Facebook y Twitter: Los medios se quedan sin el monopolio de la manipulación

Aunque no es santo de mi devoción, lo cito, porque viene muy bien para comenzar este texto. Se trata de un tuit de Arturo Pérez Reverte, quien tuiteó ayer: “Prefiero una chica equivocada en la calle, haciéndose dar de palos, que a una oveja callada en su casa, viendo Gran Hermano”. Lo tuiteó a propósito de lo que está pasando en Valencia, donde la Policía anda a palos con los estudiantes.
Me parece normal que los estudiantes pidan, como mínimo, que no se les caiga el techo encima cuando dan clases. Me parece normal que se manifiesten (aunque no me parece normal que siga arrasando en las urnas el gobierno responsable de tamañas carencias) y me parece también dentro de la normalidad que por ahí pase la Policía y hasta que cargue. ¿O es la primera vez que todos vemos palos?  No sólo normal, me parece hasta sano que la gente, sobre todo la joven, ponga en tela de juicio lo establecido. Más allá de matices, creo que es señal de una sociedad no conformista, inquieta. O muy jodida, que también. Lo que no es tan normal es que la Policía se haya pasado como se han pasado, aunque mucho más me cabrea que la delegación de Gobierno haya dado la orden de cargar, porque a los policías, para mi desgracia, ya les conozco bastante bien, y no me sorprende verlos crecidos, como pasados de ‘speed’, cuando embisten ataviados como Mazinger Z. Me sorprende que se les autorice cargar contra estudiantes y que cuando ya han repartido palos a diestro y siniestro, se les vuelva a autorizar. Y que cuando la cosa se ha ido de madre, nadie les pare. Eso sí me asombra, y tampoco he leído que a mucha gente criticar a quien ha dado la orden.

