Haciendo un reportaje en Palestina. Capítulo II. Con los sionistas.

Tal y como explicaba en la primera parte, la intención del reportaje (aún pendiente de publicar) es montar una suerte de debate entre palestinos e israelíes sobre el conflicto.

Tras visitar el campo de refugiados de Kalandia, acudí a entrevistarme con algunos judíos. Logré concertar sendos encuentros con dos colonos, Haim, del asentamiento de Ofra, y Gita, del de Kaffar Adummin. Con ambos charlé sobre la situación y futuro del contencioso y les pedí su opinión sobre los palestinos. También acudí al barrio judío de Jerusalén, donde hablé con Daniel y algunos compañeros suyos, estudiantes de una Yeshiva (escuela judía) y me desplacé hasta la Kneset (Parlamento israelí) para entrevistar a Yakoov Katz, rabino y líder del partido de extrema derecha United Nation. Finalmente decidí trasladarme hasta Tel Aviv, donde estuve con algunos judíos considerados de izquierda y hasta radicales de izquierda.

Sus opiniones son las que conformarán la parte judía del debate del reportaje. A modo de sumario, puedo adelantar que sus razones para defender la actual situación se basan en la seguridad ante los ataques terroristas palestinos y en su historia, que dice que los judíos estaban allí hace más de 2.000 años y por lo tanto consideran esa tierra como suya. Dentro de estas conclusiones distinguí distintos grados de radicalidad, desde las opiniones que se basan en el Antiguo Testamento para sostener que Palestina es la tierra prometida de los judíos y punto, hasta no pocos judíos deseosos de paz y dispuestos a conceder la oportunidad de un estado palestino a sus vecinos.

En mis entrevistas, más allá de sus opiniones y argumentos (respetables y razonados), fui descubriendo a través de toda esta gente un trocito de la realidad de la sociedad israelí:

Es inigualable la conciencia de pueblo que poseen las personas de religión judía. Ninguna otra religión tiene un vínculo tan sólido entre sus miembros. Hasta el punto de que los judíos son la única religión que se considera a sí misma como un pueblo, independientemente de la nacionalidad o etnia de cada uno. De este modo, según los judíos, un ruso y un argentino o un etíope y un polaco, forman un solo pueblo, algo que los palestinos, defensores de una causa mucho más nacionalista que religiosa, no entienden ni comparten.

El sentimiento de pueblo es tan imperante que hasta un árabe judío es judío pero no árabe. Me explico: se considera árabe a todo aquel que hable lengua árabe y tenga unas bases culturales árabes. Independientemente de su nacionalidad (hay árabes egipcios, libaneses o argelinos) y de su religión (hay árabes cristianos o musulmanes). Excepto judíos. Si un árabe es judío (apenas hay algunos casos en Yemen) entonces a esas personas se les considera judíos, y no árabes. Tal es el sentimiento judío y tal el abismo que separa ambas identidades. Aclarar este concepto nos da una base de cuán complejo es el conflicto sobre el que he buscado el debate. En mi opinión, esta disyuntiva religión-nación pasa por ser una de las claves que impiden una resolución al conflicto.

Este fuerte sentimiento judío tiene su máxima expresión en el sionismo, que es el movimiento político-cultural que defiende que los judíos tienen derecho a un estado. Que este estado haya sido fundado en Palestina y, en consecuencia, haya convertido a Israel en un pequeño país rodeado de enemigos dispuestos a aniquilarlo, no ha hecho sino alimentar y reforzar este sentimiento de cohesión sionista. Por ello, en mis entrevistas y desplazamientos, me encontré con una sociedad autoritaria y poco dada a la multiculturalidad, una sociedad obsesionada con la identidad y con la defensa de lo suyo. Flota en el ambiente un exacerbado nacionalismo que ha desembocado en una sociedad cerrada a la incursión de otras culturas e implicada, individuo por individuo, en la defensa de su país. También, como no, me encontré excepciones.

Implicación en la defensa de Israel:

Una de las cosas que más llama la atención paseando por Jerusalén es ver a un grupo de crías, 18 ó19 años, con sus bolsas de Zara tras hacer comprar, sus modelitos, sus accesorios, sus blancas sonrisas… y sus subfusiles colgados al hombro. El servicio militar es obligatorio en Israel para todos sus ciudadanos excepto para los ortodoxos. Deben cumplirlo durante tres años y los hombres más de una vez. Mientras lo hacen deben ir siempre armados y después pasan a ser reservistas con licencia de armas. Por ello es frecuente ver a pandillas de niñas armadas, un chico leyendo en el parque con el subfusil descansando en sus rodillas o un hombre agachado esperando a su hija al final del tobogán y con la pistola asomando del pantalón. Todos están implicados en la defensa de Israel, individuo por individuo, como sostén de una sociedad minoritaria rodeada de enemigos hostiles.

