegó a entenderle muy bien y le quedó Jesse para el resto de sus días.

Jesse era hijo de granjero y nieto de esclavos. Nació en 1913 en Oakville, Alabama, en séptimo lugar de un total de once hermanos. Nunca volvería a quedar tan rezagado. Como cabe imaginar, los Owens no eran ricos y desde chaval Jesse tuvo que trabajar después de la escuela. Lo suyo eran los zapatos. Los arreglaba con maestría. Tanta como la que tenía en destrozarlos corriendo. En el colegio, tal y como rememora el propio atleta en sus memorias, la mayoría de compañeros no quería jugar con él, de modo que se dedicaba a dar vueltas al campo de béisbol a zancada limpia para no aburrirse. Cuando tenía nueve años, y en plena vorágine migratoria negra desde los estados del sur al norte (que movió a más de 1,5 millones de afroamericanos), los Owens se trasladaron a Cleveland (Ohio) donde aquel profesor no entendió su nombre. No fue hasta el instituto cuando alguien se fijó en cómo corría.

Charles Ripley se llamaba el tipo que opinó que Jesse Owens podía llegar a ser un atleta profesional. En realidad, Ripley se le acercó al verlo correr y le dijo: «Dentro de unos años serás el mejor atleta del mundo». Para conseguirlo, lo primero que tuvo que hacer su nuevo entrenador fue darle de comer. Owens era raquítico, un adolescente enclenque que se alimentaba una vez al día peleando por el mejor trozo de pan con diez hermanos más. A los siete años a punto estuvo de no contarlo: una neumonía lo llevó al límite y afectó a su desarrollo durante parte de su infancia. Ripley le preparó una dieta y comenzó a entrenarle durante los tres cursos en el instituto Fairview Junior High. Pero había otro problema: al terminar las clases, Jesse tenía que ir a arreglar zapatos para llevar su parte de la paga a casa, así que el entrenador aceptó adiestrarle de forma individual a primera hora de la mañana, antes de entrar en clase. Eso suponía levantarse a las cinco de la mañana cada día: sin duda, Ripley creía en las posibilidades del chaval.

Tres años después de comenzar a entrenar, y como alumno del East Technical School de Cleveland, a Owens se le ocurrió batir el récord mundial de salto de longitud de su categoría. Tenía veinte años y arrastraba unos dolores de espalda que a punto estuvieron de hacerle desistir. Finalmente decidió participar en aquel campeonato nacional para institutos celebrado en Chicago y saltó 7,55 metros. De paso, igualó el récord mundial de cien metros lisos con una marca de 10,4 segundos. Su nombre también comenzó a correr, en este caso por las universidades estadounidenses, que ya se rifaban a la promesa negra del atletismo. El chaval malnutrido de la granja de Alabama cuya pronunciación no entendían sus profesores en el colegio de Ohio, se convertía en un símbolo estando todavía en el instituto. Nada comparado con lo que llegaría ser.

Owens no se fiaba. Igual que la anciana gallega a quien le preguntan delante de su casa si por esa parada pasa el autobús número 3 y responde «ayer pasó», Owens no se dejó engatusar por los cantos de sirena de las universidades y pidió garantías a cambio de su matriculación. Estas garantías respondían a lo que había sido su vida hasta ese momento: Jesse decidió acudir a la Universidad Estatal de Ohio a cambio de un trabajo fijo para su padre y otro para él. La universidad aceptó y Owens comenzó a trabajar en una gasolinera después de los entrenamientos. Entre depósito y depósito el chaval continuó con su apabullante avance y se dedicó a despedazar récords, contento por haber logrado la estabilidad económica que necesitaba su familia. Cada semana Owens era mejor y pronto sus cronos se elevaron a la altura de plusmarcas mundiales. Siendo universitario, «el Antílope» ya estaba en la élite del atletismo mundial.

