Historias herodotianas de Cisjordania. Capítulo 2: Balata

Pongo punto y final a mis palestinismos con el segundo capítulo herodotiano, es decir, ver y contar, sin más. Así, el resultado final de mis historias palestinas es de dos análisis (más o menos acertados) a partir de de vivencias, y dos exposiciones lo más imparciales posibles. Espero que hayan gustado.

Balata:

En el campo de refugiados de Balata hay calles que miden 60 centímetros de ancho. Balata es uno de los campos que existen en Cisjordania y que acogen a palestinos que huyeron de Israel cuando se conformó el Estado. Este tipo de campos existen también en Jordania, Líbano o Egipto. Los creó la ONU para dar hogar a los desplazados por el conflicto árabe-israelí. El problema es que las condiciones de vida de estos lugares dejan mucho que desear.

El de Balata, en concreto, es el más grande y conflictivo de Cisjordania. Se encuentra en la ciudad de Nablús, al norte del Territorio Palestino. Aquí fueron a parar refugiados de 1948, expulsados de Israel. Se instalaron unos 5.000 con ayuda de la ONU en una extensión de un kilómetro cuadrado. Hoy, 60 años después, en ese mismo kilómetro cuadrado viven unas 25.000 personas.

Balata, a día de hoy, es como una barriada marginal de la ciudad de Nablús presidida por banderas de la ONU. Sus habitantes no tiene donde ir, desde que Naciones Unidas les ofreció un refugio aquí. Así pues, cada generación nueva levanta un piso en el edificio familiar en el que nacen. El resultado, después de varias generaciones, es que el campo está conformado por viviendas de cinco y seis pisos de distintos colores y materiales, levantados artificialmente, y que apenas distan un metro de un bloque a otro. La sensación global al introducirte en este kilómetro cuadrado es claustrofóbica. Enormes casas pegadas entre las que serpentean callejones que tocan tus hombros y que tapan casi completamente el cielo.

Calle de Balata.

“A Balata le llaman el campo donde nunca sale el sol”, explica Muhamed Salid, director del Centro Cultural Yafar, un centro social organizado por varios vecinos del campo destinado a los jóvenes. “Apenas se puede ver la luz durante todo el día”. Esto, aunque parezca mentira, tiene enormes repercusiones psicológicas en sus habitantes. Y es, aunque parezca mentira también, el menor de los problemas.

“Este campo fue construido por la ONU en 1948 destinado a 5.000 personas. Hoy viven en él 25.000, y otras 25.000 en los alrededores” –prosigue Salid- “esta gente no sabe lo que es la intimidad. Nunca han disfrutado de intimidad porque en cada casa viven unas 60 u 80 personas. Y cada generación que pasa es peor”. Es otro de los problemas psicológicos que arrastran los habitantes de Balata.

Los niños parecen las víctimas más propicias para estos problemas. Cada noche, el Ejército de Israel entra en el campo. Realizan registros y, en ocasiones, asesinatos selectivos, ya que la mayoría de sus habitantes son partidarios de Hamás y algunos de ellos, milicianos. “Todas las noches se oyen los pasos de los soldados, gritos y en ocasiones disparos”, relata Salid. No es de extrañar, pues, que los niños de Balata sean violentos y tengan conductas agresivas. “Los colegios del campo están saturados”, comenta Ibrahim Dah, un profesor universitario que se ha ofrecido a enseñarnos el campo y presentarnos a la gente del centro cultural. “En cada aula hay unos 50 niños, todos hiperactivos y agresivos. ¿Cómo se les puede educar en esas condiciones?”, se pregunta. Una vez más, la pescadilla que se muerde la cola del conflicto árabe-israelí. Israel vigila el violento campo de Balata hasta la estrangulación, y la estrangulación lanza a las armas a niños que apenas tienen nada que perder.

En las paredes, los carteles de los mártires empapelan todo el campo. Dentro de las casas también se les rinde tributo. Ibtisian Mizher, una chica de 27 años, nos invita a visitar su casa. “¡Esperad que me ponga el velo!”, nos grita desde la ventana. Su casa tiene cuatro plantas y en ellas viven 80 personas. En el salón, sus tres sobrinos juegan bajo un enorme retrato de su hermano, un mártir “muerto por la causa palestina” en el año 2005. Desde su creación, Balata ‘ ha ofrecido’ 250 mártires a la causa, aproximadamente la mitad de los que han salido de Nablús.


Salón de Ibtisian Mizher. Sus sobrinos posan bajo el retrato de su padre mártir.

Y es que Balata es la punta de la lanza de una ciudad asfixiada. Enclavada en un valle, Nablús, conocida como el valle del infierno, vive bajo la implacable vigilancia de las bases militares israelíes, situadas en las cimas de las rocosas montañas que rodean la ciudad. Cada noche, a partir de las doce, bajan a la ciudad a patrullar y hasta las seis de la mañana, la policía palestina no puede salir a la calle. Es la noche del ejército israelí. Con el sol, los soldados regresan a las bases. A veces con detenidos, a veces con algún asesinato selectivo de milicianos a sus espaldas.

Por si fuera poco, no hay escapatoria: nadie puede salir de Nablús sin un permiso especial del Ministerio de Defensa de Israel, ni siquiera su gobernador. “La casi totalidad de los niños de menos de 12 años de Nablús no ha salido nunca de la ciudad. Creen que el mundo es esto, y que no hay nada más allá. Pueden ustedes imaginarse lo que esto produce en ellos”, explica Mahdi Jamdali, el alcalde de la ciudad, miembro de Hamás. Todo el territorio que rodea la ciudad, pese a estar en el corazón de Cisjordania, está controlado por Israel. El puesto de control para acceder o salir de Nablús es un enorme peaje enjaulado por el que desfilan como almas en pena los vecinos que deben acudir a pueblos vecinos. La ciudad es una cárcel.


Control israelí de acceso a la ciudad.

‘El Valle del Infierno’ se asfixia. Sus comerciantes no pueden comerciar, sus estudiantes (Nablús tiene la mayor universidad de Palestina con 20.000 estudiantes) no pueden conocer a otros estudiantes, sus vecinos no pueden visitar otras ciudades de Palestina… Nablús vive estrangulado desde hace nueve años.

Como un nido de odio, Nablús es como acorralar un problema, meterlo debajo de la alfombra y confiar en que la alfombra resista.

Anuncios
Historias herodotianas de Cisjordania. Capítulo 2: Balata

Un comentario en “Historias herodotianas de Cisjordania. Capítulo 2: Balata

  1. Anónimo dijo:

    Me han encantado tus artículos. La verdad es que me has hecho comprender la realidad que se esconde detrás de un conflicto tan desconocido como es el de Israel y Palestina, del que tanto se habla en los medios pero del que nadie explica las razones de su de su existencia y su permanencia en el tiempo. De todas formas, aunque me ha gustado saber cual fue tu experiencia en Palestina, aún sigo esperando el quinto capítulo de la camorra en Nápoles… nos lo debes.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s