Charla con Manuel Mandianes: descubriendo si los jóvenes de hoy son tan malos como los pintan

Le conocí por casualidad. Leí un artículo suyo en un periódico y me pareció muy interesante. Siempre tuve especial fascinación por la antropología. Después me enteré de que era gallego; cuando comenzamos a mantener agradables charlas por teléfono. Nos queda pendiente conocer nuestras caras. Sin embargo, lo hablado hasta ahora merece una reflexión.
No le he preguntado la edad, pero en las cosas que dice Manuel Mandianes -antropólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)-  se nota el imprescindible paso de los años. “Carretero –me explica- no es que los jóvenes de hoy sean malos o peores que la generación de sus padres. Ocurre que son los adultos quienes los pintan”. Es un buen comienzo.
Es el eterno bucle, la interminable cuestión. ‘Es que los jóvenes de hoy…’. No hay generación que no se lamente de lo nefasta que es la que le sigue, de los valores y formas que se han perdido. Nuestros abuelos se lamentaban de nuestros padres y ellos lo hacen ahora con  nosotros como lo haremos en más o menos tiempo con nuestros hijos. Nada nuevo bajo el sol. Las brechas generacionales nunca pierden actualidad.

“La juventud –explica Manuel- siempre ha sido la abanderada de los valores y representa el camino que toma la sociedad, aunque son los adultos los que verbalizan  los conceptos y los jóvenes no logran dar forma a estos valores que persiguen”. Respondo que hoy se acusa a los jóvenes de perseguir valores materiales como el éxito, el triunfo o el dinero. “Aunque lo parezca, esto no es nuevo”, me replica. Y Manuel se me enreda un poco en la historia metafísica de Occidente. “Nuestra sociedad siempre se ha basado en valores metafísicos. Descartes decía ‘pienso luego existo’. Pero cuando nos acercamos a la modernidad, pensadores como Nietzsche dicen que Dios ha muerto. Con ello, no matan al dios religioso, matan los valores occidentales metafísicos, que van siendo poco a poco suplidos por los valores materiales que nos trae la revolución industrial. De la burguesía que se contempla a sí misma pasamos a la posibilidad de que cualquiera puede triunfar, emprender un negocio o una empresa y llegar al reconocimiento mediante el dinero y el éxito. Estos son los nuevos valores”.
¿Se pierden entonces los antiguos? Si esto es así, ¿vivimos en una sociedad más superficial? “Es verdad que los jóvenes de hoy son más nihilistas, están preocupados por vivir y se basan en el carpe diem. Quieren dinero para gastarlo. La escala de valores es más material que antes”. “Sin embargo –agradecí escuchar este sin embargo, aún hay esperanza para los jóvenes- no puede decirse que la juventud haya renunciado a valores profundos”.
  
