Risas en el aire

En estos días de psicosis a volar en los que nadie reconoce tener miedo a hacerlo pero cuando montas en el avión la mitad del pasaje despega aferrado al asiento, se agradece encontrarte gente que disuelve los miedos con humor. No estoy hablando de los típicos chistes que (supongo) ya habrán salido sobre el accidente de Barajas; (siempre que hay una gran tragedia se fermentan los chistes, se guardan en barrica y cuando ya ha pasado un tiempo prudencial, se exhiben. La fermentación es mucho más corta si la tragedia es fuera de nuestras fronteras, como si entonces no existieran sensibilidades que herir). Hablo de otro tipo de humor. En este caso, hablo del humor que se enfrente al irracional miedo que se ha generado a los aviones.

Un ejemplo: un buen amigo mío y su primo despegaban rumbo a Mallorca apenas un par de horas después del suceso. Tal fue el impacto de la situación, que la señora que tenían delante en el mostrador de facturación se negó a subir al avión. La azafata le explicó que la maleta ya estaba facturada, y ella dijo que no importaba, que ella no volaba y que le enviaran la maleta de vuelta. Pagaría lo que fuese necesario. Como esta señora, más de la mitad del pasaje se negó a subir a ese avión, hasta el punto de que mi amigo y su primo apenas iban acompañados por otros 20 ó 25 viajeros en un avión que tenía que volar lleno. Puedo entender ese miedo y esa negación a subir al avión todavía con la tragedia presente y con mucha confusión en el ambiente. Puedo entender la intranquilidad y la tensión que, efectivamente, se vivió en el interior de ese avión cuando despegaba literalmente por encima de los restos del Spanair accidentado. Por eso no puedo evitar sonreír hasta reírme cuando mi amigo me describe a su primo, en plena carrera de despegue del avión, con un tenso silencio entre el pasaje y la confusión todavía fresca, asomado a su ventanilla y diciendo: “Oye, ¿es normal que arda ese motor? Yo no digo nada ¿eh?, que yo no entiendo de esto. Si es normal me callo”. Y volvía a apoyar la cabeza en el asiento. Y mi amigo le decía que se callara, que no era momento. “No, si yo no digo nada, que a lo mejor es normal”, respondía. Y un señor, en el asiento de delante, se retorcía de la tensión. ¿Crueldad? Si yo hubiera estado en ese despegue y pudiera elegir cualquier situación que me aliviara la tensión que a buen seguro tendría, escogería estar con el primo de mi amigo. Nada mejor que una inyección así de humor para aliviar el miedo, borrar la psicosis y hacerte razonar.

Otro ejemplo: el otro día estuve en Roma y fui en avión, claro. De nuevo vi rostros de tensión, comentarios y hasta grititos en algún bache de aire al despegar. A lo mejor soy yo, que siempre me toca volar con pasajeros ‘extra tensos’. El caso es que de nuevo una atmósfera enrarecida se hizo dueña del vuelo. Poco o nada ayudaba una tripulación áspera en la que un azafato, ya en tierra, no dudó en gritar y echar la bronca a la gente, cuan profesor reprimido, por quitarse el cinturón antes de tiempo. El tipo perdió las formas de manera clara y se levantó entre gritos y aspavientos para reñir a todo el mundo que se había levantado. El colmo es que a mí también me cayó ‘pirula’, por culpa de la pasajera que llevaba al lado y que evitaré calificar de imbécil. Resulta que la tipa debía estar haciéndose pis, o algo así, y me pidió que le dejara pasar cuando el avión estaba a punto de aterrizar (azafatas ya sentadas con cinturón abrochado. Pista de aterrizaje a 40 metros). “No, no”, le dije con asombro por su petición. “Ahora no te puedes levantar”. Y se sentó. Cuando tomamos tierra y el avión se detuvo, se produjo el incidente del azafato, que pidió a la gente (aún con templaza) que se sentara, que aún no podíamos levantarnos. En esas estaba el azafato cuando la tipa de mi lado, ignorando las advertencias, volvió a pedirme pasar. Esta vez me dio rabia y me levanté con cara de: “¿pero tú no oyes lo que nos están diciendo, coño?”. La tía se levantó a coger la maleta, yo me senté, ella vio que todo el mundo regresaba a su sitio y dijo, sonriendo bovinamente: “Ah, hay que sentarse”. Resoplé y me volví a levantar para dejarle de nuevo pasar. En ese momento llegó el tornado del azafato y me llevó por delante a gritos: ¡que se siente!. Y yo, bueno, iba a chivarme, pero dije “sí, perdón”, y me senté.

Ya en mi asiento con la imbécil mirando por la ventanilla como si la cosa no fuera con ella, me acordé de unos azafatos que me tocaron en un vuelo de Easy Jet que lograron que tuviera el vuelo más agradable de mi vida (no como éste). Eran tres, y no pararon de hacer reír a la gente en todo el viaje (al menos yo me reí mucho). Uno de ellos cogió el micrófono aún en tierra y se presentó con tono serio y pausado: “Buenos días, bienvenidos a este vuelo destino Coruña, me llamo Rafa, soy el sobrecargo de este vuelo y éste de mi lado es Marco. No duden en pedirnos cualquier cosa. Al fondo está Manuel, al que recomendaría que no acudiesen porque es su primer día y no tiene ni idea”. Y dejó el micro, serio. El pasaje levantó al cabeza, turbado, pero nadie se atrevió a reírse abiertamente. Después el avión comenzó a rodar por la pista de Barajas. Diez, quince, veinte minutos avanzando lentamente por el infinito aeropuerto hasta que vuelve a oírse una voz seria: “Informamos a nuestros pasajeros que estamos entrando en la provincia de Burgos donde está situada nuestra pista de despegue. Gracias”. Yo aquí ya no pude evitar reírme abiertamente. El tipo no estaba dispuesto a decir nada en serio. Instrucciones de seguridad: Manuel, el supuesto novato del primer día, las da primero en gallego. Después lo hace en castellano exagerando el acento gallego y en tercer lugar lo hace en inglés marcando, todavía más, el acento. La gente no sabe muy bien qué pensar. Ya en el aire, a mitad de vuelo y sobre un manto de nubes, vuelve a escucharse una voz: “Señores pasajeros, si miran por las ventanillas de su derecha podrán contemplar la Catedral de Santiago. A su izquierda, la muralla de Lugo. Gracias”. Estamos a 5.000 metros de altura, sobre las nubes. Hay gente que mira por la ventanilla. Seria.

El avión comienza a descender. “Estamos aproximándonos al aeropuerto ‘internacional’ de Alvedro (nadie se inmuta) donde la temperatura es la típica de esta época en Coruña (enero.Llueve): 35 grados. Preparen gafas de sol y no olviden echarse la crema protectora. Gracias”. La gente, esta vez sí, se ríe. Y luego aplaude cuando nos ponen una canción al aterrizar. Lo cierto es que los tipos podían hacerte más o menos gracia, pero me hicieron pasar un vuelo muy agradable. Mucho pensé en ellos mientras nuestro ‘azafato-tornado’ gritaba y más aún mientras veía a la gente aferrarse al asiento en el despegue o gritar con los movimientos del avión. Un poco de humor hace falta aquí, suelo pensar. Como en todo, en realidad. Un poco de humor.

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