Lamentaciones

Siempre que llegaba a trabajar, me lo encontraba agachado en un rincón apartado, muy encogido, apoyado contra la pared. Tenía un pequeño recipiente con arroz, o cus-cus, y comía con la mano como si protegiera su botín. A esa hora ya estaba bajando el sol. Era la única hora que Sharif podía comer, porque era Ramadán. Yo entraba y lo descubría comiendo en su rincón antes de empezar la jornada. Él me miraba, sonreía, y me ofrecía. Me ofrecía pese a que todas y cada una de las horas anteriores que habían discurrido hasta ese momento las había pasado en ayunas. Y cuando por fin llegaba el momento de saciar el devastador hambre que le oprimía, no podía permitirse más que un poco de arroz o cereales. Y aún así, me ofrecía. Así era su religión. Así la respetaba Sharif. Sharif era el único musulmán de entre todos los camareros del restaurante.

Durante unos meses inolvidables trabajé en un Fosters Hollywood. La gente con la que coincidí allí me ayudó, durante aquella etapa, a no lamentarme, a no autocompadecerme (al menos a no hacerlo demasiado). Al principio pensaba que tenía motivos para hacerlo, después comprendí que no.

Recuerdo que durante el tiempo en el que trabajé en este restaurante mis días empezaban como deberían terminar: dolorido, cansado y muerto de sueño. Sonaba el despertador, me incorporaba, me sentaba en la cama, y experimentaba la misma sensación que cuando te sientas en la cama por la noche, después de un largo día. Me dolían los músculos, no tenía fuerza y el sueño me aplastaba. Eran las diez de la mañana: nueve horas de restaurante me esperaban por delante. Ahí comenzaban mis lamentaciones.

Salía de casa sobre las diez y media de la mañana y cogía dos metros hasta la Plaza de Castilla (norte de Madrid). Allí enganchaba un autobús a San Sebastián de los Reyes, ciudad de las afueras de Madrid. Llegaba sobre las doce y media o una y comenzaba mi jornada. Terminaba a las cinco de la tarde y volvía a entrar a las ocho, con lo que no me daba tiempo a bajar a Madrid, así que comía por ahí y mataba el tiempo leyendo o escribiendo. Después regresaba al tajo hasta la una de la madrugada, hora a la que, corriendo y por los pelos, cogía el último autobús de regreso para llegar aún más justo al metro que solía esperar unos 14 minutos hasta llegar por fin a casa sobre las dos y media de la madrugada ni siquiera más cansado de lo que me había acostado. Ahí continuaban mis lamentaciones.

Mi situación, además, no era la mejor. Regresaba de un estupendo verano y tenía que sacarme un dinero sí o sí en esos primeros meses de un nuevo invierno en la capital. Así que acepté el primer trabajo que se me presentó mientras aclaraba mi vida y buscaba piso. Mi búsqueda de piso duró lo que duró mi etapa en el restaurante. Mientras trabajé me alojé primero en el piso de un amigo, después en el salón de mi ex piso y por último en el apartamento de una amiga. Ni siquiera, después de 14 horas de infierno, tenía donde caerme muerto. Ahí aumentaban mis lamentaciones.

Mi jornada de trabajo comenzaba con la preparación de mesas. Manteles, cubiertos y servilletas en todas las infinitas mesas del local. Cortar limones, preparar hielo, colocar platos, alinear sillas… sinfín de cosas hasta que comienzan a llegar los clientes. En mis primeros días, mi misión es sacar bebidas. Soy el sacador de bebidas. Un chico está llenando sin para vasos de cola, naranja, limón o cerveza y yo saco sin parar bandejas llenas de bebida a todas las mesas. Pesa. La bandeja pesa un huevo y, además, tengo que mantener el equilibrio. Lo más difícil se me presenta cuando llego a la mesa y tengo que ir dejando las bebidas sobre ella. Aguanto la pesada bandeja con una mano y mantengo el equilibrio al ir dejando los vasos uno a uno con la otra, luciendo una absurda genuflexión de rodillas y lengua fuera. Luego le pillas el truco, pero al principio compruebas horrorizado que como quites un vaso de un lado, la bandeja se vuelca sin piedad hacia el contrario. Cierto día, una chica, muy arreglada ella, quiso echarme una mano (o coger su bebida porque tenía sed) y me cogió su vaso de la bandeja. Atención amigos, nunca le hagáis esto a un camarero. Destrozaréis su centro de gravedad y puede ocurrir lo que ahí mismo me ocurrió: avalancha de vasos y botellas sobre la agradable y arreglada muchacha, cuyo grito apenas se escuchó debido al estruendo de los cristales. Silencio en el restaurante, todas las miradas clavadas en mí y (no es broma) en ese preciso instante termina la canción que sonaba. De película. El silencio es tan sepulcral que se oye mi estúpida voz pidiendo perdón y la histérica de ella diciendo que ni perdón ni leches, que le traiga algo para secarle. Y yo voy a por un trapo pero Iván, mi jefe, en una maniobra de calidad infinita, me dice que no vaya, y manda a otro, para que no tenga que volverme a encontrar con la víctima cara a cara, lo cual me alivia sobremanera. Le digo: “Iván, es que perdí el equilibrio”. E Iván, con su metro noventa y siete y su acento uruguayo me dice: “lo importante es no perder el equilibrio en la vida”. Y se va. Ojalá el vestido de aquella tipa siga manchado. Bueno, o no. Qué más da.

