El círculo

El doctor Fereche lo explicó con claridad. Veinticuatro horas. No más. Patrice Lomar agachó la cabeza, puso sus manos en la cara y lloró. Qué otra cosa podría hacer Patrice si no llorar.

Sucedió semanas atrás que su mujer, Bianca Ginola, salía del gimnasio con el pelo recogido en una coleta y ni siquiera vio a los dos jóvenes que se estaban peleando por a saber qué. El codazo –involuntario, pero nadie da un codazo si no se anda peleando por ahí, dijo Patrice al padre del chico- el codazo que recibió Bianca la dejó inconsciente, pero fue el golpe contra el bordillo de la acera el que le produjo el daño cerebral. El tejido se vio afectado de tal manera que, por una complicada explicación que sólo gente como el doctor Fereche podía dar, el cerebro de Bianca no podía almacenar memoria más allá de un día. “Veinticuatro horas. Cada mañana que se despierte volverá a empezar de cero”.

Y cada mañana era un nuevo día para Bianca. No sabía dónde estaba, qué había hecho el día anterior, quién era ese hombre que le sonreía, qué debía hacer. La primera media hora lloraba desconsolada. Patrice, claro, también. Pero le explicaba, la intentaba consolar y se intentaba consolar. Con el tiempo fue afinando sus palabras hasta lograr hallar las que antes y más calmaban a Bianca. Patrice hablaba y mientras lo hacía ponía toda su atención en aquellos argumentos y frases que llegaban más adentro de su mujer. Los seleccionaba y descartaba lo que no generaba efecto en la desconsolada Bianca. Así, poco a poco, con los meses, logró esculpir un párrafo que era un bálsamo para ella. Y en veinte minutos podían avanzar al siguiente paso. Eso sí, las lágrimas del principio, las de nada más despertarse, esas nunca las pudo evitar.

Después veían la casa. El tercer mes Patrice se dio cuenta de que le enseñaba las habitaciones como una azafata explicando las salidas de emergencia, sin atención, sin pasión. Se lo reprochó con dureza y desde entonces puso todo su empeño en mostrar la casa. Si para Bianca era la primera vez, para él también. ¿Cómo pudo haber sido tan egoísta? Jamás se lo perdonó.

Tras mostrarle el entorno, se sentaban en el sillón y Patrice -antes que cualquier otra cosa- le recordaba quién era ella, a qué se dedicaba, cuáles eran sus gustos y sueños. También aquí había afilado el discurso y conocía perfectamente que Bianca se reía cuando le contaba que ella, aunque no lo recordase, tenía la manía de colocarse el pelo detrás de la oreja antes de beber del vaso.  “¿Por qué hago eso?”, preguntaba.  “No lo sé”. Y reían. Cuando comían, Patrice se fijaba y, lo jura, Bianca siempre se colocaba el pelo detrás de la oreja antes de beber aun cuando no le había revelado la costumbre. El día se hacía un poco más fácil. Patrice también sabía cuándo a Bianca se le abrían los ojos: si le contaba su proyecto de montar un taller de costura para ancianos, la idea con la que ella siempre soñó y que ya estaba cerca de lograr antes del accidente. Bianca se incorporaba y llenaba la habitación de preguntas. Por la tarde daban un paseo. Bajaban a la playa y caminaban mientras ella seguía inquiriendo sin descanso. Patrice, con el tiempo, descubrió que las preguntas eran siempre las mismas, al menos muy parecidas, y perfeccionó – a base de acierto y error- las respuestas precisas para mantener sosegada y esperanzada a Bianca. Tarde tras tarde, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, Patrice contestaba lo que Bianca necesitaba como si se lo hubiera preguntado por primera vez.

Todo lo que hacía y decía Patrice, pero, partía de una mentira. Una mentira imperiosa. Cada mañana, mientras Bianca lloraba, le explicaba que había sufrido un accidente, que había perdido la memoria y que desde ese día, poco a poco, iría recuperándola hasta alcanzar de nuevo una vida normal. A la mañana siguiente Patrice repetía lo mismo. Era lo único que podía darle a Bianca para que ésta se asiese. ¿Qué decirle si no? ¿Que va a malgastar un día, que todo lo que viva en esas horas se irá al olvido por la noche y mañana será otra vez la misma nada oscura y agobiante?

También Patrice se agarraba a su mentira. Creía que a base de repetir día tras día los mismos rituales, el cerebro de Bianca, frágil y destrozado, iría reteniendo detalles. A su ritmo, sin agobios. Con el tiempo que necesitase.

Pero no.

Había días buenos. Patrice recuerda con especial cariño un sábado de abril, frío pero soleado, en el que Bianca le dio la mano. Habían pasado seis meses desde el accidente y jamás la había vuelto a tocar. Cuando sintió la piel de Bianca le faltó el aire. Otro día, en junio, en un gesto despreocupado y riendo, Bianca acarició su cara, sin darle la menor importancia. Patrice sonríe al confesar que, tras disimular, se fue a su habitación para poder llorar tranquilamente de la emoción.

Había días malos. Días en que el llanto de Bianca se extendía toda la mañana. O días enteros en los que no quería salir de la habitación. Puede que todos partiesen de cero, pero ella también tenía momentos mejores y peores. Y había que respetarlos.

Un martes por la tarde Patrice fue a visitar al doctor Fereche y le dijo que no había ningún signo de recuperación en Bianca. “Me extraña que me digas eso Patrice, –le dijo el doctor Fereche- ya te había dicho que no los iba a haber. Y que nunca los habrá”. Los siguientes meses la rutina continuó: llanto, calma, preguntas, paseo, conversación, risas y a dormir con la esperanza de un amanecer no desligado del anterior. Pero cada día era un compartimento estanco en una sucesión que carecía de sentido. Era una esquizofrénica repetición, un giro en redondo donde lo único que importaba era completar bien el trazado. Bianca estaba destrozada. La angustia y ansiedad que sentía cada mañana como si fuera la primera vez estaba acabando con ella. Aunque no recordaba el sufrimiento de la mañana anterior, su cuerpo sí acumulaba el desgaste de un trauma diario. Patrice, simplemente, era un desdichado con la mirada arrasada.

Hay quien le culpa, quien no le comprende y hasta quien le insulta. Él, en cada charla o en cada entrevista que concede a los periodistas desde su celda de la prisión de La Santé, repite lo mismo: que ella no sufrió, que no le hizo daño. Que dormía. Y que le juzgue quien quiera. Que no le importa.

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