La historia de Meir Eldar. (O cómo sobrevivir a un gueto, 5 campos de exterminio, una marcha de 200 kilómetros a pie y una guerra)

Este reportaje, recortado por razones de espacio, ha sido publicado en el suplemento V de Vocento: 

 

Cree que tiene 80 años, aunque no está seguro. También cree que cuando los nazis lo metieron en el gueto de Cracovia tendría 13 ó 14. Por momentos eleva la estimación hasta los 16. Las ideas se amontonan y brotan enredadas de la memoria de Meir Eldar. Agacha levemente la cabeza, entreabre la boca cansado de recordar, pierde la mirada y narra algún episodio de su vida. Cuando concluye el capítulo, vuelve a levantar la vista y sonríe. Siempre sonríe cuando termina de hablar. Aunque hable sobre el Holocausto nazi al que sobrevivió.

Meir Eldar nació en el pequeño pueblo polaco de Biala-Bielsko, cerca de Cracovia, en los años 30. Un mal momento y un mal lugar para venir al mundo si eres judío. Apenas unos años después ya estaba en el campo de concentración de Plaszow. “Intenté escapar una vez de Plaszow -relata Meir- con mi padre. Pero nos cogieron, y los soldados nos enviaron a los calabozos. Allí nos ayudaron los judíos que formaban la policía del campo. Los nazis les dijeron que si eran policías y ayudaban, les salvarían y les mandarían de vuelta a sus casas. Uno de ellos recibió una carta cuando nos sacaron de Plaszow. La carta decía que podía regresar a casa, que le dejarían pasar en la frontera de Hungría y que le agradecían los servicios prestados. Cuando llegó a la frontera entregó la carta a un soldado nazi, éste la abrió y le mató de un disparo”.
Es difícil arrancarle detalles a Meir. Rehúsa dibujar con sangre sus recuerdos y remite, una y otra vez, a su libro, ‘The Voyage of the Olim of the Biria’, donde relata su llegada a Israel en el año 1946 a bordo del barco ilegal Biria. Es un anciano menudo, tiene el pelo fino y blanco y las cejas pobladas. Lleva un jersey de lana y tiene una herida en la nariz. “Vamos a la biblioteca”, propone al instante, tras estrechar su mano. Y vamos a la biblioteca.


Se refiere a la biblioteca de Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Jerusalén, donde hemos concertado la cita con él. “Quien quiera saber cosas que lea mi libro. Yo no pregunto cosas a otros supervivientes, leo lo que han escrito. Mis hijos y mis nietos no me preguntan, saben que tienen el libro”. Meir anotó en su libro, que por fin muestra satisfecho, el nombre y fecha de nacimiento de los 1.086 pasajeros judíos que, junto a él, partieron el 2 de julio de 1946 del puerto francés de Sete, cerca de Marsella, rumbo al inminente estado de Israel. Relata el viaje y las historias de algunos de sus compañeros de travesía. Pero antes de esto, antes de navegar rumbo al que hoy es su hogar a bordo del Biria, Meir, que por fin se olvida de su libro una vez visto, pasó por muchos lugares. Por demasiados lugares.

