Calatrava, de aquí a la eternidad

> Este artículo se publicó en Jot Down

“No busco ser entendido, busco ser libre”.
Santiago Calatrava, 2007.

María –en realidad María no existe, es un supuesto- caminaba junto a la ría de Bilbao el 3 de junio de 1997 cuando una ligera pero molesta lluvia comenzó a mojar el suelo. Apresuró el paso y decidió cruzar el canal por la pasarela peatonal recién estrenada, el flamante Zubizuri, también conocido como puente de Calatrava. María, encogida de hombros y ceño fruncido por el enfado de ver caer agua en junio, alcanzó el fastuoso puente. Había leído en el periódico cientos de noticias sobre la gran obra que llegaba a la ciudad y ahora la veía por primera vez en vivo. Su majestuoso y futurista arco blanco, su curva flotante, su piso de cristal… María se fue al suelo. Nada más apoyar su zapato en la primera baldosa de cristal, resbaló y cayó a plomo golpeándose la cadera. Se incorporó dolorida y terminó de cruzar aquella trampa con empeño. María –que en realidad no existe, es un supuesto- acababa de convertirse en la primera ‘víctima’ de Zubizuri, la primera bilbaína que se deslizó en contra de su voluntad por un puente construido con suelo de cristal en una ciudad en la que llueve unos 200 días al año.

La de Zubizuri es una de las obras del arquitecto valenciano Santiago Calatrava que han dado que hablar. Que hablar mal. “Bilbao es una ciudad en la que llueve bastante y la superficie del puente de Calatrava resbalaba con la lluvia y provocaba caídas entre los viandantes. Ante la imposibilidad de modificar el puente, el Ayuntamiento de Bilbao estudió varias soluciones y adoptó como definitiva la instalación de una alfombra que permite el paso con seguridad”. Lo explica José Luis Sabas, concejal del Área de Obras y Servicios del Ayuntamiento de Bilbao. Y prefiere no decir nada más. Parece una broma, pero no lo es. La obra cabecera de la ciudad –junto al museo Guggenheim- tuvo que ser retocada de forma casera, casi improvisada, para evitar que los vecinos que pasaran por ella se fueran al suelo. Como uno de esos apaños que uno tiene por casa y que, con tal de no arreglar, va tirando con ello, ya sea un cartoncillo en una puerta que no cierra bien o un interruptor que no enciende si no le tienes pillado el toque.

Zubiziri se convirtió así en el primer y único puente del mundo con alfombra del que se tenga constancia. El puente no luce tanto, en realidad se tapa el suelo acristalado y su llamativa iluminación nocturna. Pero es que si no, no se puede utilizar. No fue el único problema con este puente: la pasarela en cuestión no daba acceso a los edificios principales de uno de los lados, por lo que el ayuntamiento decidió años después encargar a otro arquitecto una prolongación que sí alcanzase este punto. Arata Izosaki –japonés, no vizcaíno- se hizo cargo del añadido y desató la ira de Calatrava. Primero porque modificaba la obra y segundo por el señor Izosaki hizo la prótesis de color negro, duro contraste con el blanco puente. El arquitecto valenciano demandó al ayuntamiento de Bilbao, que a esas alturas ya no sabía qué hacer con el puente, y le pidió tres millones de euros por vulnerar la integridad de su obra. “Ya está bien de la dictadura del señor Calatrava, que dice que no podemos tocar un puente que es nuestro”. Así perdió los papeles un día después de la demanda Iñaki Azcuna, alcalde de Bilbao. “¿Si tienes un Picasso puedes hacer lo que quieras con él porque es tuyo? No solo han vulnerado el diseño original, sino que han cortado la barandilla con un radial. Me pregunto qué pensarán los creadores vascos sobre todo esto”. Así respondía Fernando Villalonga, representante del estudio de Calatrava en España. “La prolongación se la tenían que haber encargado a Santiago”. Juicios y recursos después se acordó el pago de 30.000 euros al arquitecto, que los donó a una institución benéfica de la ciudad de Bilbao. El puente sigue hoy en su sitio, con sus baldosas de cristal ocultas bajo la alfombra ‘anti-bofetadas’.  Dicen que Azcuna, el alcalde, todavía entra en calor cuando le sacan el tema.