A la Policía –yo y tú también- la hemos visto pegar siempre. Cuando era pequeño pensaba que había dos tipos de policía. Cuando veía cargas por la televisión, creía que se trataba de la ‘policía mala’. Cuando iba por la calle, y veía a un agente, pensaba que era ‘policía buena’. Un día, viendo el telediario cuando aún me sentaba en el sofá con las piernas estiradas, le pregunté a mi padre ante unas imágenes de una carga: “¿Papá, por qué hay policía mala?”. No recuerdo la respuesta de mi padre. Qué pena. Después, con el paso de años y la llegada de la adolescencia, uno tiende a meterse en líos, sobre todo cuando gustabas de ir al fútbol al fondo, de pie, con los amigos. Palos, golpes y cargas policiales las he visto de todo tipo. Y bajo todos los gobiernos. Pero en este punto he de decir (aunque no venga al caso), y es una impresión muy personal, que percibo que cuando gobierna el PP, los señores agentes se desmadran. Recuerdo su violencia en las manifestaciones por el Prestige o la guerra y les recuerdo más calmados con el 15-M. Ahora, vuelven los palos. Es sólo una percepción, muy personal, lo repito. Que nadie se retire en este punto.
Dicho esto, poco más hay que observar al respecto. Quiero decir, que hay que denunciar que se han pasado, que fue desmedido y que la ciudadanía no va a consentir la brutalidad policial a estas alturas de la película. Lo que nos faltaba en este país, que el Estado nos suelte a los perros de presa. Y sí, podemos añadir la lectura sociológico de todo esto: por qué los estudiantes se echan así a la calle, por qué la juventud está tan frustrada, por qué en vez de currículums tienen que repartir pedradas. Pero forma parte del mismo plano de debate. Todo lo que va añadido después es fruto de la efervescencia que producen las redes sociales. Desde hace meses contemplo, acongojado, cómo Facebook y Twitter enardecen al personal hasta hacerles gritar cosas que rayan el ridículo. Quiero pensar se trata de la vorágine de indignación, del grito más pasional que racional, pero eso no explica todo lo que se ve. Invoco la capacidad individual para que no me resulte suficiente justificar un griterío irracional de la masa por el solo hecho de que corra la pólvora por las redes sociales. Es responsabilidad de cada uno saber lo que se está diciendo o lo que se está compartiendo. Intentaré ser más concreto: esta semana, tras las cargas en Valencia, la gente se enfadó. Y mucho. Y lo que empezó como una crítica a la violencia policial pasó en pocas horas a represión, de ahí a franquismo y terminó el día con comparativas a propósito de Siria. A mí esto ya me toca la fibra, porque en Siria está muriendo mucha, muchísima gente. Porque en Siria la gente está saliendo a la calle por su libertad, contra un régimen autoritario y enfrentándose a una policía que les dispara balas y les bombardea el barrio. En realidad, basta con ver en YouTube los cientos de vídeos que hay de las revueltas. Si al terminar de verlos (son muy duros) alguien tiene el estómago de volver a compararlo con Valencia, poco más hay que hablar. También sirve comparar los tuits que llegan con el hasthag #PrimaveraValenciana (valiente comparación con lo llevado a cabo por el pueblo árabe, pero en fin) con los que nos llegan de @monicagprieto o de @jordipc desde Siria. Seguro que a muchos se le calmaban los ánimos. ¿Significa esto que como en otros sitios están peor no podemos quejarnos aquí? Obviamente no. Esa mentalidad caritativa cristiana sólo empuja a la sumisión. Pero sí significa que debemos quejarnos, en mi opinión, sin caer en el ridículo. Porque entonces la queja pierde sentido. Me puedo quejar de mala calidad de la carne, pero no puedo decir que me muero de hambre.
El problema es que no se trata sólo de un pecado de exageración, se trata de que es posible comprobar, con asombro, cómo no poca gente está manipulando y mintiendo deliberadamente. Ayer, una foto de un señor mayor con un bastón en la mano incendió las redes: “La Policía pegando a un ciego inválido”. Poco después se supo que, ni ciego, ni inválido. Ni tampoco bastón: el hombre había arrebatado la porra al agente y trató de golpearle con ella, tal y como confirmaron varios fotógrafos valencianos presentes. Imposibilitado de resistirme a ello, debido a mi carácter, comenté en varios muros de Facebook que esa foto no era lo que decían. Y cuál fue mi sorpresa que, la mayoría, ignoró mi comentario y, a sabiendas de que era falso, siguió propagando el bulo o lo justificó de manera lamentable. Aquellos que siempre clamaron contra la manipulación, manipulando en pos de su razón. El ‘subidón’ facebookero o tuitero hizo que no pocos tirasen para adelante con todo. La situación me recordó mucho a una descrita por el periodista Manuel Jabois el otro día, a propósito de la condena a Garzón. En este caso, tampoco la gente atendió a razones y, pese a que eran muchísimos los juristas que explicaban por qué era un castigo legal, la gente hacía oídos sordos: no querían saber nada de lo que dice la Ley a propósito de lo que hizo Garzón. Lo único importante era ir con todo, verdadero o no.
La cosa parece ir como sigue: el asunto se pone encima de la mesa, se opina rápidamente en Facebook o Twitter y se comienza a gritar hasta superar la crítica razonada y convertirla en esperpento. En ese momento hay que posicionarse, en uno u otro lado, y el criterio para hacerlo es, en la mayoría, la ideología política, en lugar de los valores que se tengan. Una vez instalado en ese bando hay que defender la causa al precio que sea. Manipulando y mintiendo también. Y después, confiar en que un nuevo tema volverá a salir a la palestra y nadie se acordará de lo opinado en el anterior.
Si en España ya estábamos abonados al forofismo político, sólo nos faltaba un soporte en el que se pueda llevar al límite esto: opinar sobre todo, a cualquier precio y tirándolo al retrete inmediatamente después, porque ya ha pasado. Y ahora que parece que las protestas se van a extender al resto de España, veamos por cuánto se multiplica la locura en las redes.  
No todos, claro. No todos.
 
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