Italia y la mafia. Capítulo 3: Nápoles

Mi llegada a Nápoles fue en tren. A medida que ascendía desde el sur de Italia recorriendo la costa de la Campania, región de la que es capital, el paisaje me iba avisando y definiendo el lugar en el que me adentraba. Por la ventanilla, frente al mar, desfilaban hoteles, bloques de apartamentos y playas privadas. Todas las edificaciones estaban, literalmente, a escasos metros de la orilla del mar y, la mayoría de ellas, aunque en funcionamiento, estaban en estado de semiabandono. No sólo este estado de conservación de la mayoría de las instalaciones me llamó la atención. En seguida descubrí que, junto a patios de hamacas a pie de playa, se hallaban auténticos vertederos improvisados. Ahora una pista de pádel, ahora un grupo de coches abandonados hechos chatarra. Ahora un chiringuito de playa, ahora una montaña de desperdicios de plástico. El paisaje, completado con un agobiante cielo gris y un fuerte viento que anunciaban tormenta, era como un anuncio previo: “Aquí no hay ley de costas porque los hoteles tocan el mar y si la hay, alguien puede saltársela con impunidad. Este mismo que se la asaltado ha construido y ha dejado a su suerte la conservación de lo planificado. A quien le toca supervisar si esto está bien construido y después bien conservado, no lo hace”. Un anuncio previo algo enredado, pero muy evidente. La ventanilla del tren no miente. Por fin llego a la estación: Napoli Centrale.

Creo que fueron diez los pasos que había dado, cuando un niño me ofreció, a un módico precio, una estupenda cámara de vídeo. Es increíble que, con las pintas que yo llevaba después de un mes vagando por el sur de Italia, ese chaval contemplase la posibilidad de que yo le comprara la cámara. Otros diez pasos y se puso a llover. Estalló la estupenda tormenta de verano. Nápoles me daba la bienvenida con una cámara de vídeo robada y con un aguacero.

Cuando escampó me lancé a comprobar si era cierto todo aquello que me habían contado los que visitaron la tercera ciudad de Italia antes que yo. Y sí. Era cierto. Muy en resumidas cuentas puedo definir Nápoles como una típica ciudad del sur de Europa…. paralizada en los años 30. Pasear por sus calles no tiene desperdicio. Es un lugar único, aparte. Su casco antiguo fue el primer lugar por el que me perdí. A esta zona se le conoce como los barrios españoles (quartieri spagnoli), porque fueron habitados y desarrollados por los españoles que allí vivieron cuando el Reino de Nápoles pertenecía a los Borbones. Es un laberinto de callejuelas donde los tendales con ropa cruzan de un lado a otro de la calle y los niños juegan descalzos al fútbol. Las puertas de las casas están abiertas y, muchas veces, al pasar junto a ellas, descubres a una familia cenando o una señora viendo la televisión. Los vecinos dejan sus cosas en la calle: hay muebles, coches abiertos, figuras de santos, la bici del crío, la ropa sucia… Nadie roba nada. Nadie toca nada. Desde su ventana, una señora sube con una cuerda una cesta con huevos y pan que un niño le ha traído. La señora me mira, y sonríe. Me dicen luego que es mejor que te vean mientras paseas. Nada de ir con la cara medio tapada. Si vas en moto, nada de ir con casco y si entras en coche, las ventanillas bajadas. Que te vean. Es sólo un turista. Y listo. Eso en lo que a los barrios españoles se refiere, es decir, el centro histórico de Nápoles. La periferia ya es otra cosa. Allí mejor, directamente, que no te vean.
¿Por qué? Por la Camorra, claro. Explica Roberto Saviano en su libro Gomorra (obra clave para entender la realidad de Nápoles y su mafia, y cuyos detalles y explicaciones maravillosas omitiré para no caer en la repetición) que en Nápoles nadie llama Camorra a la mafia napolitana. Los napolitanos le llaman O Sistema (El Sistema). La Camorra envenena Nápoles desde hace al menos tres siglos. Hasta comienzos del s. XX era una sociedad reconocida (porque no quedaba más remedio dada su violencia y su poder) que imponía su ley en la ciudad. Dominaban el comercio del puerto y mantenían el orden y el funcionamiento de la ley. Los jefes camorristas eran los que en otras ciudades son el jefe de la policía, el alcalde o cualquier otra fuerza viva. Mussolini quiso cambiar este auténtico contraestado y lo combatió con dureza. Desde entonces, la Camorra se instaló directamente en la ilegalidad sin paliativos y se enfrentó sin rodeos al Estado.