“Técnicamente es un arquitecto que va al límite, arriesga muchísimo en sus construcciones. A nivel técnico es espectacular hasta dónde puede llegar”. Es la opinión de Faustino Patiño, doctor arquitecto y profesor de Construcción de la Universidad de Vigo. “Ha hecho obras que son referencia en la arquitectura y que, creo, pasarán a la historia. Sobre todo las primeras que hizo en Suiza”, completa. Carlos Pita, también arquitecto, añade: “Es un enamorado de la ingeniería y eso se notaba sobre todo en sus obras de Suiza, que son muy buenas”. En la misma línea se expresa José Manuel López-Peláez, profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. “Calatrava fue una promesa de enorme talla, en Suiza tiene construcciones muy interesantes”. Todos acuden al pasado, a sus inicios. Pero el discurso cambia si saltamos en el tiempo para aterrizar en la actualidad. “En mi opinión se le fue de las manos la escala de lo que hace, sus obras se han deshumanizado completamente”, dice Faustino. “Se le fue la olla”, sintetiza Carlos Pita, sin rodeos. “No me interesa. Ya no me interesa nada lo que hace”, completa José Manuel. ¿Qué pasó en ese lapso de tiempo, entre Suiza y la actualidad? ¿Cómo una persona muta de joven promesa a realidad ignorada e incluso despreciada? Empecemos por donde hay que empezar, por el principio.

Santiago Calatrava Valls nació en el barrio valenciano de Beninámet, el 28 de julio de 1951. Entre eso y comenzar su carrera solo transcurrieron ocho años. A esa edad ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Valencia donde estudió dibujo y pintura mientras se sacaba el graduado escolar. Cuando el instituto le robó más tiempo, decidió acudir a las clases de dibujo por las noches, hasta que se graduó y accedió a la universidad. En concreto, a la Politécnica de Valencia, donde en 1973 se licenció en Arquitectura. Hambriento de formación, continuó su carrera realizando un postgrado en urbanismo donde –cuentan- se enamoró de Robertina Mazangoni, hija de un banquero judío afincado en Suiza. Dicen que fue el amor el que en 1975 le hizo trasladarse a Zúrich donde estudió cuatro años Ingeniería Civil en el Instituto Federal de Tecnología (ETHZ), uno de los más prestigiosos de Europa y en el que se graduaría con un doctorado en Ciencias Técnicas con la tesis ‘Acerca de la plegabilidad de las estructuras’. Paralelamente, Calatrava pintaba, dibujaba y hasta esculpía. Su figura comenzaba a tomar forma.

Con Robertina tuvo tres hijos y en la rumorología del mundillo arquitectónico, tal y como señala Carlos Pita, “se dice que fue acogido y bendecido por el poderoso lobby judío de la arquitectura”. Esto, obvio, no es un hecho criticable o cuestionable, pero las malas lenguas sostienen que se benefició de ello en cuanto a concesiones y burocracia. Como hasta donde alcanza la información pública esto no es demostrable, solo cabe ignorarlo para centrarnos en sus méritos y deméritos profesionales. En 1981 abrió su primer estudio, en la ciudad suiza, y dos años después recibió su primer gran encargo: la estación de ferrocarril de Stadelhofen.   Esta estación es, probablemente, su obra más unánimemente elogiada.  Vanguardista, estética y práctica, la estación catapultó al arquitecto valenciano que ya no dejaría de crear. “Aquella estación, así como sus pequeñas obras anteriores, despertaron mucho interés”, explica Faustino Patiño. “En ella se ve un estilo muy personal con una enorme influencia de su formación artística anterior, sobre todo de la escultura”. “En realidad –añade Carlos Pita- mezclaba arquitectura con ingeniería. Y lo hacía muy bien. Su planteamiento era el de regresar a la técnica, trabajar desde la técnica”.

En 1984 Calatrava completó el puente Bac de Roda en Barcelona y en 1989 abrió su segundo estudio, esta vez en París, para realizar el proyecto de la Estación de Ferrocarril del Aeropuerto de Lyon, la Lyon-Saint-Exupéry TGV. El prestigio se precipitó y Calatrava recibió los encargos de diseñar el puente de Lusitana en Mérida en 1991, el del Alamillo en Sevilla en el año de la Expo y el puente del 9 d’Octubre en Valencia en 1995. Mientras su nombre llenaba páginas y portadas de revistas de arte y arquitectura, Calatrava abría otro estudio en su ciudad natal para comenzar a preparar la que sería su obra cumbre, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, cuya inauguración arrancaría en 1998 con L’Hemisfèric. En 1999 su figura trascendió de la arquitectura para convertirse en un personaje público, después de ser galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Calatrava era ya un famoso más cuyas entrevistas se cotizaban al alza. En el año 2003 todo era fascinación por el valenciano. El 26 de septiembre acudió a la inauguración del edificio del Auditorio de Santa Cruz de Tenerife, una de sus obras más espectaculares. Allí estaban todos, políticos con sonrisas que no cabían en la foto y los medios que dan sentido al posado: The New York Times o Financial Times enviaron a sus plumillas a cubrir el evento. Su onda expansiva removía ciudades enteras. Todos querían a Calatrava cerca. O al menos alguna de sus obras. Por eso, en el apogeo de su destellante carrera, el ayuntamiento de Nueva York le eligió a él para la construcción del nuevo intercambiador de transportes del World Trade Center, destruido dos años antes en el atentado de las Torres Gemelas.

