Bulgaria: la cara oculta de los Balcanes

> Este reportaje fue publicado en Destinos, el suplemento de viajes de Vocento.

En el museo de Historia de la ciudad de Sozopol, pegada al Mar Negro, tienen un problema: es tanto el patrimonio histórico que acumulan, que ya no les cabe. Literalmente. Decenas de cajas llenas de vasijas, ánforas, herramientas y huesos se apilan en todos los rincones del museo haciendo que el incalculable valor de lo que contienen pase desapercibido. “No nos cabe nada más, no sabemos dónde meterlo”, confiesa su director. Y es que la ciudad rebosa restos de todas las épocas y pueblos. Tantos, que ya son demasiados. Así es Sozopol, pero en realidad así es toda Bulgaria: un país con tantos tesoros que sólo puede exponer en sus museos un 8% de todo el patrimonio que tiene almacenado.

Bulgaria, a priori, puede parecer un país poco apetecible para el viajero. Hay que salir cuanto antes de tamaño error. El país es un descubrimiento emergiendo entre los Balcanes que desborda cultura, historia y tradición al alcance de casi todos. Aquí vivieron cinco grandes civilizaciones: tracios, eslavos, romanos, bizantinos y otomanos. Todas dejaron un rastro tan enorme que –además de ver superada la capacidad de sus museos- obligó al gobierno búlgaro a regular la búsqueda de tesoros. No hace demasiados años legislaron qué cantidad de dinero se entrega a quien descubra un tesoro. Como hay tantos, cientos de ciudadanos se han convertido en cazatesoros: se dedican a buscar restos para recibir el 10% de su valor, lo finalmente estipulado. Encontrar un tesoro puede resolverte la vida. “La verdad es que tenemos un problema con los tesoros -explica Boyka, relaciones públicas del museo de Historia de Sofia-. Buscarlos corresponde a los arqueólogos, pero hay cada vez más gente que se dedica a esto por el dinero”. Y quienes no se dedican los encuentran hasta sin querer. “Muchos campesinos hallan restos que desconocen lo que son y se los quedan. Sucede constantemente. Se quedan piezas de 3.000 y 4.000 años para adornar la casa”, dice Boyka.  Excavar también es un problema: cada vez que se abre la tierra aparece un hallazgo. Cada obra, cada proyecto, se ve paralizado por un resto histórico que emerge. Paradas de metro con ruinas romanas, garajes con tumbas bizantinas o hoteles con baños otomanos: en Bulgaria, si excavas, aparece un tesoro. La legendaria ciudad de Plovdiv es el mejor ejemplo. Y un inmejorable punto de partida para nuestro recorrido.

La segunda ciudad de Bulgaria -situada en el centro del país- es una de las más antiguas de Europa. Sus habitantes discuten si es más o menos antigua que la mismísima Roma. Tan vieja es que tuvo ocho nombres y tantos tesoros que, bajo su centro urbano -peatonalizado- se extiende un circo romano y en una de las siete colinas que se yerguen en la ciudad hay un precioso y muy bien conservado teatro romano. Plovdiv combina su historia con su animada atmósfera. Ciudad universitaria, la noche está llena de diversión, incluidos los locales que ofrecen el desinhibido show de la chalga, música donde cabe poca ropa. Todo mezclado hace de éste un lugar distinto a cualquier otro punto del país. A pocos kilómetros de la ciudad se halla el monasterio de Bachkovo, una reliquia ortodoxa del año 1083 que cuenta con frescos en buen estado y un icono milagroso. Está prohibido hacer fotos y sus guardias son extremadamente puntillosos al respecto. Pegado a Bachkovo, y como apunte curioso, está la ciudad de Asenovgrad, una pequeña localidad que vive de los vestidos de novia. Cientos de negocios de este tipo se multiplican por sus calles y mujeres de todo el país vienen aquí a comprar sus vestidos y telas. La visita a la región se completa con Kazanlak. Este pueblo cuenta con una tumba tracia patrimonio de la humanidad. Decorada con frescos, hay que ponerse una bata blanca para entrar y –de nuevo- está prohibido hacer fotografías. Tal es la extrema delicadeza de su conservación. La tumba, por cierto, también fue hallada por casualidad, concretamente por unos soldados que excavaban una trinchera en la Segunda Guerra Mundial.

