Cinco goles como cinco orgasmos

Artículo publicado en la revista Jot Down. / Fotografía: Cordon Press.

Y cuando digo fútbol, me refiero al Depor. Al Deportivo de La Coruña. En realidad a mí lo que me gusta del fútbol es jugarlo. Verlo está bien, pero no me va la vida en ello. En cambio sí me va la vida en ver al Depor. La vida, la garganta, el corazón y el ánimo. Una desgracia como otra cualquiera.

¿Te gusta el fútbol?, a veces me preguntan. Bueno, a mí lo que me gusta es el Depor. Hay gente que se muere si no puede ver una semifinal Brasil-Alemania de un Mundial. Sí, yo también quiero verla, pero lo que es morir, me muero si me pierdo un Sabadell-Depor jornada 17 Segunda División domingo a las 12 de la mañana.

¿Cómo se te puede ir la vida por el fútbol?, me preguntan otras veces. Yo pienso que no es por el fútbol, es por el Depor. Y que si hay gente a la que se le va la vida por dinero, por un cantante o por Dios, no sé qué tiene de extraño que a mí se me vaya por mi equipo. Porque es que se me va.

Ese adiós de la vida, esa huida del cuerpo, suele producirse a través del grito del gol. El absurdo instante en el que tu ojo capta que la pelota ha entrado en la portería. No siempre se detecta igual. En el estadio, si la portería está lejos, no gritamos gol hasta que vemos cómo se mueve la red. Intuyes que la pelota avanza, que el peligro revolotea confuso como un niño jugando con un cuchillo entre el portero y la portería, pero no ves un carajo, hasta que de pronto vislumbras la sacudida de la red y la tensión se libera de un grito. Esa tensión que coge carrerilla mientras agarras la manga del aficionado del al lado para impedirte a ti mismo saltar al campo. Hay veces que ni siquiera ves la red; solo escuchas el griterío y ves a los jugadores levantar los brazos y allá vas tú con tu celebración ciega: no lo has visto, pero te lo crees. Otras veces la portería está cerca, entonces ves nítidamente cómo la pelota supera al portero y durante un chispazo de tiempo, menos de un segundo, adquieres la certeza de que el balón va a entrar, de que no hay posibilidad física de que no lo haga, y entonces tu grito nace unas décimas antes del gol. En ocasiones –sin dejar de gritar- echas un vistazo rápido al linier, compruebas que corre hacia el medio campo autorizando el gol y rematas tu alarido como se merece. Nada más trágico que emprender la celebración y verte obligado a abortar tras hallar el horror en forma de banderín levantado. “¡Lo anuló!”, suele gritar alguien todavía abrazo a otro. Y te sientes como cuando descubriste que Pressing Catch era mentira.

En casa la televisión te lo ofrece más claro y siempre se festeja con conocimiento de causa. A cambio, la celebración se vuelve más personal. Para quien no está atento a la tele ni al partido es como el arranque violento de un loco. O, peor aún, de varios. Tres, cuatro, cinco adultos gritando a pulmón en un espacio cerrado. Eso es un gol. Sacarlo todo en un instante sin filtros, sin control, sin obstáculos. Como Penélope Cruz en los Oscar. Proferir un defectuoso bramido que vacíe la tensión de un golpe y volverte a sentar tan satisfecho como si lo hubieras metido tú. Una pelota entra en una portería y eso deriva en un instante de éxtasis en tu interior, en una inyección de felicidad y placer que borra cualquier otro avatar de la vida y que durante unos segundos, te inunda de bienestar. Eso es un gol de tu equipo. El símil con un orgasmo es de una obviedad ofensiva.

Veamos cinco de ellos que me han hecho hombre. Me refiero a cinco goles:

Gol de Zoran

La primera cosa no normal que le recuerdo al Depor (el Depor es un equipo que se caracteriza porque le ocurren cosas no normales) fue en el partido de Segunda División contra el Murcia temporada 90-91 con mi abuelo al lado. Entonces tenía yo nueve años y recuerdo a mi abuelo saltar del sillón con el gol de Zoran Stojadinovic que valía un ascenso. Mi imagen es nublosa: un tipo de pelazo al viento batiendo por bajo a un portero de gorra blanca (ningún portero sin gorra en los tardíos 80) que iba en pantalón corto (corto de verdad) a pesar de que el área pequeña era de tierra.