Aunque probablemente Owens ni siquiera fue consciente, en uno de esos campeonatos nacionales el atleta logró lo que para muchos es la mayor proeza de la historia del atletismo. Tuvo lugar el 25 de mayo de 1935. Tras pedir un día de permiso en la gasolinera, Owens acudió a la Big Ten Conference en Ann Arbor, el campeonato de atletismo más prestigioso de Michigan. Y entonces sucedió: en cuarenta y cinco minutos batió cuatro récords mundiales absolutos. La primera prueba que corrió fueron las cien yardas lisas (91 metros), que completó para pasmo del respetable en 9,4 segundos. Después descansó nueve minutos y comenzó la prueba de salto de longitud: lo zanjó en un brinco de 8,13 metros que establecía una nueva marca planetaria. Pausa de quince minutos y carrera de 220 yardas: 20,3 segundos, otro récord. La prueba final, tras otros diez minutos de descanso fueron las 220 yardas vallas, que se zampó en 22,6 segundos. Owens —es un buen momento para decirlo— fumaba un paquete de tabaco diario. Y seguiría haciéndolo hasta el día de su muerte. Por cáncer de pulmón, por cierto.

La hazaña de la Big Ten Conference convirtió a Jesse en una celebridad que en junio de 1936 logró batir el récord mundial de cien metros lisos. También en Chicago, Owens bajó el crono a 10,2 segundos por primera vez en la historia. Todos los ojos se clavaron en los Juegos Olímpicos que ya tomaban forma en Berlín, la capital de la Alemania nazi. Hitler estaría en el palco, sus teorías raciales en el ambiente y Owens —negro— en la arena. El periodismo ya tenía historión.

*

Contaban entonces las radios de Washington y Nueva York que el Führer había solicitado los Juegos para exhibir el poder ario. Escarbando un poco no hay ninguna señal que respalde que la intención de Hitler fuera esa. Al menos nunca lo dijo explícitamente. Es más, en el caso de que lo hubiera sido, Hitler hubiese acabado aquella justa olímpica bien contento, ya que los atletas alemanes fueron los que más medallas se colgaron. En realidad, poco importaba si Berlín 36 era un intento de propaganda aria o no: para el resto del mundo sí lo era y tener a un atleta negro que pulverizase el escenario era un gustazo. La realidad no iba a estropear aquel capítulo que, años después, sigue sirviendo para escribir relatos, algunos épicos y otros como este.

El primer día ya hubo «movida». Según la prensa norteamericana, Adolf Hitler solo estrechó la mano tras la primera jornada a los vencedores alemanes. Incluso, cuentan, rehusó felicitar a Cornelius Johnson, afroamericano que acabó tercero en su prueba. La prensa alemana se apresuró a desmentir el incidente y aseguraron que el bueno de Cornelius se había saltado la entrega de medallas y había regresado a toda prisa a un hotel —donde estaba alojado— que ni en sus mejores sueños podía pisar en Estados Unidos. Algo parecido sucedía con el mito Owens: el Gobierno alemán le permitió alojarse en el mismo hotel que los atletas blancos —el mejor hotel de Berlín— algo que, por ley, tenía prohibido en su país. El país que le enviaba a dar una lección al racismo. Tras el incidente con Cornelius el Comité Olímpico le dijo al Führer que se abstuviese de dar la mano a los ganadores de las pruebas, ya que esto retrasaba todo el horario de la competición. Desde ese día, Hitler no volvió a dar la mano a ningún atleta, al menos en público. Tampoco a Owens cuando machacó a sus atletas arios.

El 3 de agosto salta al estadio el chaval de Alabama y con él el entusiasmo norteamericano a seis mil kilómetros de distancia. La primera prueba que afronta son los cien metros lisos, entonces todavía sobre arena. En la línea de salida también está Ralph Metcalfe, compatriota de Owens también afroamericano y su máximo rival. Ambos son los únicos negros en la parrilla de salida y se despojan del chándal mientras Adolf Hitler hace acto de presencia en el palco. Ciento diez mil personas alzan su brazo para saludar al estilo romano a su canciller. Abajo, en la arena, Owens y Metcalfe a lo suyo. En realidad, el ambiente no era hostil. Es una pena despojar de esa épica al relato, pero la única verdad es que cuando Owens comenzó a tomar ventaja con su zancada corta y sus brazos bajos, el público alemán se vino abajo en vítores. A mitad de recorrido la carrera parecía sentenciada y solo Metcalfe amenazó en el tramo final la victoria de Owens. Al lado de las dos balas negras el resto de atletas arios parecían correr con pesos en los tobillos. Owens hizo 10,3 segundos y Metcalfe 10,4. Nadie tuvo a bien hacer un plano de la cara del Führer en ese momento, y eso que la carrera fue televisada. La expresión de Hitler no debió mejorar mucho cuando las ciento diez mil personas presentes en el graderío rompieron en ovación hacia el ganador. En el podio, saludo nazi del tercer clasificado y sonrisa contenida del ganador.

