Dime cómo te llamas y te diré si eres

Este texto fue escrito para el Magazine Cultural Jot Down
“La terminología es lo de menos”. Sin anestesia hizo público este enunciado hace unos días la ministra de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad, Ana Mato. Quiso con ello justificar el haberse referido, días atrás, al asesinato de una mujer por parte de su marido como “violencia en el entorno familiar”, en lugar de “violencia de género”. “Lo importante es que ha muerto otra mujer”. Su intento algo populista de reducir la importancia del nombre que reciben las cosas refleja una inconsciencia total por su parte de que, como todos nosotros, la ministra es presa del nominalismo.
No tiene mucha ciencia el afirmar que una misma cosa (o situación) puede llegar a convertirse en dos o más cosas (o situaciones) distintas entre sí. Todo depende de quién sea el observador. Pongamos el ejemplo de dos amigos que ven una corrida de toros. El primero de ellos, gran aficionado al toreo, siente pasión y admiración con la faena: observar con regocijo la dificultad de los pases de pecho, el arte de las banderillas, el acierto del picador. Al lado, su amigo, está tenso, incómodo: él sólo ve cómo se está desangrando un animal, cómo lucha inútilmente por su supervivencia y cómo finalmente muere. La pregunta es, ¿están viendo lo mismo?