El partido había empezado con mucho retraso porque se declaró un incendio en la grada de Preferencia. “Las meigas, queimada”, dirían los cronistas del tópico al día siguiente. Allí estaba yo, sentado en el suelo (antes a los niños se nos mandaba al suelo para ver la tele) viendo como las llamas flameaban en el techo de la grada y mi abuelo diciendo, “¡otro año que no ascendemos, verás!”. Por suerte sí ascendimos, de la mano de Arsenio Iglesias a quien en rueda de prensa le inquirían, “Míster, ¿qué?”, y él contaba el partido. En realidad, para gran parte de mi generación, ahí comenzó todo. Más de lo que nunca soñamos y más de lo que, probablemente, merecíamos.

Gol de Alfredo

En el gol que Alfredo Santaelena le metió a Zubizarreta en la final de Copa del Rey de la 94-95, los deportivistas bramamos dos goles: ese y el que había fallado Djukic el anterior año en su maldito penalti.

Segunda cosa no normal del Depor: esa final se jugó en dos actos: el primero el 24 de junio y el segundo el 27. La primera parte duró 79 minutos y se vio interrumpida por una tormenta como jamás había visto Madrid (probable exageración). Granizos como percebes obligaron a interrumpir el partido cuando iba empate a uno contra el Valencia (el rival el anterior año del penalti de Djukic, claro). Se decidió que los once minutos que restaban se jugarían tres días después. De aquel compás de espera recuerdo la incertidumbre, la confusión, como aquel turista que en una parada de autobús de Betanzos preguntó a un vecino si por ahí pasaba el bus para Coruña y le respondieron: “ayer pasó”.

También recuerdo las súplicas a mi padre para que me llevase al Bernabéu. “¿Para once minutos? Estás loco”. “Que no, que va a haber prórroga”, exponía yo (es probable que dijese próloga). Tenía razón mi viejo: no hubo tiempo extra. A los dos minutos cayó un balón de cualquier sitio y de cualquier forma y Zubizarreta (había porteros más rápidos que él) llegó más tarde que la cabeza de Alfredo Santaelena, un jugador que venía como añadido al fichaje de Donato del Atlético de Madrid, fichaje que, por cierto, era de cara a los dos o tres últimos años de carrera de un ya veterano. Se quedó diez.

Alfredo cabeceó, la pelota entró y yo recuerdo pensar qué no sabía cómo celebrar aquello. Que era demasiada felicidad, demasiada alegría. Y me fijé en los jugadores y les vi tan contentos, con esa cara de cabreo de pura felicidad, que me pregunté si a alguno le podría dar un ataque o algo. Después descubrí la tortuosa sensación de que no pase el tiempo, aunque el tiempo sean nueve minutos. Fui un niño temeroso de la alegría desde ese día. Fui un niño, por siempre y para siempre, deportivista.

Gol de Sergio

El problema de ganar al Madrid es que tu equipo no gana: pierde el Madrid. La ecuación causa-efecto se invierte, como aquel paisano de Corcubión (perla de la Costa da Morte) que salía de casa, se quedaba mirando los molinos eólicos del monte de enfrente y decía enfadado: “Joder, cada vez que encienden esos chismes pega un viento de carallo”.

Al Madrid en Madrid le ganamos pocas, poquísimas veces. Pero las elegimos. La recordada, la épica, fue la del centenariazo, claro. “Fue solo una Copa del Rey, nos da igual”, me dicen mis amigos madridistas. Y yo no niego que les dé igual, pero que no me lo digan. Déjame rebozarme en mi épica, coño. Y mi épica es la épica blanquiazul, la que llevó a 25.000 deportivistas al Bernabéu un día entre semana de invierno a jugar de visitantes una final. Allí estaba yo, claro, el único de entre mis amigos convencido absurdamente de la victoria. El resto, pesimistas, sin ver solución a una derrota segura, como cuando a Fraga le preguntaron qué harían si el Prestige se negaba a alejarse de la costa y respondió, conciso, “se le pega un cañonazo y punto”.

Mi recuerdo del primer gol del partido, autoría del deportivista Sergio González, actual entrenador del Espanyol, es borroso. Esta vez no por los años y sí por el alcohol que 25.000 bárbaros llegados del norte habíamos engullido en aquel marzo madrileño que nos hizo ocupar el fondo norte del Bernabéu dos horas antes de que comenzara el partido. A pesar de la nebulosa todavía puedo ver la pelota avanzando despacio hacia la línea de gol ya superado el portero (César) y todos detrás de la portería agarrados unos a otros, de pie al estilo vieja grada de cemento (que vuelvan ya) y con los ojos desencajados porque, qué cojones, quién iba a pensar que les íbamos a meter un gol en su final. Perdí una zapatilla en aquella celebración en la que juro vi volar cuerpos por encima de mi espalda mientras la buscaba. Después vino otro gol, de Tristán, el de la incredulidad, y finalmente el pitido final no sin sufrimiento por el tanto de Raúl que cerró en 2-1 el partido.

