El azar del autobús de Rennes


“Hay cosas que son fantasías, puras ganas de imaginar, pero en este caso no se trata de eso. Estamos hablando de algo serio, empírico. Demostrable. Estamos hablando de ciencia señores”. Quien así se expresaba, con voz modulada y timbre sereno, era Thomas H. Ferdonh, doctor en Coincidenciología y Ciencias del Azar de la Universidad Estatal de Las Cruces, en Nuevo México, Estados Unidos. Lo hacía en el IV Congreso Internacional de Azar y Causología celebrado el pasado año en Dortmund, Alemania, ante una abarrotada sala de oyentes, entre los que se encontraba la élite de los deterministas europeos, los epistemológicos estadounidenses y los boltzmannsiamos seguidores del caos. Ferdonh defendió aquella lluviosa tarde en Dortmund la famosa coincidencia conocida como ‘El azar del autobús de Rennes’, ocurrida tres años antes y sobre la que se han escrito kilómetros de tinta y debatido horas y horas de intensas discusiones.

“En mi opinión es una somera tontería”, sentencia el profesor Gimeno R. Cortyn, considerado el mayor experto del mundo en la interpretación de Copenhague y director del Instituto de Azar y Ciencia Natural Isaac Newton de Viena. “No se puede hablar de azar en este caso, ni siquiera se puede hablar de que haya ocurrido. Es indemostrable, por lo tanto se escapa del ámbito de la ciencia”. La entrevista con Cortyn apenas dura cinco minutos. No considera que este asunto tenga relevancia científica. Paga su café templado, mete primera en su silla de ruedas eléctrica y se va.

Más atento se muestra Ferdinand W. Tamagnone, catedrático en Cálculo de Probabilidades por la Universidad de Southampton, Reino Unido, y biógrafo de Claude Shannon. “Es increíble dar la espalda a lo sucedido en Rennes. Sin ninguna duda estamos ante una de las mayores coincidencias que el azar ha concedido a la humanidad. Cuando veo a colegas despreciar este hecho, me invade una profunda tristeza”, expresa mientras mesa su espesa y frondosa barba.

Pero, ¿qué ocurrió en Rennes aquella mañana del 14 de mayo de 2008? El suplemento ‘Ups and Downs. The Chance’, editado quinquenalmente por la revista Sciencie, publicó en septiembre de 2009 un artículo firmado por el ensayista Paul Berstoven considerado el documento más fidedigno de lo sucedido en la localidad francesa aquel día de mayo. Según Berstoven, el autobús 131 de la línea que une Fougères con Rennes circulaba con normalidad. En su interior viajaban 23 pasajeros y el conductor, Antoine Tourenne, padre de tres hijos y a la postre testigo fundamental para verificar lo sucedido. Según Tourenne, a partir del testimonio recogido por el artículo de Sciencie, “eran las 13:07, lo recuerdo porque en ese momento miré la hora, cuando me detuve en una intersección cerca de Liffre, un tejo de Fortingall cojo estaba intentando cruzar la carretera y como tardaba bastante, apagué el motor”. En ese momento, y según el pasajero del asiento 14A, Jean-Louis Mayenne, de 53 años y a un año de la prejubilación, “se hizo un silencio absoluto. Nadie hablaba, el motor estaba apagado y la tranquilidad era completa. Recuerdo relajarme. Sí, eso recuerdo”. Marie Le Coure, una joven emprendedora de 34 años residente en Dinard, estaba en el asiento 4B: “El tejo de Fortingall iba muy lento, así que asumimos que tendríamos que estar ahí un buen rato”.

“El tejo de Fortingall –defiende con firmeza Tamagnone, convencido determinista- es el primero de los procesos del complejo sistema que desembocó en ‘el azar del autobús de Rennes’. ¿Por qué cruzó un tejo de Fortingall cojo la carretera en ese momento? Todo está determinado”, expresa. “Chorradas”, se atreve a aseverar Cortyn, ontológico hasta la médula. “Estamos ante uno de tantos procesos irreductiblemente espontáneos. Por favor. Estas cosas me ponen enfermo. Tamgnone debería estar vendiendo biblias en el metro”.