“Estuve en cinco campos nazis: Plaszow, Auschwitz, Bobrek, Buchenwald y Spainchingen”. Mientras habla, su pequeño cuerpo recorre cada rincón de Yad Vashem con una antigua bolsa de deportes colgada al hombro. Es su territorio. Atraviesa firme el Paseo de los Justos, donde cada árbol rinde tributo a un ciudadano que arriesgó su vida por ayudar a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, recorre la plaza dedicada al gueto de Varsovia y contempla el vagón de un tren de mercancías destinado al transporte de judíos que descansa en un parque. No se deja ayudar cuando el camino de tierra se empina demasiado. Además de los cinco campos, Meir estuvo en un gueto, en una ‘marcha de la muerte’ de 200 kilómetros a pie, en una emigración ilegal a Israel y en una guerra contra los árabes. No va a detenerle una pequeña pendiente.
De su pueblo al gueto de Cracovia. Comienza la odisea.
“En mi pueblo, los soldados alemanes nos sacaron de las casas y nos enviaron al gueto de Cracovia. Tiraban la puerta abajo y decían, ¡Alemania ya está aquí!”, relata Meir. Es el principio de su relato y tuvo lugar en 1943, o al menos así lo dice la Historia, porque Meir no acierta a recordar el año concreto.
“En el gueto estuvimos poco tiempo. Recuerdo el hambre, siempre tenía hambre. No teníamos nada que comer. Un día robé una gallina a unos polacos y la llevé a la casa donde vivíamos en el gueto. Se llenó de felicidad”, ríe. 15.000 judíos fueron hacinados en las penas 30 calles del gueto de Cracovia desde el año 1941 hasta 1943. Fueron los días 13 y 14 de mayo de ese año cuando los nazis decidieron poner fin al invento. Enviaron a los que podían trabajar al campo de concentración de Plaszow y al resto los ejecutaron allí mismo. 2.000 personas fueron asesinadas en las calles del gueto esos dos días. Algunos lograron escapar por las alcantarillas. Podría decirse que Meir tuvo suerte: “Antes de que mataran a todo el mundo en el gueto, a mí y a mi padre nos enviaron al campo de Plaszow. A mi madre nunca la volví a ver. Recuerdo que siempre me decía que tenía que escaparme del gueto. No entendía por qué me decía eso. Creía que era porque quería separarse de mí, y me echaba a llorar. Ahora lo entiendo. Mi madre era una mujer muy fuerte”. Los ojos de Meir son pequeños, imposibles de penetrar: encierran todo el dolor que se acumuló aquellos años e impiden que salga.
Cuando llegó al campo de Plaszow, al sur de Cracovia y muy cercano a la célebre fábrica de Oskar Schindler, a Meir le permitieron ducharse. “Hacía meses que no me lavaba. A mí y a otro chico nos dieron jabón y cuando nos miramos al espejo vimos que estábamos negros. El otro chico comenzó a gritar y a llorar. Se volvió loco. Al verse así se volvió loco”. Aquel chico contempló horrores inimaginables, pero fue su propia suciedad la que le hizo perder la cabeza. “Yo terminé de lavarme”.
Plaszow y su verdugo
El comandante nazi que dirigía el campo de Plaszow era Amon Goethe, conocido como el verdugo de Plaszow. Este ‘hombre’, de 1,92 metros y 120 kilos de peso, interpretado por Ralph Fiennes en película La Lista de Schindler, era conocido por su atrocidad. Ejecutaba sin explicaciones a prisioneros y disparaba con su rifle aleatoriamente. “Estaba siempre borracho… ¿Horrible? No, horrible no es una palabra suficiente para definirle”.
“Bebía, paseaba por el campo con su rifle y disparaba a cualquiera- relata Meir-. Después mataba a la familia del que había asesinado, porque no quería trabajadores insatisfechos, decía. Y además tenía una amante en el campo, aunque estaba casado y con una hija”, subraya Meir, equiparando los hechos. Goeth fue ahorcado por los soviéticos en el propio campo, en septiembre de 1946. Su engañada mujer, de la que Meir se apiadaba, se suicidó al enterarse de las atrocidades que había cometido su marido en Plaszow.
A principio de 1944, 2.000 prisioneros de Plaszow son seleccionados para ir a trabajar a Asuchwitz. Uno de ellos es Meir. “Nos cogieron a muchos, hombres, mujeres y niños, y nos metieron en un tren de mercancías. Íbamos en los vagones de pie, muy apretados”, y Meir encoge los hombros mímicamente bajo su jersey. Cuando llegaron al más conocido de los campos de exterminio, Meir y sus 2.000 compañeros de viaje no tuvieron que pasar la selección. Fue algo excepcional porque todos los judíos que mandaban a Auschwitz la pasaban: descendían del tren y varios médicos y soldados seleccionaban los aptos para trabajar, que formaban una fila y se dirigían a los barracones como prisioneros, y los no aptos, que formaban otra fila y pasaban directamente, desde el tren, a las cámaras de gas. Meir era un crío cuando llegó a Auschwitz. Si hubiera pasado por la selección no habría sido elegido para trabajar debido a su edad.