La Camorra se divide en familias independientes una de otra. Cada familia controla un territorio. Las de la capital se reparten los barrios y las de la periferia, los pueblos. Cuando un clan es desmantelado, apenas afecta al resto, porque nada sabe de ellos. Sin embargo, O Sistema es mucho más que una mafia chupando la sangre de una ciudad. La Camorra está enraizada en la mismísima cuna de los bebés napolitanos. Y no es una exageración. Su dominio, en forma de concejales de los barrios o alcaldes de los pueblos, sume a estos en la dejadez y la pobreza. (La Campania es la región con el paro más alto de la UE). Ante esta situación, las salidas de una población abandonada y sin educación no son muchas, más allá de recurrir a la misma Camorra que les hace vivir así, la cual les ofrece trabajo fácil y bien remunerado. Ya desde niños. Cuenta Enric González, corresponsal de El País en Italia durante varios años, que cuando los periodistas se acercaban a los barrios tras un asesinato de la Camorra, los niños, de seis, siete u ocho años, se acercaban a los redactores y, por 50 euros, aseguraban contar todo del clan de los Casalesi o de los Di Lauro, mientras la policía los echaba de allí con un tirón de orejas. Esos mismos chicos son los que entran en las tiendas de los barrios y cogen lo que desean con impunidad, diciendo pertenecer a tal o cual clan. Después el dueño los echa a escobazos. Pero los chiquillos ya pertenecen a O Sistema, ya quieren ser camorristas. No tienen mucha más alternativa: como el círculo que se cierra, la Camorra les ha sumido en la pobreza y la Camorra les ofrece una salida. No sólo eso. Ser camorrista ‘mola’ entre los chicos napolitanos deprimidos por una ciudad asfixiada. Sueldazos y contactos con gánsters con sólo 15 años. ¿Quién podría rechazarlo? Con 14 ó 15 años se les invita a ser recaderos, llevando droga en una mochila con la moto de pueblo en pueblo. Después se les hace soldados, más tarde chófer o guardaespaldas y, los que llegan, se afilian al clan. Toda una carrera, todo un proyecto de vida ante la falta de alternativas. La Camorra ahoga y lanza el salvavidas. Un círculo vicioso sin final que está estrangulando sin remedio la ciudad.

Este arraigo social de la mafia napolitana provoca un auténtico sistema económico paralelo, una economía sumergida cuyo alcance es difícil de calcular. En los barrios donde las tasas de desocupación superan el 50% abundan los BMW y las joyas de oro en los dedos de los chicos. Todo se paga en negro. Los pueblos están llenos de talleres clandestinos donde miles de personas trabajan sin contratos. El dinero fluye en Nápoles pero nadie lo ve. De la misma manera que el puerto napolitano hierve de actividad convirtiéndolo en el puerto europeo por el que más mercancía entra, y sin embargo, según datos oficiales, sólo es el séptimo. Una corriente subterránea e invisible de dinero corre por la Campania. Es el dinero de la Camorra. El negocio de la Camorra, al que miles de napolitanos acuden o no les queda más remedio que acudir y ante el que el Estado italiano se ve impotente e inoperante.

Ante esta situación el panorama que ofrece Nápoles y sus alrededores es, como poco, asombroso:

El sistema horizontal de los clanes mafiosos de Nápoles, además de impedir su desmantelamiento absoluto, provoca constantes ‘faide’ (guerras) entre clanes por cuestiones territoriales. Esto se traduce en tiroteos en cualquier parte de la ciudad y a cualquier hora. Para muestra, el botón de Analissa Durante. Hace cuatro años, esta niña de 14 años caminaba por Fucella, su barrio, cuando se cruzó con un boss del clan de los Giuliani. La mala suerte quiso que un killer de otro clan decidiese disparar desde una moto sobre el jefe de los Giuliani, justo en el momento que éste se cruzaba con la niña. La reacción del boss fue utilizar a Analissa como escudo humano. El capo se salvó, pero la niña murió por un balazo en la cara. Es sólo un ejemplo de las dantescas piezas teatrales que cada cierto tiempo se representan en la provincia de Nápoles. La última, hace sólo unas semanas, cuando seis africanos fueron acribillados por un ajuste de cuentas por droga. Insisto, son sólo ejemplos de una larga lista.

Es la cara roja sangre del la realidad napolitana. La otra, la negra, es comprobar cómo el sistema de alcantarillado o de gestión de basuras de la provincia pertenece a la Camorra, cómo la mayoría de concejales de la ciudad pertenecen al Sistema y cómo, finalmente, todo esto lo paga una ciudad sin servicios, sin civismo y sin educación. Lo comprobé al continuar mi paseo:

Tras un rato caminando, encuentro un periódico en el suelo en el que se explica que el Gobierno italiano va a aplicar una ley de choque para la ciudad. El entonces presidente Romano Prodi asegura que va a cambiar radicalmente la realidad napolitana. El motivo de esta tan típicamente exagerada e ineficaz reacción italiana es que, unos días antes de mi llegada, el barrio de San Lorenzo, por el que ahora paseo, ha sido invadido por las ratas que han malherido a una niña en su cuna. Además, cuando la ambulancia llegó para trasladarla al hospital, las ratas invadieron también el vehículo y lo destrozaron. Así es. Invasión de ratas en el mismísimo centro de la tercera ciudad del octavo país del mundo.