Obviamente la cuestión no es nueva. De hecho, es una de las cuestiones filosóficas más antiguas que recuerda la humanidad. ¿Qué están viendo esos dos tipos que ven la corrida? Si le preguntamos a Platón nos dirá que eso es una corrida de toros. La idea abstracta de la corrida de toros existe más allá de la realidad y lo que ven nuestros amigos es sólo su manifestación dentro del espacio-tiempo que comprendemos. Es lo que se conoce —a grandísimos rasgos— como el universalismo. Otro filósofo, Guillermo de Ockham, no puede estar más en desacuerdo. Él ve una tortura a un animal que, sin embargo, se ha dado en llamar fiesta y tradición, de ahí que la palabra, el concepto, haya cambiado nuestra percepción del asunto. Guillermo es un representante de la corriente opuesta. El nominalismo.
Platón y Guillermo ponen el debate sobre la mesa: ¿Las cosas son porque existen más allá de que las comprendamos? ¿O las cosas comienzan a existir sólo cuando las concebimos y les damos un nombre? Aunque la disputa no tiene ganador (ni falta que hace) el mundo moderno se está empeñando en demostrarnos que, efectivamente, las cosas comienzan a ser sólo cuando les damos un nombre. Los hechos que llegan a nosotros sin etiqueta, sin concepto, son costosamente comprendidos por nuestros conceptuales cerebros. No sólo eso; muchas veces son invisibles. Hemos llegado a tal punto que aunque sea evidente su existencia, si no tiene nombre no lo podemos ver. Adaptándolo a la corrida de toros, Daniel Denett, filósofo estadounidense contemporáneo y de frondosa barba blanca, sostiene que no hay algo que sea corrida de toros en el mundo real. La única circunstancia que lo causa es que el cerebro reaccione  al concepto ‘corrida de toros’. Es decir, si mañana desapareciese el concepto ‘corrida de toros’, al ver una faena desde el tendido sombra sólo veríamos una lucha entre un tipo vestido raro con una espada y un toro con todas las de perder.
El nombre del hecho, pues, va a determinar qué es y —atención— qué se puede hacer con este hecho, qué derechos tiene y cuál será su futuro. Nos hemos convertido en esclavos del nominalismo. De esta forma, no nos basta con ver un grupo humano, necesitamos comprender si se trata de una nación, una etnia, un pueblo, un estado… No nos llega con ver un acto de violencia, precisamos del concepto para asimilarlo: ¿es terrorismo, resistencia, defensa, intervención, guerra, genocidio? Cuando alguien nos da el nombre, entonces sí, lo asimilamos. Y sobre todo, lo juzgamos y valoramos, estableciendo si es admisible, bueno, repudiable, malo… He aquí la llaga sobre la que se posa el dedo. ¿Quién da el nombre? No es una pregunta menor, recordemos que el nombre determinará el futuro del hecho. Es vital elegir el nombre adecuado. Pongamos algunos ejemplos que, tal vez, nos den la respuesta o, al menos, una pista sobre quién da nombres a las cosas y por qué es tan importante el hacerlo. Veamos, pues, quién es el amo del nominalismo y, por lo tanto, de quién somos esclavos:
Estos días se debate si el genocidio armenio fue tal o no. No se trata de discutir si existió una matanza, que nadie lo niega, sino de darle un nombre a aquello que sucedió. Turquía se niega a llamarlo genocidio ante la desesperación de Armenia, que sabe que si logra unanimidad en que lo que allí pasó fue un genocidio, habrá logrado un nombre que reporta consecuencias muy importantes para su futuro geopolítico. Lo mismo le sucede a Turquía, pero a la inversa.
Del mismo modo, si Palestina logra que Hamas no sea considerado un grupo terrorista, sino un grupo armado con derecho a la resistencia, habrá dado un paso fundamental. Hasta se pueden llegar a producir hilarantes situaciones: los milicianos afganos escuchan cómo les llamamos terroristas con el mismo divertimento con el que lo harían los madrileños que mataban soldados franceses aquel 2 de mayo.
Llegado a este punto, ¿qué es el terrorismo? El terrorismo no era nada, no existía, hasta que se le dio un nombre. Comenzó a tomar forma en la Antigua Grecia y creció con Maquiavelo, pero el primer intento del nominalismo de traer el terrorismo con nosotros al espacio-tiempo no surgió hasta 1937, en una cumbre de la por entonces conocida como Sociedad de Naciones. Entonces se redujo el término a “Cualquier acto criminal dirigido contra un estado y encaminado a o calculado para crear un estado de terror en las mentes de personas particulares, de un grupo de personas o del público en genera”. El concepto fue reformulado en 1996 y retocado en 2004. El problema es que no hay unanimidad a la hora de vincular el hecho violento con el concepto “terrorismo”. Los llamados países alineados coinciden en aceptar la definición del Alto Comisionado, pero Venezuela o Irán proponen revisarla. También lo hacía Gadafi hasta que le animaron a cambiar de opinión, definitivamente. Se puede llegar al extremo de decir que un acto violento siempre tiene una motivación, por lo que el terrorismo no sería más que un concepto, y no una idea abstracta que espera a ser etiquetada unánimemente.
Otro ejemplo de la importancia del nominalismo está en los grupos humanos (antes mencionados). Necesitamos saber si estamos ante una tribu, un pueblo, una cultura, una nación, un estado…Una vez nominalizado se pueden llevar a cabo las reclamaciones a las que tiene derecho cualquier cosa material, de este mundo. Así el “pueblo” judío reclamó un estado, los gitanos se dicen una ‘etnia’ y la ‘nación’ catalana anhela una condición política. Si no tuviéramos nombres con los que percibir estas realidades humanas, si sólo fueran ideas, no tendrían derecho a reclamar nada. No estarían siendo sino sombras fuera del espacio y del tiempo.
Qué decir de la crisis. “Los mercados” han sido una etiqueta clave para entender lo incomprensible y también para justificar lo inexplicable.
Para terminar el asunto traigámoslo a España (eso siempre genera que se calienten los ánimos). Aquí nadie parecer negar el hecho de que los homosexuales tengan derecho a casarse, pero no debe llamarse matrimonio porque “es otra cosa”. ¿Qué otra cosa es? Nadie sabe responder. ¿Unión? Unión ya existe, necesitamos un término distinto, único, que materialice este hecho. De otro modo no existe ni es comprendido. No tiene derechos ni es tolerado.
De la misma forma es necesario preservar la memoria de las víctimas de ETA, clave no olvidarlas. Pero invocar la memoria de otras víctimas, como las del franquismo, es remover el pasado. Aquí es necesario olvidar. Se argumenta que son cosas distintas, mediante cataratas de matices, pero en esencia es lo mismo: recordar víctimas. El problema es que, esclavos del nominalismo, necesitamos cambiar el concepto de esa misma idea.
Y así, millones de ideas abstractas, sombras, sensaciones… esperan a ser nominalizadas, a ser materializadas por el hombre para poder existir. Hemos diseñado un mundo en el que el concepto lo es todo, por encima del hecho: izquierdas, derechas, liberal, socialista, terrorista, miliciano, dictador, demócrata, mercados, nación, etnia, machismo, feminismo, dios, energía, religión…Dime cómo te llamas y te diré qué eres y qué derechos tienes. Explícame lo que eres, pero si no tienes nombre, no lo comprenderé. No existirás.
Visto lo visto la frase de la ministra no puede ser más inapropiada. Mujeres golpeadas en silencio por sus maridos han esperado durante siglos que su violencia fuera traída al mundo real, fuera nominalizada. Ahora que lo han conseguido escuchan que la terminología es lo menos importante. Lo que les hace visibles, reales, lo que hace existir la violencia de género —su nombre— resulta ser lo de menos. Cuando, efectivamente, es lo de más.
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Dime cómo te llamas y te diré si eres

3 comentarios en “Dime cómo te llamas y te diré si eres

  1. Brillante análisis. Hace pocos días conocí a un tipo que se llama Judas. Eso me dió para pensar. De verdad que el tipo no se correspondía con el arquetipo que suele atribuirse al nombre. Luego, ¿somos lo que nos llamamos? ¿El nombre es determinante? ¿Condicionante?

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  2. Sin lugar a dudas has realizado un perfecto análisis y como colofón el acertado ejemplo de los dos amigos que ven una corrida de toros.
    Solemos ver lo mismo, si bien lo interpratamos desde nuestro punto de vista y conveniencia.
    Un cordial saludo.
    Ramón

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