“En Auschwitz trabajaba en el hormigón, en una fábrica que había cerca. Todos los días salíamos del bloque 6, trabajábamos todo el día y regresábamos. Era durísimo, y a veces teníamos que traer los cuerpo de compañeros que no lo aguantaban…”. La fábrica para que la Meir trabajaba en régimen de esclavitud era Siemens, que creó un subcampo en Auschwitz. El gigante de la electrónica indemnizó hace años a 2.203 judíos supervivientes, aunque dice no asumir ninguna responsabilidad moral. “Yo no recibí ningún dinero”, se sorprende Meir levantando la vista.
Sobrevivió a Auschwitz un año. Su recuerdo más visible es la cicatriz que tiene en el brazo. “Me corté el número que nos tatuaron. A cada prisionero nos tatuaban uno”, y Meir recorre su cicatriz en el brazo con el dedo, imitando a un cuchillo. “Lo arranqué y luego me cosí”, explica. Su recuerdo más doloroso tiene que ver con las mujeres jóvenes del campo. “Horrible -murmura- Nadie lo cree cuando explico lo que le hacían a las chicas judías en Auschwitz”. “¿Qué les hacían?”. Meir dice que no con la cabeza. Por qué y para qué insistir.
Del bloque 6 Meir pasó al subcampo de Bobrek, pegado a Auschwitz. En el invierno de 1945 los soviéticos ya estaban demasiado cerca, así que los alemanes comenzaron a desmantelar las instalaciones. El 18 de enero, Meir y otros 60.000 prisioneros fueron evacuados por los soldados nazis, que los empezaron a trasladar hacia otros campos situados en Alemania, ante el imparable avance ruso. Algunos fueron hacinados en trenes de carga. No fue el caso de Meir. A él le tocó una de las ‘marchas de la muerte’.
La marcha de la muerte
“Hacía frío, llevábamos esa ropa que nos dieron, como un pijama, y los zuecos, y estaba todo nevado. Caminábamos muchos judíos con pocos soldados, y nos decían que nos iban a matar a todos. Recorrimos así 200 kilómetros. A pie”. Meir formó parte de una de las conocidas como ‘marchas de la muerte’, evacuaciones a pie desde los campos de Europa del Este hacia campos alemanes, alejándose del Ejército Rojo. Se estima que unas 200.000 personas fueron evacuadas de este modo de los campos polacos. Unas 80.000 no soportaron las condiciones. “En nuestra marcha éramos 400 y los soldados unos 30. Yo creo que por eso no nos mataron”, recuerda Meir. “Unos años después hice ese mismo camino en coche, y fui haciendo fotos”, y se enreda explicando las fotos que hizo y quién se las pidió… La primera parada de la ‘marcha de la muerte’ de Meir fue Buchenwald, un campo situado en Alemania, a bastantes más kilómetros de los 200 que Meir asegura haber recorrido. Llegaron a pie. En pijama. En zuecos. En enero.
En la cafetería del museo, Meir insiste en preguntar si tenemos sed. “¿Seguro? ¿No queréis beber nada? ¿Soda?”. Escribe algunos nombres y lugares que son difíciles de comprender. Primero lo hace en hebreo, con su menuda y envejecida mano. Después repasa la palabra con el bolígrafo, susurrando, como acariciando cada letra, y la escribe a continuación con caracteres latinos.
“Los soldados americanos se acercaron, así que volvimos a irnos a los pocos meses de llegar”, continúa. Esta vez rumbo al campo de Spainchingen, en Francia, último campo nazi en el que estará Meir. Los prisioneros volvieron a calzarse los zuecos y emprender una nueva marcha de cientos de kilómetros. Los alemanes sabían que la guerra estaba perdida. Los prisioneros sabían que tenían que aguantar. Un último esfuerzo. Y esperar que por el camino no les ejecutaran. Algunas de las ‘marchas de la muerte’ desaparecieron literalmente por el camino, ya que los soldados alemanes ejecutaron a todos los prisioneros antes de huir del enemigo. No fue el caso de la marcha de Meir, aunque muchos no resistieron el agotamiento y el frío y se quedaron por el camino, por este último camino. Meir logró llegar a Spainchingen.
“A los pocos días de llegar, los soldados alemanes se fueron, nos dejaron abandonados. Los americanos aparecieron y nos dieron café y comida. Luego nos dijeron: no digáis que sois judíos, no habléis polaco, sólo inglés”. No hubo tregua, ni siquiera tras la liberación, para Meir y los demás judíos rescatados. Aun sin los nazis, no debían hacer pública su condición de judíos. “No nos querían en ningún lado”. Palestina se presentaba como la solución.
Rumbo a Palestina
“Yo me quería ir a Israel porque ya no tenía casa en Polonia. Los americanos nos llevaron al sur de Francia, para coger un barco”. En verano de 1945 Meir, junto con otros mil judíos, embarca en el Biria, pero los británicos, que controlan Palestina, les impiden la entrada, pese a que Meir y los demás supervivientes han adquirido pasaportes falsos. Ni el barco ni sus ocupantes tienen permiso para entrar en el Mandato Británico de Palestina. Su lucha no parece tener final.