Rechazo a incursiones de otras culturas:

El sentido del sionismo es que la sociedad que lo conforme sea una sociedad judía. Por ello no son muy amigos de la incursión de otras culturas o religiones, aunque ni mucho menos están prohibidas.

El rechazo es especialmente palpable hacia el pueblo árabe, al que la mayoría de judíos con los que hablé consideran un pueblo violento, cruel e ignorante, opiniones éstas propias de una parte que está en guerra contra otra.

Sin embargo, la mayoría de judíos no rechaza sólo a los árabes con los que están en guerra, sino que también lo hacen con los árabes que viven dentro de Israel. Cientos de miles de árabes se quedaron dentro de las fronteras de Israel cuando el estado de fundó en 1948, y tuvieron la ‘suerte’ de no tener que exiliarse a campos de refugiados como ocurrió con millones de árabes palestinos ese año. Esa colonia que se quedó en Israel forma hoy los llamados árabes-israelíes, ciudadanos israelíes de etnia árabe que, en teoría, tienen los mismos derechos. En teoría, claro, porque los israelíes nunca dejan nada al azar.

Por ejemplo, el documento de identidad israelí (nuestro DNI) es de un color diferente si pertenece a un israelí árabe. Además, los árabes israelíes, a diferencia de los judíos, no están obligados a cumplir el servicio militar. Esto es para evitar traiciones o que algún soldado árabe utilice su posición en contra de los intereses israelíes. Como es obvio, prácticamente ningún árabe se ofrece voluntario para servir en una causa en la que no creen. Sin embargo, al no hacerlo, pierden una serie de privilegios y ventajas con las que sí cuentan los judíos. En Israel, cuanto más tiempo sirvas en el ejército, más ventajas y ayudas tendrás del estado después. Un buen currículum militar permite a los ciudadanos obtener ventajas laborales, facilidades universitarias o subvenciones. Ayudas éstas a las que no pueden acceder los árabes, que no han cumplido su servicio militar. En lugar de discriminarlos directamente, la ley israelí les niega cualquier facilidad a no ser que traicionen sus propios principios y pasen a ser ciudadanos israelíes implicados en la causa sionista.

Al terminar el servicio militar, los judíos pasan a ser reservistas, con licencia de armas y deber de defender a Israel. Si se produce un altercado con un palestino será un tribunal militar quien juzgue los hechos. Los árabes por su parte, van desarmados y si disparan, los juzgará un tribunal civil israelí.

Los árabes también se quejan del trato que les da la ley. Tal vez el más sangrante sea la ley del ausente, por la que Israel exige a los árabes contratos de propiedad que no tienen ya que se basan en leyes jordanas en la mayoría de casos verbales. Así pues, los expulsan de sus casas que al quedar ausentes, son realojadas con judíos. Así están judaizando Jerusalén Este y así desalojan cientos de viviendas árabes. Además, estos ciudadanos se quejan de que sus barrios son marginados en cuanto a limpieza, recogida de basuras, sanidad, seguridad, etc…

En política no lo tienen más fácil. Aunque existen partidos árabes, si alguno alcanzara el poder no podría cambiar el sistema sionista que rige Israel, por lo que pocos cambios podrían hacer y deberían actuar como judíos aun sin serlo.

Su implicación con el sionismo y su rechazo hacia lo árabe, lleva a la mayoría de israelíes a justificar la ocupación de Cisjordania, como tierra legítima que les pertenece, y a defender la existencia de un Muro que ha bajado el número de ataques palestinos contra civiles israelíes.

Como en todo, existen excepciones. Aunque minoría, con el paso de las generaciones ha aparecido un segmento de la sociedad israelí laico y considerados allí como de izquierdas. Ellos, como Iritz, con la que tuve el placer de entrevistarme, defienden la creación de dos estados y, en muchos casos, de uno sólo binacional, que contengan a ambos pueblos con igualdad de derechos. Condenan la ocupación y el muro y, en muchos círculos israelíes, son considerados sencillamente radicales. La mayoría de ellos viven en Tel Aviv, la ciudad más cosmopolita y moderna de Israel, alejada de la tensa Jerusalén.

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