Mi Buenos Aires gallego

No lo digo yo, lo dice Ruy, historiador, hijo de gallegos y estudioso del fenómeno de la emigración gallega en Argentina. Es gracioso escucharle hablar gallego con acento argentino. Charlamos en el stand del Instituto Gallego de Buenos Aires, en la feria del libro de la capital argentina. Ruy me cuenta que la impronta, la herencia, el efecto que ha dejado la emigración gallega en la ciudad de Buenos Aires es un fenómeno que no ha sucedido en ninguna otra ciudad del mundo. Se pueden buscar comparaciones, como los irlandeses en Boston, los cubanos en Miami o los italianos en la propia Buenos Aires. Pero ninguno de estos movimientos migratorios resiste el parangón. Las cifras que me comenta Ruy hablan por sí solas: el 17% de los emigrantes de todo el mundo que han llegado a Buenos Aires desde su origen son gallegos. A día de hoy, cinco millones de bonaeirenses son descendientes de gallegos mientras que en Galicia hay dos millones y medio de habitantes. En 1914, en A Coruña, había 60.000 gallegos. En Buenos Aires, 150.000. Más del doble. Ese mismo año se censó la población de Avellaneda, ciudad pegada al sur de Buenos Aires y que forma parte del Gran Buenos Aires: el 14% de sus habitantes eran gallegos.

“Caminaba por la avenida de mayo y todo eran gallegos. Todo. Era tremendo”. Me lo relata Manuel Rei, gallego, como no, y presidente del Instituto Gallego de Buenos Aires. De nuevo en impecable gallego con acento argentino. Llegó a la ciudad en 1952, dos años después de la muerte de Castelao, insigne emigrante gallego en la capital argentina y miembro de honor del Instituto Gallego. Manuel salió del puerto de Vigo y cruzó el Atlántico durante doce días hasta llegar a la ciudad porteña. Me cuenta que la mayoría de gallegos de aquella época se instalaron en la zona sur de la ciudad: Lugano, Soldati, Barracas, Parque Patricios, Avellaneda… La Boca fue para los genoveses. Eran gallegos de la segunda hornada de emigrantes. La primera tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se desató la llamada hambruna de la patata. Las zonas más pobres de Europa que dependían en gran medida de este tubérculo vieron como sus cosechas se echaban a perder por una peste y su población se quedaba, literalmente, sin alimentos. Fue el caso de Irlanda, cuyos habitantes se lanzaron en masa a Nueva York y Boston; el sur de Italia, en donde la huída se produjo al norte del mismo país, a EEUU y a Argentina; o Galicia, donde la escapada tuvo como destino Venezuela, Cuba y, sobre todo, Buenos Aires. La segunda ola de emigración gallega a la capital argentina tuvo lugar después de la Guerra Civil española. La pobreza y el exilio político empujaron a miles de españoles a la emigración y los gallegos no fueron una excepción, todo lo contrario: fieles a su estilo, los gallegos afrontaron los problemas emigrando. El destino fue de nuevo Buenos Aires. Allí, según me cuenta Manuel (hijo de esta segunda hornada de posguerra) los gallegos llegaban “con el cerebro lavado”. “Nos avergonzábamos de ser gallegos, de hablar gallego. Nos habían convencido de que ser gallego era algo malo, atrasado. Así que cuando nos preguntaban de dónde éramos decíamos, de España. ¿Pero de dónde? Del norte. ¿Del norte de dónde? De Galicia”.
Uno de los emigrantes que luchó por denostar esta ridícula vergüenza inducida (que aún hoy tiene su poso en el subconsciente de miles de gallegos) fue el escritor, dibujante y político Castelao. “Yo conocí a los que andaban con él. Los chicos descendientes de aquellos gallegos ya no piensan así”.

Manuel me cuenta que la llegada de la ola gallega a Buenos Aires arrastró consigo las costumbres gallegas. El minifundismo fue una de ellas. Cada municipio gallego fundó su propio Centro Gallego. Hasta tal punto, que Manuel cree que había un Centro Gallego en Buenos Aires por cada municipio. Centro Gallego de Zas, Centro Gallego de Marín, etc… “Seguro, seguro es que los de la provincia de Pontevedra tenían todo un Centro. Y creo que los de Coruña también”, se esfuerza por recordar. “Lugo menos”. Hoy han desaparecido muchos, la mayoría se han fusionado con otros, pero sigue habiendo cientos.

Manuel recuerda tanbién que en la avenida de mayo donde paseaban todos los gallegos a mediados de siglo había dos bares: el Iberia y enfrente el Español. En el Iberia se juntaban los republicanos y en el Español, los pocos franquistas que habían emigrado, casi todos gallegos y empujados por el hambre. “Siempre acabábamos a los insultos y hasta había peleas. Volaban las sillas”, me cuenta riendo.

