Cierra los ojos

> Este cuento forma parte del Libro de Relatos Celta-Depor, que se puede adquirir en cualquier El Corte Inglés (si es fuera de Galicia, vía encargo) por el precio de diez euros. El dinero irá destinado a la Fundación Andrea para niños con enfermedades crónicas. 

Yago Yao Alonso-Fueyo Sako, 21 años, de padre español y madre marfileña, residente en Vigo y futbolista profesional del Real Club Celta, abre los ojos. Desde la cama puede ver, borrosas por el sueño, unas cortinas que cierran el paso al sol. Durante el primer segundo, todavía en duermevela, no sabe dónde está ni cómo ha llegado hasta allí. La sensación sólo dura ese segundo; después, todo inunda su cabeza: está en A Coruña, en el hotel Trip María Pita, habitación 422. Se acaba de despertar de la siesta. Es sábado, 26 de noviembre del año 2000. Por la noche, en el estadio de Riazor, juega contra el Depor. Su primer derbi. El partido que ha inundado las televisiones y periódicos de toda Galicia esta semana. El estómago se le encoge de euforia. Y vuelve a cerrar los ojos.

Yago lleva toda la semana visualizando el partido. Es un consejo que le dio su madre, por cuyas venas corre sabiduría africana. “Yago, tú siempre imagina cómo será el partido y así, cuando juegues, ya sabes lo que va a ocurrir”, le decía mientras le llevaba a los campos de tierra agrietada. Y después de cada partido –su madre los veía y sigue viendo todos- le decía: “¿Ves Yago? Funciona”. Desde entonces nunca ha dejado de hacerlo. Tampoco ahora, que llegaba el partido más importante. El problema es que, estos días, sucedía algo que nunca antes le había ocurrido: cada vez que cerraba los ojos un solo jugador irrumpía en escena. Cada jugada, cada balón, cada situación a resolver, tenía un protagonista en la cabeza de Yago Yao Alonso: Djalminha.

Se llegó a creer obsesionado. Durante toda la semana, su mente había dibujado al brasileño controlando el balón en la frontal del área. Camiseta blanquiazul holgada, decibelios en la grada, el 8 deportivista levanta la vista y la clava en Yago. Él flexiona las rodillas, mirando fijamente el balón, concentrándose de tal manera que sólo su actitud convenza a Djalminha de que el regate por ahí es imposible, que la única solución es dar un pase a la banda que traslade el foco de aquella jugada a otra y vacíe de responsabilidad a Yago. En las primeras visualizaciones, el brasileño arrancaba con una finta y Yago, en su mente, era incapaz de frenarlo. El balón pasaba ante su bota un segundo antes y Djalma se le escapaba. Con el paso de los días la jugada fue mejorando para el celtista y, después de dar un paso atrás cuando Djalma recibía el balón, la mente de Yago se mostraba a sí mismo metiendo a tiempo el pie y quedándose con la pelota mientras el brasileño rodaba por el suelo. Su ánimo fue creciendo hasta tal punto que, en las últimas visualizaciones de esta mañana, Yago, tras robar la pelota, da un pase largo que Gustavo baja en carrera y la jugada termina en gol. Podía escuchar a la hinchada celtista festejarlo.

Lo había logrado.

Se incorpora de la cama. Siente necesidad de correr. Se muere por batirse con Djalma. “No va a pasar. Ni una sola vez”, se dice en voz alta. Y se va al autobús. Llegó el momento.
Es en la puerta del vestuario, antes de salir a calentar, cuando se lo escucha a un utillero. “No juega. No juega Djalma”. La pulsaciones de Yago se disparan golpeándole las sienes. Durante el calentamiento crece el ansia: van a ganar, está seguro. Poco importa que el Depor encabece la Liga, que ellos estén a cuatro puntos y, sobre todo, que lleguen con siete bajas.