Nadie usa casco en la moto. Si lo haces, podrían confundirte con un killer de la Camorra y te podrían pegar un tiro. Un agente de la policía, entrevistado por el corresponsal de ABC, relataba cómo los chicos a los que paraba por no llevar casco le repetían que tenían miedo a que les pegaran un tiro por llevar la cara tapada. “¿Qué hago, les digo que se lo pongan?” Claro que no. Nadie respeta los semáforos, nadie usa cinturón, nadie lleva el coche nuevo porque no tiene sentido. Los coches napolitanos tienen abolladuras. Hasta el punto que la mayoría de italianos de fuera de la Campania se niega a entrar con su coche en la ciudad. Matrícula de fuera y sin abollar: demasiado llamativo. Un buen amigo italiano llegó a la ciudad napolitana en su coche. En el atasco de entrada, detenido, comprobó cómo una manada de perros salvajes (abundan en la provincia) le destrozaba a mordiscos la chapa. Es otro posible recibimiento napolitano

Avanzo por la Via Toledo, lo que sería la Castellana de Nápoles. Dos hombres comen pizza dentro de un coche. Al terminar, tiran el cartón en medio de la calle y se van. Un cartón más, en medio de los miles de desperdicios que cubren la ciudad. Una tarde cogí una pizza y decidí comérmela en un banco, al aire libre. Recorrí más de la mitad del centro de la ciudad sin éxito. No había un solo rincón en el que la mierda te permitiese disfrutar de la comida. Acabé en unas escaleras, comiendo a toda velocidad.

El incivismo llega al fútbol, como no. Los ultras del Nápoles son temidos y temibles en toda Italia. Allá por donde pasan, siembran el caos. Este año, el Observatorio para la Seguridad en el Deporte les dio una oportunidad: les permitió viajar a Roma en la primera jornada tras prohibirles los últimos desplazamientos el pasado año. Su respuesta: destrozaron la estación Termini de Roma y un tifoso romano apuñalado. Ya les han prohibido viajar toda la temporada. Aún así van, claro.

Mi paseo me lleva a algunos barrios de las afueras, ya sobre ruedas. Aquí hay que abrir más los ojos porque si bien los barrios céntricos están tomados por la Camorra, la presencia de turistas es constante y son zonas relativamente seguras. Pero aquí no hay turistas. Hay poco que ver. Yo he venido por Le Vele (Las Velas, bloque de viviendas donde se ha rodado la versión cinematográfica de Gomorra) en el barrio de Scampia.

Este barrio del norte de Nápoles es de los más pobres de la región. Pertenece al clan Di Lauro, que distribuía droga desde aquí en el considerado por la policía el mayor punto de venta de droga de Europa. Hace cuatro años, un grupo de camorristas de este clan se enfrentó a su boss, Paolo Di Lauro, provocando una guerra mafiosa. Los ‘sublevados’ fueron bautizados como ‘los españoles’, por refugiarse durante la guerra en Barcelona y la Costa del Sol. Esta faida duró meses y fue la más cruel y sangrienta de la época moderna de la Camorra. Los fieles a Di Lauro contra los escisionistas. Di Lauro movilizó un auténtico ejército y el barrio de Scampia fue el campo de batalla. Literalmente Cientos de muertos. Cuando la policía logró poner fin a la guerra años después (que ganó Di Lauro), descubrió que las viviendas conocidas como Le Vele, eran el cuartel general del clan Di Lauro. Todos los portales estaban sellados por los camorristas, con pequeños agujeros por donde despachaban la droga. Los vecinos tenían que pedir permiso a los camorristas para entrar y salir de sus casas y avisar de cuándo lo harían. En el interior del bloque se descubrió un auténtico búnker en el que había hasta bazookas. En Nápoles, cuando paseas, no puedes meterte en un edificio al azar, sin saber donde te metes, y menos en la periferia. Puedes encontrarte cosas así. Hoy, Le Vele, son un símbolo de la lucha vecinal contra la Camorra que, aunque sigue dominando Scampia, tiene enfrente una asociación cultural y vecinal que luchan por la dignidad de sus habitantes.

Mi paseo concluye. Las sangrientas historias de esta ciudad se me quedan grabadas. Y sin embargo, la sensación última, el regusto final, no es desagradable. Más allá de la Camorra me he encontrado una ciudad llena de gente alegre y con un ingenio increíble, con un carácter único. ¿Qué ahora la policía vigila los cinturones de seguridad? Camisetas blancas con una franja pintada en negro por dos euros. ¿Qué no se puede entrar en el casco histórico en coche porque hay cámaras? Por cinco euros un tipo camina con un periódico extendido delante de tu matrícula mientras pasas ante la cámara. ¿Qué el Nápoles gana la liga? Al día siguiente, en el cementerio de la ciudad, una enorme pintada: ‘lo que os habéis perdido…’. Su acento, su idioma, su carácter, su gesticulación, su pizza, su pasión, su exageración, su expresividad, su Vesubio, sus imágenes de Maradona por toda la ciudad, su puerto, su tráfico…. Todos ellos están por encima de la Camorra. De la venenosa Camorra.

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