“Murió de éxito. Le superó la fama y comenzó a hacer objetos descontrolados”, dice Carlos Pita. “Se convirtió en un arquitecto muy rebuscado sin ese control de la técnica que le caracterizaba y comenzó a hacer obras exagerada e innecesariamente caras”, añade. Faustino Patiño coincide. “Ya no es Santiago Calatrava arquitecto, ahora es una megaempresa y yo creo que por eso perdió el control de sus obras. Me parece que él es una cabeza visible pero no puede controlar todo lo que se hace. Tiene un estilo y un lenguaje reconocibles, sí, pero se le ha ido de las manos el volumen de lo que lleva a cabo. Es arquitectura-espectáculo”, explica. Y José Manuel completa: “Yo perdí el interés cuando comenzó a experimentar con los cambios de escala, visualmente me produce hasta temor”.

El mencionado Zubizuri, en Bilbao, fue uno de estos primeros patinazos (involuntario y obvio juego de palabras), una de esas obras a las que se refieren los arquitectos y que empezaron a cuestionar a la, hasta la fecha, estrella rutilante de la arquitectura. Pero hubo más. Tomen nota: la Torre de Telecomunicaciones de Montjuic, en Barcelona, recibió firmes críticas y el Turning Torso no terminó nunca de ser bien encajado en la ciudad sueca de Malmö. Más problemas dio el Puente Atirantado de Jerusalén, del que dijo en su momento que era “su puente más bello”, aunque diría eso mismo con al menos otros dos puentes. El de Jerusalén fue inaugurado en 2008, pero un año antes la obra casi acaba con la vida de un artista local. Un joven se encaramó a una grúa y amenazó con suicidarse si no se paralizaba la construcción. La policía le convenció de desistir y el artista-kamikaze aseguraría después que el puente “destrozaba la imagen y la belleza de Jerusalén”. De poco sirvió: el puente se inauguró finalmente el 25 de junio. “Esta obra está sostenida desde arriba expresando el carácter de Jerusalén, que vive de los designios de arriba. Gracias, genio; gracias, Santiago Calatrava”, exclamó el alcalde ultraortodoxo Uri Lupolianski.

Pero las críticas más feroces le llegarían al arquitecto valenciano a través del Palacio de Congresos de Oviedo. La instalación, inaugurada parcialmente en 2008, lo tuvo todo: estéticamente causa incomprensión (como mínimo); en la ciudad asturiana lo conocen como ‘el centollu’ y los críticos de arte destacan el choque del edificio con su entorno. Lo cierto es que el Palacio es un enorme complejo blanco que desentona en un entorno de bloques de hormigón, un monumento que casi asusta al viandante cuando se lo topa. Económicamente también fue un suplicio. La constructora, la empresa Jovellanos XXI, se enzarzó en una disputa con Calatrava a cuenta de una de las gradas y del arco, además de varias desviaciones presupuestarias. El pasado año se resolvió la riña. El Juzgado de Primera Instancia número 10 de Oviedo hizo público un fallo en el que, entre otras cosas, se afirmaba que la cubierta móvil estaba mal diseñada, presenta problemas de ejecución y, en caso de movimiento, no se ajustaría a los coeficientes de seguridad. Es decir, si había viento fuerte, se podía venir abajo. En consecuencia Calatrava fue condenado a pagar 3,27 millones de euros a la empresa Jovellanos XXI. Sin embargo la compañía ya había perdido 10 millones por los constantes aumentos de presupuesto de la construcción y terminó quebrando. La revista The Architectural Review eligió el Palacio de Oviedo como ‘horror del mes’ en uno de sus números de 2010.