“Los valores tradicionales –prosigue Manuel- han caído. Los jóvenes buscan ahora la materialización de unos nuevos valores que de momento son como nubes, difusos, y hay que darles forma. Las fiestas tradicionales, la religión o los encuentros familiares, están siendo sustituidos por el ocio, el botellón o el fútbol”. Comienzo a comprender que el problema de que la sociedad actual sea más materialista que nunca no es una cuestión de los nuevos valores que traen los jóvenes, sino más bien un asunto de toda la sociedad en general. “Correcto”. “No sólo eso, sino que si hoy percibimos a los jóvenes como materialistas o superficiales, es porque son los adultos, a través de la publicidad y los medios de comunicación, quienes trazan un dibujo de lo que son los jóvenes. Pero a ellos nadie les pregunta, nadie les deja hablar. No pueden explicarse ni definirse”. Tal vez, pienso, porque tampoco ellos saben bien quiénes son o qué quieren. “Exacto. Los grupos antisistema son reducidos, pero son un síntoma, la punta del iceberg de un movimiento de la juventud. La mayoría de jóvenes no se siente implicado ni representado por los políticos ni por el sistema, pero esto no significa que no les interese. La mayoría no se sienten relacionados con Dios, lo cual no significa que sean ateos. Antes estas ausencias buscan nuevas referencias y los adultos les sirven en bandeja aquellas que representan el dinero y la fama, como futbolistas o personajes de televisión, pero que son ídolos huecos.  Son estos ídolos los que están ocupando el espacio que han dejado otras referencias metafísicas”.
De acuerdo. Los jóvenes están siendo definidos por los adultos, o al menos por la publicidad y los medios de comunicación que manejan los adultos. Se les ofrecen ídolos y valores materiales para después acusarles de materialistas. “En la sociedad prevalecen los valores materiales porque son los adultos los que damos forma a los valores sociales. Los jóvenes que triunfan son aquellos que asumen los mismos valores que los adultos, por ello estos los consideran triunfadores y se establece esta condición en toda la sociedad. En realidad, quien establece quién tiene éxito o no son los adultos con sus valores. Pero los jóvenes tienen otros en su interior, y la mayoría de ellos no son materiales, no miden el éxito o el triunfo”. Manuel alza la bandera de la juventud y la ondea. “Los jóvenes no son idiotas, ni malos. Los medios y la publicidad hacen hincapié en los valores materiales. Los jóvenes apenas tienen voz. La sociedad habla de lo que echa de menos, no de los valores que los jóvenes buscan. Hay una crisis de valores porque se habla de valores del pasado, no de los que se están buscando”. E insiste: “ No son tan malos como los pintan, lo que pasa que los adultos los ven diferentes, ven que no siguen los valores que a ellos sí les funcionaron y esto les asusta, les pierde y les genera un caos, dando como resultado una crítica hacia los jóvenes que no es veraz”.
Manuel le da forma a estas últimas afirmaciones poniendo algunos ejemplos: “La Iglesia dice que hay menos solidaridad. No. Hay más solidaridad que nunca, hay más voluntarios que nunca, los voluntarios que han suplido a los misioneros”. Esto representa, pienso, lo que Manuel trata de decirme: no es que los valores de hoy sean peores, si no que han cambiado de forma. El problema es que nadie (nadie cuya voz sea escuchada) está haciendo esta lectura. Simplemente se está cayendo en el inevitable ciclo histórico de ver lo diferente que llega, como peor. 
Me lanzo en la charla: No es que los jóvenes rechacen algunos valores muy instaurados en los adultos, es que prescinden de ellos. Son indiferentes a los valores porque no tienen los mismos objetivos, la misma lucha, y por eso muchos de estos valores les traen sin cuidado. Por ejemplo, se preocupan por la política, pero no creen en los políticos. La juventud rechaza la corrupción. “Buena lectura”, me dice. Y me siento satisfecho, claro.
“Se dice –prosigue Manuel tomando de nuevo el mano de la charla- que a los jóvenes de hoy les faltan inquietudes. A lo mejor es que los adultos no están sabiendo leer en qué están implicados los jóvenes hoy. La comunicación, por ejemplo, ya no es un púlpito o ni siquiera un libro. Ahora es internet. ¿Qué los jóvenes no leen? Sí leen, pero en internet. Hoy la alfabetización es digital. Un chico puede no saber redactar una carta, pero sabe twittear una información”. Definitivamente, comprendo que a los adultos les (nos) cueste comprender y asimilar este tipo de cambios. Son difíciles y bruscos. Aunque inevitables.
Intento llegar a conclusiones: si bien vivimos en una sociedad más materialista fruto de la persecución del éxito y del dinero, los valores profundos siguen vigentes en la mayoría de los jóvenes. El problema es que tiene otras formas, otros cauces, que no son comprendidos o analizados por los adultos. Es por ello que los adultos, a través de los medios y de la publicidad, hacen un retrato decadente de la juventud y, a la vez, la hacen partícipe de una sociedad más superficial, creando ídolos vacíos, figuras de culto absurdas. “Lo que los adultos les dicen a los jóvenes de hoy, lo escuchaban ellos cuando eran jóvenes”. Comienzo a ver a los adolescentes más como víctimas que como culpables de una sociedad más superficial. 
Se antoja necesario, le digo a Manuel, intentar comprender a los jóvenes, destacar sus valores y las formas que estos tienen, para comprender la sociedad que nos espera. “Absolutamente. Si seguimos ignorando la búsqueda que los jóvenes están llevando a cabo, criminalizándolos sin más, llegaremos a un apogeo de los valores materiales: éxito, dinero, abundancia. Y eso conlleva frustración, porque la mayoría de las personas no van a lograr todo esto. Los adultos necesitan hacer autocrítica porque los valores que están transmitiendo y en los que están haciendo hincapié son los valores superficiales y materiales. Y esos valores se los transmitimos a los jóvenes, no los alcanzan y se frustran”.  
La charla se extiende, se retuerce, gira y las ideas se esconden y vuelven a la salir a la luz. “Bueno, seguiremos otro día, que podríamos estar horas”. Y horas estamos pero, efectivamente, seguiremos otro día. Todos los días que me regale un rato tan delicioso como son sus charlas.
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