Tápame los ojos, que quiero seguir siendo feliz

El otro día estaba en el metro (es increíble la de cosas que me pasan en el metro). Volvía del trabajo, con el vagón bastante lleno, aunque no lleno del todo. Digamos que lleno normal. A mi lado, una chica con un carrito de bebé y en el carrito de bebé, un niño de uno año o dos que, se supone, es su hijo. En alguna estación el tren se detiene y, entre otras personas, sube un hombre también joven. Lleva una camiseta sin mangas y pide dinero. Más bien gimotea dinero. Este joven tiene la cara deformada. Diría que se ha quemado, aunque también puede ser de nacimiento. Sea como sea, el infortunio ha dejado su cara desfigurada, con la boca completamente estirada, los ojos caídos y la piel muy afectada. Es una cara a la que no acierto poner un calificativo sin que éste se convierta en un descalificativo.

El chico se sitúa en un extremo del vagón y comienza a pedir una moneda mientras avanza lentamente entre la gente, con su expresión destrozada, con su rostro impactando sobre todos nosotros. Cuando llega a mi altura veo cómo la chica joven de mi lado, la madre, tapa los ojos a su hijo pequeño, que intenta zafarse de la mano de su madre sin mucho éxito. Cuando el chico de la cara desfigurada pasa de largo, la madre retira la mano y devuelve a su hijo la visión del mundo. Después, el chico regresa sin dejar de pedir dinero y vuelve a pasar, esta vez en dirección contraria. La madre repite la operación, y aisla de nuevo a su hijo tapándole los ojos.
¿Yo lo hubiera hecho? Es lo primero que me pregunto cuando el joven que pedía dinero sale del vagón y se va. Lo primero que recuerdo es algo que me pasó cuando era pequeño. Apenas lo tengo claro, porque era muy pequeño. Estaba en mi casa y la televisión estaba puesta sin nadie cerca. Estaban echando una película en la que el chico protagonista se veía atrapado en un incendio y se quemaba la cara. Recuerdo la escena en la que le retiraban la venda y su rostro aparecía completamente desfigurado por las quemaduras. La cara del protagonista de la peli me golpeó el estómago y me dejó sin dormir varias noches. En aquel momento habría dado cualquier cosa por las manos de mi madre tapándome y separándome de esa visión. Así que pensé que, tal vez, si tuviera un hijo, me agradecería que le aislara de aquella realidad.

Sin embargo la idea no me convencía. Había algo en aquel gesto que no me convencía. Una sobreprotección, sí, pero algo más. Las ideas comenzaron a encajar cuando le di más vueltas al tema. Sobre todo tras acudir el otro día a una rueda de prensa en la que se presentaban los resultados de un estudio realizado a niños y niñas españoles de entre 6 y 13 años. El objetivo informe era saber si son felices y el resultado es que sí: los niños españoles son muy felices. El caso es que, tal vez, son ‘demasiado’ felices o, en cualquier caso, más felices de lo que merecen ser. Me explico, para aclarar esto que suena tan mal: el estudio planteaba una escala del cero al diez y los pequeños españoles se consideran 8,5 de felices. En Europa, sólo les superan en felicidad los niños holandeses, aunque en autosatisfacción los niños y niñas españoles son los primeros. El catedrático de Pedagogía de la UCM Gonzalo Jover, explicaba que esta autosatisfacción no encaja con el éxito alcanzado por nuestros ‘peques’: el fracaso escolar en España es uno de los más elevados de Europa y sin embargo nuestros niños son los más autosatisfechos del continente. ¿De dónde viene esta autocomplacencia entonces? Es evidente que algo falla.

Jover explica que la mayoría de los niños encuestados revelaba que desean tener un buen trabajo cuando sean mayores, un buen futuro. Sin embargo, ninguno de ellos, ninguno de los cuestionados, vincula el alcanzar este éxito de futuro con sacar buenas notas en el presente. Todos ellos sacan buenas notas para lograr la felicitación de padres y profesores, en un éxito a corto plazo. Esto les llena de autosatisfacción. Lo que plantea Jover es que en España, como en tantos otros países, se tiende a mantener intocable una burbuja de felicidad en la que crecen nuestros niños. Como un paraíso tabú que no debemos perturbar, la felicidad infantil es respetada hasta las últimas consecuencias y esto, según explicaban los autores del estudio, tiene sus riesgos ya que hacemos crecer a los pequeños en un mundo irreal del que despiertan con un golpe seco en la adolescencia. Se explican así muchos comportamientos adolescentes que antes no tenían lugar y se explica también y en parte la desidia que sufren muchos jóvenes o lo perdidos que se sienten.