La segunda parte del viaje nos lleva al oeste del país, rumbo a Sofia, la capital. Antes de llegar a ella es obligatorio cruzar las preciosas y balcánicas montañas de Rila y adentrarse en el frondoso valle de Rilski para descubrir la joya de la corona: el monasterio de Rila. Fundado por un ermitaño en el siglo X, este espectacular monasterio patrimonio de la Humanidad vale por todo el viaje. Cuenta con un precioso museo que contiene  algo único en el mundo: una cruz de madera de unos 80 centímetros tallada por un monje llamado Rafael con tal minuciosidad que emociona. Más de seiscientas figuras de animales y personas desarrollan escenas de la biblia en la pequeña cruz, que alcanza detalles milimétricos como el cabello de algunos personajes o arrugas en las vestimentas. Indescriptible.
Y por fin Sofia. La capital combina sobriedad soviética heredada de su pasado reciente con historia palpable: en pleno centro conviven cercanas una sinagoga, una mezquita y una iglesia. Sofia ofrece un sobrecogedor museo de historia y una espectacular catedral de estilo ruso en pleno centro, la catedral de Alexander Nevski, en cuyo exterior, por cierto, hay un bonito mercadillo de reliquias y antigüedades.
La guinda del viaje la encontramos en el Mar Negro: Sozopol, Varna y Burgas son sólo tres ejemplos de ciudades costeras para disfrutar de un veraneo agradable y al alcance de la mayoría de bolsillos.
Bulgaria, en resumen, es el destino de quien guste de historia, cultura y hallazgos sin renunciar a la diversión y el relax. Es, en realidad, un tesoro en sí misma. Y, como los mejores tesoros, está por todavía por descubrir.
Claves
Las tumbas de los vampiros
El pasado año un hallazgo de los cientos que se producen en Bulgaria dio la vuelta al mundo: en la localidad costera de Sozopol, en el Mar Negro, se encontraron una decena de tumbas de vampiros.  En pleno centro del pueblo, a escasos cien metros de la playa, apareció un cementerio medieval. Hasta ahí todo relativamente normal. Pero a medida que los arqueólogos iban desenterrando los esqueletos se dieron cuenta de que algunos de ellos tenían una estaca de metal o madera entre las costillas, a la altura del corazón. El revuelo fue instantáneo y ocupó páginas de periódicos de todo el mundo: tumbas de vampiros. En total, fueron halladas diez tumbas de este tipo, todas ellas en Sozopol. Se trata de ciudadanos de la Edad Media que fueron sometidos, después de muertos, a ritos vampíricos para evitar que volvieran a la vida con crueles intenciones, tal y como explica el director del museo de Historia de Sozopol. “Aquí comenzaron ese tipo de ritos y después se extendieron a la zona de Transilvania, que por entonces pertenecía al Reino de Bulgaria”. Siglos después, Bram Stoke y Hollywood mediantes, la leyenda de los vampiros no ha hecho sino crecer, lo que ha convertido Sozopol en una ideal objetivo para el turismo. Se han encontrado en los alrededores de la ciudad nuevas tumbas, casi medio centenar más, que se pueden visitar. Además, algunos de estos esqueletos están en el museo. Y, lo mejor de todo, es gratis, accesible y sin masificación de turistas.
Música balcánica
Enclavada en el corazón de los Balcanes, Bulgaria ofrece una maravillosa música que mezcla ritmos balcánicos, gypsy y klezmer. Los sonidos de los acordeones gitanos siguen a los ritmos judíos del violín y los cantos serbios y macedonios. Todo agitado nos permite disfrutar de uno de los valores más importantes –y divertidos- del país. Existen cientos de bares y restaurantes que ofrecen música y actuaciones en directo.
Gitanos y judíos, pueblos búlgaros.
Bulgaria sigue siendo cruce de caminos para numerosos pueblos. Unos 700.000 gitanos viven –casi siempre aislados en sus propias comunidades- en el país. Sus pintorescas aldeas recuerdan a una película de Emir Kusturika, con sus carros de caballos, sus jerséis de colores y sus chimeneas humeantes. También los judíos fueron un pueblo propio dentro de Bulgaria. Aunque se les protegió durante el Holocausto, casi todos emigraron, y hoy apenas quedan 3.000, casi todos en Sofia donde, por cierto, se halla la tercera sinagoga más grande de Europa.

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