Meir se desvía de la historia, se atasca, se distrae. A veces se queda enganchado en una palabra que tarda siglos en salir. Revivir su historia es agotador y su voz parece cada vez más apagada. Pero sigue. Porque llega a la parte que más le gusta.

“Cuando por fin llegué a Jerusalén mentí sobre mi edad para poder alistarme con el Ejército”. Un gueto, cinco campos de concentración y una marcha a pie de 200 kilómetros después, Meir decide alistarse en el Ejército israelí para combatir contra los árabes. En el año 1946 ingresó en el Palmach, la fuerza militar previa a la creación del Estado de Israel. Cuando en el 48 estalla la guerra, combate en los alrededores de Jerusalén. Es uno de los soldados que logra abrir un corredor para hacer llegar comida y armas a los judíos aislados en el barrio hebreo del Casco Antiguo. La guerra termina, Israel vence. Han pasado cinco años. Meir está vivo.
Comienza la despedida. Apenas queda gente en la cafetería de Yad Vashem. Meir Eldar se coloca su pequeña e inseparable bolsa de deportes en el hombro y nos invita a un próximo encuentro, tal vez en su casa.
“Una última pregunta”. Meir se gira, ya se estaba marchando.
“¿Por qué no hicisteis nada contra los nazis?”. Apenas duda: “Porque sabíamos que nos iban a matar. Pero no sabíamos cómo”. Son las 5 de la tarde. Una voz anuncia en hebreo que Yad Vashed va a cerrar. Ya es de noche en Jerusalén.
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La historia de Meir Eldar. (O cómo sobrevivir a un gueto, 5 campos de exterminio, una marcha de 200 kilómetros a pie y una guerra)

2 comentarios en “La historia de Meir Eldar. (O cómo sobrevivir a un gueto, 5 campos de exterminio, una marcha de 200 kilómetros a pie y una guerra)

  1. Anónimo dijo:

    The Wall Street Journal’s Style and Substance editor, Paul R. Martin made an official entry into the The Wall Street Journal Essential Guide to Business Style and Usage – “Concentrate on this: There were no Polish concentration camps in World War II. Auschwitz and other such camps in Polish territory were operated by German Nazis.” 30th Nov 2010

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