Desde luego no se trata de que los niños españoles, ni ningún niño, sea menos feliz. Se trata de que la felicidad y la autosatisfacción lleguen porque el niño se la ha ganado, la ha logrado, no porque ya se la hayan dado hecha. En este caso, la felicidad y enorme autosatisfacción de los pequeños españoles viene de serie: es lo que toca y nadie debe perturbarla, por lo que su aterrizaje en la vida real suele ser traumático. Jover explica que para que el niño disfrute de una verdadera realización debemos proponerle pequeños retos desde bebé, como comer solo o hacer pis solo. Que logre pequeños éxitos desde el primer día para que disfrute del éxito y, sobre todo, comprenda el valor de lograr algo por sus propios medios. Entonces, se sentirá verdaderamente satisfecho. Aquí también entra la carencia positiva: es decir, no darle todo al niño, al menos todo lo que solicite. Si el niño quiere algo y no lo tiene o tiene que ganárselo, comprenderá que las cosas no caen del cielo. Y lo comprenderá desde pequeño, de manera que le quedará dentro. No sólo eso, sino que los autores del estudio añaden que cuando el niño logra sus objetivos, quiere más, aspira a más. Se trata, según Jover, de “quebrar” esa felicidad para motivar al niño y hacer que su realización, que su dicha, sea real, y no imaginaria. La educación es “crítica” e “inconformista”; se debe “estimular” a los más pequeños a “esperar” siempre más, explica Jover.

Sin embargo, la realidad parece ser la de que los niños actuales, según lo que refleja el estudio, viven en una autocomplacencia no justificada, por la burbuja que les hemos construido. El problema es que esta burbuja rompe a los 12, 13 o 14 años, y el bofetón suele ser importante. José Luis Barbería realizó el otro día un interesantísimo reportaje en el ‘El País’ en el que hablaba de la generación ‘ni-ni’: ni estudian, ni trabajan. El reportaje refleja comportamientos que derivan de lo explicado por Jover. Tal vez sea encajar las piezas de un puzzle, pero el caso es que encaja. El reportaje habla sobre la desidia y, sobre todo, de lo perdidos y desmotivados que se encuentran los adolescentes y jóvenes de hoy. Sin ilusiones, sin motivaciones, sin sueños en muchos casos. Su aterrizaje en la vida real ha sido si cabe el más duro. Crecieron en la España del éxito económico, cuando éramos los mejores del universo y la novena economía del mundo, con lo que su burbuja era impenetrable. Y su llegada a la vida real ha coincidido con una crisis galopante provocada por los mismos que les prometían felicidad eterna. No creen en el futuro porque el futuro es una mierda que les explotó en la cara y nadie les había avisado de que olía así de mal. En la burbuja, la mierda rebotaba. Los porcentajes y ejemplos de desmotivación que el reportaje expone son dignos de leer.

Después de tantas vueltas e ideas regreso al chico desfigurado del metro y a la madre que tapa los ojos de su niño para que no lo contemple. Sigo recordando mi sensación cuando era pequeño pero ahora pienso que, tal vez y sólo tal vez porque esto no dejan de ser teorías, es mejor que el niño vea la desfigurada cara del chico del metro y que se vaya acostumbrando. Porque es todo bastante feo.

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Tápame los ojos, que quiero seguir siendo feliz

9 comentarios en “Tápame los ojos, que quiero seguir siendo feliz

  1. Anónimo dijo:

    Muy bueno, como siempre!
    Exquisito en su desarrollo, como siempre!
    Engancha desde el principio, como siempre!

    Sólo una anécdota “anecdótica”: la última palabra del post se refiere sólo a la realidad actual, verdad? No vaya a ser que, sin querer “queriendo”, se te haya escapado un calificativo “descalificaivo”…

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  2. leyendo esta entrada me vino a la cabeza la canción de vamos a contar mentiras tralará.
    el caso es que pensádolo friamente me di cuenta de que esas madres alarmistas de hoy en día no permitirían ni nombrar la cancioncilla por miedo a que los niños se lo tomen en serio. lo de mentir, vaya.
    el caso es que no somos padres y a lo mejor deberíamos preguntarle a uno (de hecho tendré esta conversación con los míos, aunque creo que ya sé su respuesta) pero desde luego tendré cuidado al revelarle las cosas importantes, porque como ya dijimos, la burbuja, cuando tienes que abrirla de golpe, duele.

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  3. Anónimo dijo:

    Yo misma me tapo los ojos ante escenas agresivas y si pudiese se los taparía a mis hijos, me asombra como pueden los niños ver determinadas escenas sin pestañear. Habría que preguntarle a esa madre del metro si en casa delante de la tele , o en posibles discusiones con su pareja tambien protege a su hijo. O eso está más en la linea de aceptación social.

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  4. Supongo que el sentido común es la línea que nos hace diferenciar entre una escena violenta o inncesaria de presenciar (para cualquiera) y una escena difícil o dura, pero que no tiene nada de malo. Creo que son dos cosas diferentes. Lo necesario, en mi opinión, es separar a nuestros hijos (o cualquier ser que valoremos y esté bajo nuestra responsabilidad) de lo malo, no de lo difícil.

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  5. Fran dijo:

    Estoy de acuerdo. Pero incluso a veces es difícil separar a los más pequeños de los malo. Lo difícil creo que les hace crecer;con vivirlo o conocerlo es suficiente.

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