Cuando el tejo de Fortingalll alcanzó el arcén, el conductor, Tourenne, fervoroso hincha del Rennes, intentó poner de nuevo el motor en marcha. “Algo debió pasar con la correa del ventilador, que es de una fábrica de Lorient, porque el motor no me respondía”. Sebastianne Métairire, un estudiante de 18 años recostado en el asiento 5C afirmaría en una entrevista posterior a un periódico local, permitiéndose una licencia juvenil, que “por más que lo intentaba, no había forma de arrancar aquel maldito autobús. Recuerdo que aquello me enfadó y comenzó a picarme la nariz”. También Marie Le Coure y Jean-Louis Mayenne, de los asientos 14A y 4B, notaron aquel cosquilleo nasal. “Pensé que se trataba de alergia”, diría Mayenne a un amigo periodista que escribió una reseña sobre el asunto para una revista regional. “En esa época es muy común en toda la Bretaña”.

“¿Qué dice Cortyn de esto? –se pregunta Tamagnone- ¿Eh? ¿Qué dice? El motor no arrancaba y esto produjo un nerviosismo nasal en los pasajeros. La causalidad seguía en marcha”. En efecto, el resto de pasaje notó también un picor en la nariz que pronto se trasladó a los ojos. “Estaban al lado de un campo de cardos por el amor de Dios. ¡En época de alergias! ¿Por qué Tamagnone intenta confundir a la gente?”, responde Cortyn.

Fue en el momento en que el conductor, Antoine Tourenne, giraba la cabeza para explicar que el autobús no arrancaba, cuando sucedió. El picor se hizo insoportable en la nariz y los ojos de Jean-Louis Mayenne, Marie Le Coure, Sebastianne Métairire y los demás pasajeros. Según el artículo de Sciencie, y en un hecho sin precedentes, los 23 pasajeros inspiraron aire con fuerza de manera simultánea y, exactamente en el mismo instante, todos al unísono, estornudaron. Los 23. Un ruido seco y profundo que retumbó dentro del autobús. “Fue maravilloso, coral”, recuerda Tourenne, el conductor. “Apenas me enteré de que el resto también había estornudado, porque el mío fue muy fuerte, pero enseguida comprendí que algo especial había ocurrido”, describiría meses después Le Coure.

“Dicen que algo parecido pasó en un carromato que rodaba cerca de Génova en el siglo XIII, pero, ¿cómo probarlo?”, dice sonriente Tamagnone. “La de Rennes es, sin duda, la mayor coincidencia de la historia de la Humanidad de la que tenemos pruebas”.

“Hay demasiadas lagunas –insiste Cortyn-. La historia es muy bonita, sí, pero no puedo respaldarla como científico. No puedo…”.

Lo sucedido aquel 14 de mayo en la intersección de Liffre, cerca de Rennes, sigue suscitando todo tipo de opiniones, debates y discusiones en la comunidad científica de todo el planeta. Son muchos los que opinan que nunca se llegará a un acuerdo y que aquel hecho causal terminará por metamorfosear en leyenda con el paso de los años. “Puede que no se pongan de acuerdo –dice Mayenne- puede que nunca nos crean. Pero a nosotros, lo que vivimos aquel día, en aquel instante, con 23 personas estornudando al mismo tiempo, en el mismo instante, y sin previo aviso… a nosotros eso no nos lo quita nadie”.

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9 comentarios en “El azar del autobús de Rennes

  1. Pero claro que es todo real madre. ¿No recuerdas cuando estuve en Dortmund en aquel congreso y te mandé una postal? ¿Y cuando invité a cenar a casa a aquel doctor en Coincidenciología y Ciencias del Azar que le echaba mayonesa a todo? Ains…

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