Al día siguiente, 4 de agosto, Owens participó en salto de longitud. De nuevo la épica se disuelve un poco cuando se le añaden gotas de realidad: el mayor rival de Owens era el alemán Luz Long, orgullo del Reich. Sin embargo, lejos de competir con odio racial, Long charló amistosamente con Owens entre salto y salto aconsejándole algunos movimientos y estrategias. Owens reconocería tras su victoria que la había logrado gracias a las «amables sugerencias» de Luz. No solo eso: Owens y Long comenzarían una estrecha amistad desde aquel día que llevaría al atleta estadounidense a visitarle en Berlín tras la guerra.

El 5 de agosto a Jesse Owens le tocaba correr los 200 metros lisos. Y, por supuesto, volvió a imponerse. A estas alturas la prensa estadounidense esculpía un mito a golpe de reportaje. Un mito antifascista y antirracista. Un mito, sin embargo, que seguía teniendo que usar un baño distinto al de los blancos en los edificios públicos de su país.

Contaban entonces las radios de Washington y Nueva York que el Führer había solicitado los Juegos para exhibir el poder ario. Escarbando un poco no hay ninguna señal que respalde que la intención de Hitler fuera esa. Al menos nunca lo dijo explícitamente. Es más, en el caso de que lo hubiera sido, Hitler hubiese acabado aquella justa olímpica bien contento, ya que los atletas alemanes fueron los que más medallas se colgaron. En realidad, poco importaba si Berlín 36 era un intento de propaganda aria o no: para el resto del mundo sí lo era y tener a un atleta negro que pulverizase el escenario era un gustazo. La realidad no iba a estropear aquel capítulo que, años después, sigue sirviendo para escribir relatos, algunos épicos y otros como este.

El primer día ya hubo «movida». Según la prensa norteamericana, Adolf Hitler solo estrechó la mano tras la primera jornada a los vencedores alemanes. Incluso, cuentan, rehusó felicitar a Cornelius Johnson, afroamericano que acabó tercero en su prueba. La prensa alemana se apresuró a desmentir el incidente y aseguraron que el bueno de Cornelius se había saltado la entrega de medallas y había regresado a toda prisa a un hotel —donde estaba alojado— que ni en sus mejores sueños podía pisar en Estados Unidos. Algo parecido sucedía con el mito Owens: el Gobierno alemán le permitió alojarse en el mismo hotel que los atletas blancos —el mejor hotel de Berlín— algo que, por ley, tenía prohibido en su país. El país que le enviaba a dar una lección al racismo. Tras el incidente con Cornelius el Comité Olímpico le dijo al Führer que se abstuviese de dar la mano a los ganadores de las pruebas, ya que esto retrasaba todo el horario de la competición. Desde ese día, Hitler no volvió a dar la mano a ningún atleta, al menos en público. Tampoco a Owens cuando machacó a sus atletas arios.

El 3 de agosto salta al estadio el chaval de Alabama y con él el entusiasmo norteamericano a seis mil kilómetros de distancia. La primera prueba que afronta son los cien metros lisos, entonces todavía sobre arena. En la línea de salida también está Ralph Metcalfe, compatriota de Owens también afroamericano y su máximo rival. Ambos son los únicos negros en la parrilla de salida y se despojan del chándal mientras Adolf Hitler hace acto de presencia en el palco. Ciento diez mil personas alzan su brazo para saludar al estilo romano a su canciller. Abajo, en la arena, Owens y Metcalfe a lo suyo. En realidad, el ambiente no era hostil. Es una pena despojar de esa épica al relato, pero la única verdad es que cuando Owens comenzó a tomar ventaja con su zancada corta y sus brazos bajos, el público alemán se vino abajo en vítores. A mitad de recorrido la carrera parecía sentenciada y solo Metcalfe amenazó en el tramo final la victoria de Owens. Al lado de las dos balas negras el resto de atletas arios parecían correr con pesos en los tobillos. Owens hizo 10,3 segundos y Metcalfe 10,4. Nadie tuvo a bien hacer un plano de la cara del Führer en ese momento, y eso que la carrera fue televisada. La expresión de Hitler no debió mejorar mucho cuando las ciento diez mil personas presentes en el graderío rompieron en ovación hacia el ganador. En el podio, saludo nazi del tercer clasificado y sonrisa contenida del ganador.