El empeño defensivo de Yago, que nada más saltar al césped ha mirado de reojo al banquillo coruñés para comprobar que está Djalminha, se contagia pronto al resto del equipo celeste. Conjurados, destrozan cualquier elaboración del Depor, paran el juego y entran como si supieran que nadie pitará la falta. Hay que resistir, ésa es la consigna. Llegan al medio tiempo con la puerta a cero y la sensación, liderada por Yago, de que ni un coruñés va a lograr disparar a la portería.

Fue en el minuto doce de la segunda parte cuando sucedió. Se lo estaba temiendo, Yago, que veía cómo Djalminha calentaba (más bien estiraba desganado) en la banda. Atruena Riazor con la salida del brasileño, que sustituye al flaco Valerón. Yago se concentra, intenta mantener la calma porque sabe que esta misma mañana ha dominado la situación: mientras ‘El Flaco’ sale del campo, cierra los ojos, respira profundo y la tormenta de aplausos y gritos queda silenciada. Todo se oscurece y en el campo solos los dos, Yago y Djalma. El blanquiazul agarra la pelota, mira a Yago y éste, con serenidad, le mantiene la distancia hasta quitarle el balón. Lo tiene. Abre los ojos. El estruendo estalla de nuevo. El juego se reanuda.

Los coruñeses siguen intentándolo, pero el entramado vigués es de ingeniería. Una red. Yago apenas se topa con su imaginado enemigo. El reloj asciende otro peldaño: minuto 75, uno de esos minutos en los que el equipo que se dedica a resistir vislumbra por fin la meta y el que ataca nota por primera vez el reloj de arena escurrirse. Makaay baja la pelota en el medio campo. Yago lo ve desde la mitad de su terreno y su cabeza, de forma inconsciente, le dice que el holandés la va a devolver atrás. Es un rematador, no tiene recursos tan lejos del área. Mientras se convence de esta posibilidad Djalminha arranca a su izquierda. Lo ve en el mismo instante en el que el balón sale largo hacia el brasileño. A medida que el pase progresa metros avisa de su precisión. Comprende Yago, en una fracción de segundo, que debe esprintar. Corre en paralelo al brasileño que se hace con la pelota en largo. Cuando llegan al vértice del área, Yago se da cuenta de que están solos, que, como en su visualización, todo ha desaparecido a su alrededor. Y recuerda que sí, que podrá pararlo, que ya lo ha ensayado mentalmente. Expulsa aire y se dispone a aguantar en cuanto el brasileño detenga la carrera. Sin embargo, ocurre lo que ninguna visualización había previsto: en un gesto imperceptible, Djalminha frena en seco pasándose el balón por detrás de la pierna de apoyo. Yago lo puede ver, pero su cuerpo no responde. El quiebro es un prodigio: de cien a cero en una décima de segundo transformando la brutalidad de la frenada en un armónico toque para situar la pelota presta para el chut. Yago se siente incapaz de meter el pie, no le da tiempo. Escucha perfectamente el “ohhh” de la grada ante el quiebro y cuando el brasileño arma la zurda, Yago se limita a estirar la pierna de forma protocolaria, sabiendo que, como en sus primeras visualizaciones, nunca llegará al balón… que se cuela por el ángulo largo.

La grada festeja lo que sabe es una victoria y los vigueses comprenden que nada pueden hacer ya. Termina el partido y Yago repasa una y otra vez la jugada en el autobús de vuelta. En casa, apenas duerme. ¿Por qué no le dio un metro más? ¿Por qué no previó el recorte? Todo el entrenamiento del día siguiente lo pasa con la cabeza en Riazor. Comienza a agobiarle. Por la noche decide terminar con el insano asunto y llama a su madre. Necesita dejar de pensar. Marca el número y espera a que descuelguen, ansioso. Por fin la cálida voz materna: “¿Hola?”. Yago se da cuenta de que es la primera vez que va a hablar desde que terminó el derbi y su tono herido le delata: “Me falló la visualización mamá. Djalminha marcó el gol”, susurra. Y su madre -aunque él no la puede ver- sonríe y le dice. “No hijo. Ni aunque lo hubieras visualizado mil veces hubieras podido impedir ese gol”.

El gol

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