Cuando me da por pensar en la cuneta de una carretera

Supongo que es más o menos normal, pero me llamó la atención. En nuestro penúltimo día en la isla de Cerdeña, regresábamos en el coche desde la playa de Villasimius hasta la capital Cagliari, donde dormiríamos en una pensión de una desconfiada señora que tenía las escaleras llenas de alarmas para, por la mañana, coger un avión de regreso. Serpenteábamos por la estrecha carretera que rodea las montañas y te eleva sobre el mar cuando Carlotta, manos en el volante, dice: “Esto no acelera”. ¿Cómo? “Que no acelera, no tiene potencia”. No terminó esta frase cuando el coche se apagó. Con la inercia pudo hacerse mínimanente a un lado, pero ocupábamos prácticamente todo nuestro carril. Cuatro intermitentes y a intentar encenderlo. No había forma. ¿Será la batería? No parece, porque las luces funcionan. ¿La gasolina? Tampoco, porque el indicador ni siquiera señala reserva. ¿Entonces? Los coches se acumulan detrás y nos pitan. Es una carretera estrecha y sólo hemos dejado el carril del sentido contrario libre. Me bajo del coche y hago la señal de fin del partido a la tipa de detrás, que echa sapos sardos por la boca. Comprende, y adelanta. Detrás de ella, el resto. Cojo el triángulo y lo llevo hasta el comienzo de la recta. Desde ahora ya no nos pitan, comprenden que estamos en un apuro.

Llamo al número de emergencia apoyado en el capó del coche con el bañador azul de flores todavía húmedo: nos dicen que es la ‘benzina’ (gasolina), que el indicador debe estar mal y nos hemos quedado sin ella. “Tenéis una gasolinera a ocho kilómetros”. ¿Y?, le digo. ¿Qué insinúa este tipo con un acento sardo que me hace sudar para comprenderle? ¿Qué camine hasta una gasolinera por esta carretera del demonio llena de enajenados conductores italianos a 33 grados y en chanclas? Haga el favor usted de mandarme ayuda, que para eso pago por su maldito coche alquilado con el indicador de la gasolina mal. De acuerdo, ahora le llamo, me dice. Pasan los minutos y pasan los coches, uno detrás de otro. La gente vuelve de la playa y el tráfico es bastante denso, buena noticia para evitar que lleguen a nuestra recta demasiado rápido. Nueva llamada, es el tipo de emergencias. Viene él a traernos un bidón de gasolina. Estupendo. El diálogo de después es el que sigue: “¿Dónde estáis?”, me pregunta. “Ah pues… ni idea”. “¿Qué tenéis cerca?” “Nada. Absolutamente nada”. “Dime algo, lo que veas” Veo, en la curva, un raquítico palo de madera con una desaliñada bandera de Alemania colgando: “Veo una bandera de Alemania, pero claro, cómo vas a saber donde…” “Ah, estáis en Torre Esmeralda, donde la Escuela de Submarinismo. Voy para allá”. ¿Eso es la escuela de submarinismo? ¿Hasta qué punto conoce la isla este tipo?…. El problema es que el hombre está en el aeropuerto. Tardará dos horas. Mierda.