Me despido de Manuel, al que podría estar escuchando durante horas. También de su mujer, gallega con más acento argentino todavía. Ya son casi 60 años aquí. “¿Y de dónde eres neniño?”, me pregunta.”De Coruña”, le digo. “Antes hablé con una chica de Pontevedra, que vino por unos meses y se quedó a vivir”, me responde. “Yo no sé por qué venís aquí. ¿Por qué venís aquí?”, me dice. No entiendo bien al principio, pero luego comprendo que para esta señora, que un gallego vaya a Buenos Aires sigue siendo sinónimo de necesidad, de huída, de emigración. Y no termina de encajar el encontrarse jóvenes gallegos por la ciudad. Es como si temiera que las cosas volviesen a ir mal por allí. Que el hambre hubiese vuelto. “Vine de vacaciones”, le digo. “Ya, ya”, dice para sí.

Carmen regente el bar La Coruña. Es curioso lo de los nombres de los bares y los gallegos. En Galicia hay cientos, miles de bares llamados Zurich, Buenos Aires…. de emigrantes retornados. Y fuera, en Madrid o en Buenos Aires, te tropiezas con bares como Pontevedra, Ría de Vigo o Faro de Fisterra. El de Carmen, en el corazón del barrio de San Telmo, pegado al mercado, se llama La Coruña. Ella es de Vimianzo. Llegó a la ciudad en el año 54, también en barco y también desde Vigo, haciendo escala en La Habana. En el viaje lo pasó fatal. Ella tenía seis años, pero lo recuerda perfectamente. Me cuenta que iban bastante apretados y que pasó mucho frío. Se le hizo eterno. Cuando llegó se instaló en Avellaneda y después se trasladó a San Telmo. En Avellaneda, me cuenta, vivía en un vecindario donde casi todos eran gallegos. “Echas de menos, pero te acostumbras rápidos, porque estaba lleno de gallegos”, me dice. Carmen nos da de comer unas milanesas con patatas y nos rellena una botella de fanta de agua fresca. Después se sienta en otra mesa y espera. Su perro lucha desesperado por cambiar de posición para seguir durmiendo. Tiene las patas de atrás inutilizadas.


Carmen, en su bar de San Telmo, esperando paciente a que termine de comer.

Ruy me promete enviarme más información sobre el asunto, y me recomienda un libro: ‘Buenos Aires gallega. Emigración. Pasado, presente y futuro’. De todas formas me invita a descubrir los detalles de la huella gallega en Buenos Aires: no utilizan tiempos compuestos al hablar, como los gallegos (ya que en gallego no existen), la mayoría de ellos tienen algún apellido gallego, miles de empresas tienen nombres gallegos (lavandería Breogán, mudanzas Celta o Autoescuela Vigo, por nombrar algunos ejemplos que yo me topé). Hay quien dice que el acento argentino es una mezcla entre italiano y gallego y al acento de España le llaman la tonada gallega. En realidad, a los españoles, a todos, les conocen como gallegos. ¿Puede haber un síntoma más claro de la influencia gallega en Argentina?

Es que estuve en Buenos Aires. La semana pasada. Os contaré más cosas. Más cosas sobre esta maravillosa ciudad, más sobre el fenómeno migratorio gallego (que no se restringe a Buenos Aires) y también más de Guatemala, donde estoy ahora. Nos vemos a la vuelta.

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Mi Buenos Aires gallego

7 comentarios en “Mi Buenos Aires gallego

  1. Anónimo dijo:

    Mi amigo Rubén estuvo viviendo un año en Buenos Aires. Al regresar, me contó que no paró de llorar en el aeropuerto. No quería volver, pero tuvo que hacerlo.
    Su pensamiento era: “Buenos Aires tiene magia”

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  2. Anónimo dijo:

    Estoy elaborando un mapa de los bares y restaurantes gallegos en Buenos Aires,en especial los que aún tiene a sus dueños gallegos originales o sus hijos; me gustaría mucho tener comentarios y que me hablen de los que conocen. Gracias Cristina Gonzalez Bordón porteña casada con un gallego

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  3. Anónimo dijo:

    Hola… Me llamo Claudio Bajraj. Vivo en España y soy productor de cine. Estoy buscando a los dueños del barco Ciudad de Vigo que está amarrado en algún lugar del puerto de Bs. As. Ese barco sirvió durante el éxodo de españoles a Argentina. Favor de mandar data a: claudiobajraj@gmail.com
    Gracias desde ya.

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