De entre los cánticos, fuegos de artificio y lágrimas de alegría, me recuerdo a mí mismo sentado en mi asiento por primera vez en 90 minutos regocijándome en mi alegría incapaz de ponerme de nuevo en pie de puro cansancio.

Gol de Albert

En mis primeros años como periodista trabajé en el Diario Marca. Cubría el devenir del Deportivo desde la delegación de A Coruña. Me pillaron los últimos años de Champions del Depor y recuerdo que tenía una buena relación con Jabo Irureta, el entrenador entonces. Más bien era una relación paterno-filial. Hubo unos cuartos de final en el año 2004 que emparejaron al Depor con el Milan de Ancelotti, por entonces, probablemente, el mejor equipo de Europa: Maldini, Nesta, Gattuso, Seedorf, Rui Costa, Shevchenko… Nos metieron cuatro en la ida en Milan, y eso que empezamos ganado con gol de Pandiani. Gol que vi, solo, lamentablemente solo, en la delegación del periódico. Y lo festejé como un energúmeno corriendo en círculos. Luego nos metieron ellos cuatro y adiós muy buenas. Parecían habernos despachado como el sindicalista argentino Luis Barrionuevo despachó a una periodista que le preguntaba por la crisis del corralito: “En este país –dijo Barrionuevo- lo que hay que hacer es que todos dejemos de robar dos años”. Sinceridad al peso.

En los días de espera antes del partido de vuelta, en una rueda de prensa, le pregunté a Irureta qué prometía si remontaban: “Hago el Camino de Santiago”, me dijo. Y lo tuvo que hacer. El Depor le metió al Milan los tres que necesitaba en Riazor más otro extra. De aquellos, recuerdo especialmente el tercero, el que culminaba la remontada, obra de Albert Luque. Había conseguido no trabajar aquella noche (era especialista en zafar en las grandes citas para acudir como se debe al estadio: borracho y con amigos) y tengo el nítido recuerdo de la pelota entrando de forma inaudita en la portería, comprender en un décima de segundo que habíamos remontado y abrazarme a mi buen amigo Iago. Recuerdo bien ese abrazo, porque fue muy fuerte, que casi no nos dejábamos respirar el uno al otro y me acuerdo que pensé: “Coño, qué abrazo más sincero y cuánta alegría”. Y recuerdo también que nos habíamos abrazado porque antes había intentado gritar el gol, pero no me salía la voz.

Gol de Borja

Imposible terminar sin una mención especial al Celta de Vigo. Para aquellos lectores no gallegos lo resumiré en que la relación entre el Depor y el Celta es de amor-odio pero sin la parte del amor. Como un hombre que solo debe temer la picadura de una cobra, el ataque de un tigre y la venganza de un afgano, un deportivista solo debe temer una cosa: perder contra el Celta. Por suerte, no solemos hacerlo. Y menos cuando no debemos.

No debíamos aquella mañana se Segunda División del 15 de abril de hace dos años. Unos cinco mil deportivistas se presentaron en Balaídos sin previo aviso sabedores de que, ganando, teníamos medio ascenso conseguido. Intentaré ser breve: el Depor empezó ganando cómodamente con dos goles y en la segunda parte las tornas cambiaron y el Celta empató a falta de cinco minutos. Ese segundo gol vigués nos puso contra las cuerdas, nos tenían donde querían: solo necesitaban la puntilla, el tercero, y completarían la remontada. Pero es el Celta, de modo que los minutos pasaron y en el último del descuento (del descuento, no de la segunda parte) hubo una falta tonta cerca del área. Del área donde estábamos los cinco mil deportivistas apiñados. El balón voló y -no es un recurso narrativo, es una realidad- mientras seguía con la vista su parábola, pensaba: “Dios, ¿te imaginas un gol ahora? Un gol en el último segundo, hundirlos en su propio estadio, gritarles el gol aquí mismo y encima casi asegurarnos el ascenso gracias a ellos”. Los pensamientos se repitieron pero sin el condicional mientras descendía dieciséis filas sin tocar el suelo, arrastrado por la marea humana que celebraba lo imposible: la falta terminó en gol. Gol de Borja Fernández, un jugador declaradamente celtista pero que vestía -cosas del mercado futbolero- nuestra camiseta. Todo era absolutamente perfecto.

Toda esa alegría, ese éxtasis provocado por el gol de Borja, el de Albert, el de Sergio, el de Alfredo o el de Zoran, es lo que te hace comprender que merece la pena. Que merece la pena que se te vaya la vida por el fútbol. Y cuando digo fútbol, me refiero al Depor.

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