El listado de problemas ‘calatravianos’ siguió su progresión. Y es amplio. Tratemos de sintetizar:

Valencia:
Su propia ciudad contempló cómo parte de la fachada del Palau de les Arts se desprendía, lo que obligó a suspender la programación de ópera en el recinto. El gobierno valenciano anunció que emprendería acciones legales contra Calatrava si nadie se hacía responsable, porque los daños se extendían también a la fachada y el ‘trencadís’ del Ágora. Desde la Consejería de Economía de la Generalitat de Valencia explican que, finalmente, se ha llegado a un acuerdo que evitará el juicio. Ambas partes –ejecutivo valenciano y Calatrava- asumirán la ejecución y el coste de la reparación del Palau. Hasta la fecha los valencianos se han dejado en este complejo, atención, más de 500 millones de euros.
No es la única polémica que enreda a Calatrava en su ciudad natal. En noviembre de 2004 la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá y el entonces President de la Generalitat, Francisco Camps, presentaron en acto público un descomunal proyecto de tres rascacielos, uno de ellos el que iba a ser el más alto de España. La apuesta por tenerla más larga se quedó en eso, apuesta, ya que nunca se ha llevado a cabo. Eso sí, la Generalitat pagó por el diseño a Calatrava. Y no pagó poco: 15 millones de euros. Así figuraba en el contrato. Y los contratos, claro, hay que cumplirlos.

Venecia:
En el año 2008, Calatrava inauguró el cuarto puente sobre el Gran Canal de Venecia, del que dijo, por cierto, que era “su puente más bello”. La obra tardó cinco años en terminarse, aunque el proyecto estaba planificado para dos y medio. Esto, claro, encareció todo. De los 6,7 millones presupuestados se concluyó el asunto con 11,3 millones de gasto. La diferencia no gustó nada a los vecinos, hasta el punto de que la inauguración se realizó en la noche del 11 de septiembre casi con alevosía. De poco sirvió. La presión popular empujó al ayuntamiento veneciano a demandar al arquitecto por sobrecoste, un proceso que ha sido aplazado un año por el Tribunal de Cuentas de Venecia. El enfado vecinal, en cambio, sigue su curso: el puente tuvo que ser reformado porque no estaba adaptado para los discapacitados físicos y, como Zubizuri, se convierte en una pista de patinaje cuando llueve.

La Rioja:
Los trabajadores de la bodega riojana Domeneq descubrieron el pasado año que la instalación, diseñada e inaugurada por Santiago Calatrava en el año 2001, tenía goteras. Un problema de primer orden para un lugar que debe preservar el vino de cualquier factor externo. Una portavoz de la bodega explica el problema: “Siempre ha habido una buena relación con todas las partes y al principio todos intentamos tomar medidas para solucionar el problema. Sin embargo, el paso del tiempo y el grave deterioro que está sufriendo la bodega como consecuencia de los problemas de estanqueidad de la cubierta (algo que se traduce en numerosas goteras en el interior), así como la falta de asunción de responsabilidad por las partes, no nos ha dejado otra opción que ejercer acciones judiciales”. Un informe solicitado por la propia bodega reparte las culpas: “El informe pericial determina que existe responsabilidad por parte de todos los agentes de la construcción: proyectista, dirección facultativa y empresa encargada de la ejecución. Por eso hemos demandado a todos”. Bodegas Domeneq solicita una indemnización para colocar una nueva cubierta sobre la anterior. “Que quede claro que el vino no se ha visto afectado”, aclaran.

Holanda:
Los tres puentes que Calatrava inauguró en los Países Bajos están oxidados. Las ciudades donde se sitúan las pasarelas demandaron a las constructoras, eso a pesar de que el presupuesto de uno de ellos, el de Haarlemmermee, pasó de los 16 millones de euros planificados a los 30 millones finales. El nombre de Calatrava se asocia a las oxidadas pasarelas en el país naranja.

Nueva York:
Calatrava ha conseguido tener problemas incluso en obras que están sin terminar. El intercambiador de la zona cero del World Trade Center tenía que haber comenzado su existencia hace un año, pero no fue hasta enero de 2014 cuando se colocó la primera piedra. Y se colocó torcida. Metafóricamente hablando, faltaba más. El proyecto cuenta desde el minuto uno con la antipatía de muchos neoyorquinos que han visto como el presupuesto medraba de los 1.500 millones de dólares iniciales a los 4.000 millones actuales. Pese a ello Calatrava se muestra optimista y en unas declaraciones recogidas por la agencia Efe aseguraba que “se trata de un proyecto fundamental para nosotros y, técnicamente, es uno de los mayores retos a los que me he enfrentado”. The New York Times le respondió con contundencia: “Calatrava sigue siendo incapaz de superar el fatal error del proyecto: la llamativa incongruencia entre la extravagancia de la arquitectura y el limitado propósito al que sirve. El resultado es un monumento a un ego creativo que celebra la destreza ingenieril de Calatrava, pero poco más”. Casi nada.