Al día siguiente, 4 de agosto, Owens participó en salto de longitud. De nuevo la épica se disuelve un poco cuando se le añaden gotas de realidad: el mayor rival de Owens era el alemán Luz Long, orgullo del Reich. Sin embargo, lejos de competir con odio racial, Long charló amistosamente con Owens entre salto y salto aconsejándole algunos movimientos y estrategias. Owens reconocería tras su victoria que la había logrado gracias a las «amables sugerencias» de Luz. No solo eso: Owens y Long comenzarían una estrecha amistad desde aquel día que llevaría al atleta estadounidense a visitarle en Berlín tras la guerra.

El 5 de agosto a Jesse Owens le tocaba correr los 200 metros lisos. Y, por supuesto, volvió a imponerse. A estas alturas la prensa estadounidense esculpía un mito a golpe de reportaje. Un mito antifascista y antirracista. Un mito, sin embargo, que seguía teniendo que usar un baño distinto al de los blancos en los edificios públicos de su país.

La cuarta medalla de Owens llegó el 9 de agosto, en la prueba de 4×100 metros, junto a sus compañeros de selección. Jesse logró su cuarto oro estableciendo un hito del atletismo que no sería igualado hasta 1984, cuando Carl Lewis, el hijo del viento, alcanzó el mismo número de oros en los Juegos de Los Ángeles.

En aquel año, meses antes de partir a Berlín, Jesse había dejado su puesto en la gasolinera y trabajaba como botones en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, a donde se había trasladado tras la universidad. Cuando terminaron los Juegos, Owens regresó a su puesto con las cuatro medallas al cuello. Y sin perdonar su paquete diario.

El único homenaje que el látigo americano contra el racismo recibió a su vuelta fue una simbólica parada de la Bolsa de Wall Street. No tuvo el honor de ser invitado a la Casa Blanca, honor que sí tuvieron algunos otros atletas, blancos todos ellos. El entonces presidente Franklin Delano Roosevelt rechazó el encuentro con Owens porque se encontraba en plena campaña de reelección. En aquel contexto y en aquella época, rendir honores a un ciudadano negro podía acarrearle un serio disgusto electoral de los estados del sur. De modo que Owens, como más o menos había hecho toda su vida, terminó de competir, recogió las medallas y volvió a su puesto de trabajo. Solo años después, en sus memorias, recordaría aquel capítulo con su presidente. «Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al presidente».

Owens se convirtió en un símbolo, pero probablemente él fue el que menos disfrutó de su estatus. Hoy, Estados Unidos tiene un premio con su nombre, becas, homenajes y hasta un museo. Pero la vida real de Owens tras su hazaña en Berlín no fue fácil. Tras dejar su puesto de botones se trasladó a Chicago donde se hizo mánager deportivo. En pocos meses se dio cuenta de que el dinero estaba en el espectáculo y arrancó una carrera de autopromoción en la que se ofrecía a correr contra galgos y caballos. Hasta llegó a ser relaciones públicas de varios locales de jazz de la ciudad. En 1976 el Gobierno rindió tributo por primera vez al atleta. El presidente Gerald Ford le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad. El 28 de marzo de 1990, a título póstumo, George H. W. Bush le condecoró con la Medalla de Oro del Congreso.

Hay una calle en Berlín que se llama Jesse Owens. También en Berlín, otro afroamericano, el jamaicano Usain Bolt, pulverizó todos los registros setenta y cuatro años después, recorriendo cien metros de suelo llano en 9,58 segundos, casi un segundo menos que Owens. El chaval delgaducho de Alabama que ganó cuatro medallas olímpicas tras pedir unos días de permiso en el hotel donde trabajaba de botones murió el 31 de marzo de 1980 en Tucson, Arizona, por un cáncer pulmonar consecuencia de su adicción al tabaco. Está enterrado en el cementerio de Oak Woods de Chicago. Ahora sí, tantos años después, es un símbolo. Aunque en realidad Jesse Owens no quería demostrar nada. Eso vino luego.

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