Más rápidos que la muerte

Es la mano del mismo Dios la que aprieta el estómago de Rafael Reátiga Rojas -sacerdote colombiano, 35 años- mientras intenta abrir un sobre del Hospital Universitario en su dormitorio del número 7 de la avenida Altos de la Florida, en la ciudad de Soacha. Ha renunciado hace algunos minutos a fijar la vista. También a evitar el temblor en sus dedos. Como dos movimientos acompasados, el papel se rasga en el mismo instante en el que una gota de sudor se desliza por su espalda. Saca el impreso, expulsa el aire que no tiene y sus ojos planean ansiosos por encima de las letras. Distingue fugaz el sello del centro sanitario, su nombre y dirección, números sueltos y un par de fechas. Hasta que frena en seco: resultado de la prueba sobre el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH): positivo. Dios suelta el estómago de Rafael Reátiga, roza su cuerpo con la yema de los dedos provocándole una suave descarga eléctrica y cuando parece que se aleja dejando a Rafael en una levitación plena de paz, golpea su cabeza con violencia y le deja inconsciente sobre la alfombra áspera del dormitorio. La risa de unos niños que juegan a la pelota en la calle atraviesa el aire. Una nube esconde el sol.

Son las 13:15 horas del 29 de diciembre de 2010. Rafael termina el vaso de agua sentado en una silla de madera, como si cada trago le mantuviera agarrado a la consciencia. En frente, sobre el borde de la cama, Richard Píffano, de 36 años, también sacerdote, agarra el vaso de Rafael y le ayuda a dejarlo sobre la mesilla. Después acaricia su mejilla. “¿Y ahora? ¿Qué hacemos ahora?”. La decisión más importante, la que determinará todo lo demás, se toma esa misma tarde: es necesario ser más rápidos que la muerte.

*

Rafael encontró la vocación a los 15 años, cuando ingresó en el Seminario Diocesano de Monte Corbán, en la localidad de San Román de la Llanilla, obligado por su padre. Rafael conoció allí a Richard, también obligado a cursar estudios para encontrar a Dios. Ninguno de los dos confiaba entonces en un final feliz, en un final que les condujese hasta Él. Se equivocaban.

El primer año apenas se saludaban al cruzarse por el pasillo. El segundo se descubrieron. A medida que sus impulsos se tornaban irrefrenables, su búsqueda del Todopoderoso crecía en intensidad. Como dos hechos que se alimentan entre sí mediante el efecto acción-reacción, Rafael y Richard se refugiaban en la Biblia mientras descubrían sus cuerpos en apartados rincones. Fue ya instalado Rafael en la Diócesis de Soacha y Richard en la de Fontibón, cuando decidieron, sin contar con Dios, que aquello no era malo, no era dañino. La decisión de seguir adelante se completó a condición de llevarse el secreto a la tumba. Puede que Él lo comprendiese, pero los demás no lo harían. Nadie debería saberlo. Jamás.

*

No es fácil planearla si el final de la historia eres tú. La cita para adelantar a la muerte tuvo lugar en el café Venice de la Transversal 43B, en el barrio de San Francisco, Bogotá. Acudió Richard. Eran las 12:37 del 24 de enero de 2011. Decidió sentarse en la mesa más cercana a la puerta. Su mano se empapaba en sudor cada vez que se la pasaba por la frente. Tuvo que esperar 14 minutos hasta que llegaron los hombres con los que se había citado. Pidió, en ese tiempo, dos cafés solos con hielo.

“Buenas tardes. ¿Richard Píffano?”. Su interlocutor tenía la piel menos oscura de lo que Richard había imaginado, llevaba una holgada camiseta de los Cleveland Cavaliers, unos vaqueros negros y una gorra blanca. Detrás, otro hombre, más delgado, con camisa de colores chillones y grandes gafas de sol. Miraba obsesivamente a un lado y otro. Girdardo Peñate Suárez, alias ‘Gavilán’, e Isidro Castiblanco Forero, alias el ‘Gallero’. Sicarios. Richard les entregó una bolsa de deportes con el escudo de Millonarios de Bogotá. Dentro, 5.255 euros. El encuentro tendría lugar la madrugada del día siguiente y tenía que parecer un asalto. Píffano y Reátiga detendrían su coche al lado de la Carrera 93D, en una plaza sin iluminar. Y esperarían.

En el día y medio que transcurrió desde esa cita hasta el asesinato, los sacerdotes intercambiarían hasta tres llamadas telefónicas con los sicarios, tal y como pudo comprobar la policía de Bogotá. No se sabe de qué hablaron, pero quedó claro que no hubo titubeos: los cuerpos sin vida de Richard Píffano y de Rafael Reátiga fueron encontrados al amanecer. Píffano iba al volante, tal y como se había acordado, y tenía dos disparos en la parte posterior del cráneo. Reátiga tenía una bala en el pecho y un rosario en la mano. Los medios airearon el ataque en portada y dieron por buena la versión del asalto. La Fiscalía no se conformó.

Al cabo de un año se hicieron públicas algunas conclusiones. Según la investigación, ambos sacerdotes habrían intentado suicidarse semanas antes, sin éxito. Al parecer, y según algunas filtraciones del sumario, Píffano llegó a plantear en ese momento la posibilidad de revelar la verdad, aunque posteriormente alcanzó el compromiso de acompañar hasta el final a Raétiga. “Una decisión dolorosa… y valiente”, llegaría a comentar el portavoz de la Brigada de homicidios de Colombia. Tras el fallido intento, optaron, según la Fiscal, por buscar ayuda en el ‘Gavilán’ y el ‘Gallero’, miembros de una banda dedicada al asesinato por encargo y a los ajustes de cuentas. Además de establecer los autores del asesinato, la Fiscalía pudo determinar que uno de los sacerdotes, Rafael, tenía dos enfermedades de transmisión sexual que estaban acabando con su vida. “Se le veía acabado, enfermo. Tenía manifestaciones propias de quien cree que no va a vivir más”, señaló la Fiscal del caso. Se corroboró dentro de la investigación que el 25 de enero del 2011 (un día antes del asesinato) uno de los sacerdotes hizo una constancia de enajenación de bienes a nombre de su madre. El pago de los clérigos por su propia muerte se pudo establecer por las llamadas cruzadas entre los sicarios y los curas. La Fiscalía no entró en más detalles.

*

Cuando Richard regresó a casa mostró sus manos, ya sin la bolsa de deportes, a Rafael. Éste agachó la cabeza y comenzó a temblar. Se abrazaron y se prepararon dos cafés con azúcar. Richard se duchó hasta agotar el agua caliente de la caldera. Bajaron las persianas y dejaron todas las luces de la casa apagadas. Se metieron en el coche. Píffano al volante. Raétiga al lado. Detrás, derrotada, la muerte.

El caso.

Anuncios
Más rápidos que la muerte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s