“No es su culpa. La mayoría de los errores y fallos de sus obras no son responsabilidad de Calatrava”. Sale en su defensa Carlos Pita. “Son construcciones que van al límite, sospecho que es más culpa de las constructoras.  Cuando vas al límite es normal que falle algo”. Faustino Patiño coincide: “La arquitectura de Calatrava es casi experimental y los errores aparecen porque no hay ensayos anteriores. Es la primera vez que los constructores españoles hacen algo así y por tanto es una obra de alto riesgo”. José Manuel López-Peláez va más allá, y opina que muchas veces se culpa al arquitecto por ignorancia. “Los medios de comunicación tienen parte de responsabilidad. Todos los fallos o problemas se le han achacado a él en los medios y eso crea una animadversión”, expresa. “Hay que tener en cuenta que Calatrava ha llevado al límite la construcción y parece que, en ocasiones, esto le ha sobrepasado. Peor es normal, la primera rueda con llanta de metal siempre funciona peor que la última con llanta de madera. La obra de calatrava no se puede reducir a unas goteras, porque eso ha pasado miles de veces. La ópera de Sidney no tiene la mejor acústica del mundo, pero ya es un símbolo de un país”.

Culpable o no el mundo parece vivir la resaca de una borrachera de calatravas sin mezclar. Durante años los ayuntamientos se peleaban por tener un Calatrava en su suelo. Era una pieza codiciada. El deseo formaba parte de una fiebre por la arquitectura de vanguardia. El fenómeno se plasma a la perfección en el libro ‘Arquitectura Milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim’, de Llàtzer Moix. El autor explica cómo, durante los años del ‘boom’ previo a la crisis, tener un edificio espectacular con firma de postín les pareció a las ciudades españolas una garantía de turismo y estímulo económico. Valencia, Madrid, Barcelona o Santiago de Compostela experimentaron este frenesí. Los ayuntamientos, tal y como refleja el libro, descuidaron los aspecto útiles, es decir, no tuvieron en cuenta si la ciudad necesitaba esas obras, como tampoco repararon en los precios de las mismas. Moix tilda de “insensatas” la mayor parte de estas construcciones. “Se trataba de tener un Calatrava. Y qué quieres que te diga, a mí eso me parece un poco gañán”, expresa Carlos Pita. “Es como traerte una celebrity”. Faustino ahonda en la comparación: “Es lo mismo que comprarse ropa de marca, todas las ciudades españolas querían su firma, querían su calatrava. Y ahora tiene un sambenito colgado por todo aquel exceso”.

José Manuel completa el análisis, que trasciende de lo arquitectónico a lo sociológico: “Todos querían su pieza singular, su icono. Calatrava se convirtió en un valor social y hasta político. Pero no todas las sociedades han caído en eso, ojo. No todos han querido su calatrava”.

La fiebre por sus obras se inyectó en el ego de Calatrava. Al menos en el ego público, el único que muestra el arquitecto. El 27 de junio de 2012, en una entrevista concedida a Architectural Record, el valenciano comparó su obra con la Alhambra de Granada tras las críticas de Esquerra Unida del País Valencià al presupuesto de la Ciudad de las Artes. “Es una maniobra política de los comunistas. Ellos no atacan la Alhambra de Granada, ni la Catedral de Santiago, ni al Prado de Madrid”. Calatrava también tuvo problemas con la Orden de Calatrava, una de las órdenes militares más importantes, fundada en la Edad Media. El arquitecto colocó su escudo y su cruz en sus estudios en Valencia, algo no permitido por la institución. Ambas partes hablaron y acordaron fundar un Patronato de la Orden en Valencia, del que Santiago Calatrava forma parte desde entonces.

“Calatrava trata de dar respuesta a un anhelo humano: crear iconos. Trascender con su obra y que sea reconocible”, explica José Manuel. Como Aquiles, héroe de la Guerra de Troya, la preocupación de Calatrava parece una: pasar a la posteridad. De una forma u otra hay algo indiscutible: lo está consiguiendo.

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