Quien dice dos horas dice tres, y más en Italia. No es fácil esperar tres horas tirado en medio de una estúpida carretera sin una casa o bar a menos de dos kilómetros. Es difícil dar una cifra, pero no debieron ser pocos los coches que nos adelantaron en tres horas de espera teniendo en cuenta que pasaban constantemente. Pongamos cinco al minuto, por hacer una media, con lo que resultaría que por nuestro lado pasaron aproximadamente 900 coches en tres horas de espera. He aquí lo que supongo que es más o menos normal pero que pese a ello me llamó la atención: de estos 900 coches sólo dos (y una moto) se tomaron la molestia de parar y preguntar si necesitábamos ayuda. Tres vehículos de 900 se plantearon que, tal vez, no estuviéramos en medio de la carretera por gusto. Insisto en lo de que se lo ‘plantearon’ porque creo, de verdad, que la gente ni siquiera se para a pensar que a lo mejor necesitas ayuda, aunque no la pidas. Durante un buen rato me dediqué a observar a los ocupantes de los coches que pasaba por nuestro lado, la mayoría de ellos muy lentamente porque debía invadir el carril contrario para sobrepasarnos. Todos ellos nos observaban despacio, distantes, como si fuéramos los leones de un safari. En realidad, sus miradas me hacían comprender que ni siquiera estaban parándose a pensar que necesitábamos ayuda. Simplemente veían un coche parado, un objeto más de decoración de la cuneta, que ni sentía ni padecía. Me esforcé por ponerme en el lugar del que pasa por al lado, y creo que tal vez me podría suceder lo mismo: “mira ese pobre coche que se ha quedado ahí tirado”. Y pasar por delante de ellos. Sin más. Da que pensar.

También pude comprobar que sus rostros reflejaban cómo había ido el día. Los había relajados, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento tras un reconfortante pero agotador día de playa. Estos apenas te miraban. Los había molestos por tu interrupción en la carretera. Éstos solían ir en coches buenos y te miraban como si fueras una curiosidad del paisaje. Había los que iban cantando y los que llevaban cara de pocos amigos porque debían tener prisa o porque conducir en Italia te pone cara de pocos amigos. Había los apiadados, que te miraban con cara de ‘lo siento, pero jamás pararé’ y los mejores eran los niños, que te miraban con los ojos enormemente abiertos y llenos de inocente curiosidad por tu situación.

El primero que nos ofreció ayuda apareció a los pocos minutos de pararnos. Una pareja joven, vestidos de una manera que generarían desconfianza en mi abuela. “¿Necesitáis una mano?”. No gracias, les dijimos. “Ya nos van a traer la gasolina”. En realidad ellos podían llevarnos hasta la gasolinera en un momento, pero nos parecía una faena para ellos, y preferíamos esperar. A la hora y media estábamos arrepentidos, claro. Tras dos horas y media volvimos a llamar al tipo, que entre disculpas nos dijo que estaba llegando. Después de eso otro chico joven, con gorra y lleno de tatuajes, nos vuelve a ofrecer ayuda. Se para y, desde su ventanilla, nos grita en sardo algo que suena como “abrodá”. En fin, por decir algo. No le entendemos y ponemos cara de que no le entendemos. Pasa al italiano y nos vuelve a ofrecer ayuda. “No gracias amigo, ya están llegando”. Y se va.

Aún pasaría media hora más y otros 150 coches hasta que llegó nuestro hombre del bidón. Irrumpió entre la oscuridad como un milagro salvador. Tras asegurar que los Fiat están hechos con los pies, echó la gasolina, nos pidió perdón y se fue. En ese momento otro joven detuvo su moto y volvió a preguntarnos si todo estaba ‘ok’. Fue el tercero y último que tuvo la consideración. Por fin arrancamos y reemprendimos el camino, ya de noche, y tras haber jugado a todos los juegos que se nos ocurrieron mientras una caravana desfilaba a nuestro lado. Incluso en ese momento, noche cerrada y aliviados por terminar la espera, incluso ahí, desconozco cuál hubiera sido mi reacción si a los pocos kilómetros nos hubiéramos cruzado con una pareja parada en la cuneta. Quiero pensar que, aunque fuese por obligación moral, hubiera parado. Da que pensar.

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2 comentarios en “Cuando me da por pensar en la cuneta de una carretera

  1. Asi leido se pasa rapido y con humor, pero no me imagino ese infierno de tres horas metido en un escaparate.jugasteis a veo veo y a palabras encadenadas?>En que se parece una carretera a mi mano?En que la carretera tiene “cuneta”, y que “cuneta” mano me rasco esta otra.saludos

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