Ante mi fracaso como ‘saca-bebidas’, me pasaron a recogedor de cosas. El primer día tuve que meter todas las mesas de la terraza en el almacén. La paliza fue histórica. Me ayudó un chico de Parla que estaba deseando que le hicieran contrato fijo. Decía ‘niño’ cada tres palabras, me repetía todo el rato que le encantaba Galicia y aseguraba ser del Deportivo y del Celta. “Me encantan niño”, decía. “Eso es intolerable”, le contestaba yo. También tenía que recoger los platos de las mesas, cambiar las bebidas (algún día descubriréis qué es lo que bebéis cuando os sirven Coca-cola o Fanta de grifo, amigos míos) o subir el maldito barril de cerveza desde el almacén. Todas las tareas que supusiesen ir al almacén me gustaban, porque daba una pequeña vuelta bajo el sol, y me relajaba. Lo mismo me pasaba cuando tenía que barrer la terraza. Me veía ahí, en medio de la terraza, que estaba en la azotea, contemplando el paisaje en silencio, escoba en mano y disfrutaba de la brisa en la cara. Eso si Barranco no proponía partido de hockey con escobas y lata.

Mi siguiente fase fue de ‘saca-platos’. Yo sólo los sacaba de dos en dos, no quería repetir malas experiencias. Había compañeros, como ‘Choco’, un negro de metro ochenta y 90 kilos, pelo teñido de rojo y que me llamaba cariño y gritaba como una loca, que sacaban hasta ocho platos de una vez. En mi época de ‘saca-platos’ hice buenas migas con un dominicano que venía de trabajar de Italia, donde estaba su novia, pero a la vez acababa de tener un hijo en Santo Domingo, al que aún no había visto. En fin… La cosa es que cuando nos quedábamos hasta tarde recogiendo, fregando y barriendo, el tipo ponía una pedazo de salsa en un magnetofón de la transición y todos los dominicanos a bailar mientras limpiaban las freidoras. Un espectáculo. También conocí a Jaime, que decía que él y su novio eran una pareja abierta, pero que a veces, me reconocía costoso, se celaba.

De ‘saca-platos’, pasé a camarero. ¡Al fin! Camarero. En mi nueva condición conocí a la gente que me hizo comprender de verdad, pese a mis palizas y sudadas, que tenía que comerme mis lamentaciones. Primero por Daniel, un rumano que entraba de tarde porque venía de trabajar en la obra por la mañana. En la obra… Pegarle a ese tipo (yo lo hacía jugando a boxear con él) era como jugar a golpear la pared, ni más ni menos. Él jamás me daba a mí, sólo se reía. Daniel sólo tenía en común con Daniela el nombre. Ella era búlgara y consiguió un trabajo mejor mientras yo estaba allí, por lo que se despidió de todos nosotros contenta y brindando. Del chico colombiano no recuerdo el nombre. Cuando ambos terminábamos la jornada derreados, él se iba al VIPS de al lado a seguir trabajando como camarero. Otras cuatro o cinco horas. Hoy es el día en el que no tengo palabras para expresar lo que sentía al quitarme el delantal, agotado por el día, y ver cómo él se ponía el uniforme del VIPS para seguir allí. Dan ganas de no volver a quejarte por nada en la vida. “Pero es por una época, unos años”, me contaba. “Quiero volver”. Natalia también doblaba turno en el VIPS, pero no para regresar a Santo Domingo, sino para traer a su hijo, al que había tenido que dejar allí. Y también estaba Isabel, con la que hablaba en gallego porque era brasileña. Y se reía y me decía que eso no era gallego, que era portugués.

Sharif, el musulmán, quería traer a su novia. Hacía seis meses que no la veía y aún pasarían otros seis hasta encontrarse con ella. Me lo contaba en uno de los autobuses de regreso, ya de noche, con la cabeza apoyada en el cristal, como calculando los días que todavía faltaban… Lo mjor de Sharif era que sonreía permanentemente: tenía trabajo. Nunca me contó qué hacía antes de conseguir lo del Fosters. Tampoco quería insistirle. Era feliz sacando bebidas (me sustituyó haciendo que el puesto de ‘saca-bebidas’ diera un salto de calidad y eficacia gigantesco) y contagiaba optimismo. Sobre todo cuando llegaba vestuario por la tarde, dolorido, muerto de sueño, y me lo encontraba en un rincón comiendo arroz o cus-cus de un pequeño recipiente con la mano. Y me ofrecía. Ahí terminaban mis lamentaciones.

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3 comentarios en “Lamentaciones

  1. Debería denunciar una mujer a su marido, el cual ha llegado esta noche borracho y la ha dado varias bofetadas en la cara amén de una patada en la tripa, sabiendo ésta que a una vecina suya (que agradece tener un hombre que la lleve un sueldo a casa, que haría ella sin él, por Dios) el marido tiene la costumbre de ponerle un cuchillo en la nuez, patearla en el suelo hasta hacerla sangrar por la boca para finalizar la juerga con una meada en su cara?

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