Lo que no me pase a mí…

‘Hoy me pasó de todo’. Esta frase ya es mítica. O sus derivados. ‘Lo que no me pase a mí’, ‘hoy me tenía que haber quedado en la cama’, etcétera. Hay esos días. Esos días en los que te pasa de todo. No tienen porqué ser cosas necesariamente malas. A veces, simplemente te pasa de todo a lo largo de un día, es decir, todo tipo de cosas. Curiosas, raras, graciosas, extrañas en fin. Un día de esos tuve yo hace poco. Ni siquiera fue un día, fue una mañana. La mañana que me pasó de todo.

Si es que, lo que no me pase a mí…

Antes de acudir a una rueda de prensa tenía que pasar por la oficina de Correos (¿por qué no se hacen más chascarrillos con este nombre?). Un apacible día de primavera en Madrid en el que el sol te ayuda a desperezarte de la cama. ¿El sol? Sospeché antes de agarrar la cinta de la persiana que ese ruido repicante contra la ventana era lluvia, pero a estas alturas del mes me costaba creer que estuviera cayendo agua. Confirmado. La persiana abría un nuevo día ante mis ojos, un nuevo día gris y lluvioso, muy lluvioso. Pese a la lluvia, y por alguna razón que aún no comprendo y que afecta a una gran cantidad de heterosexuales de mi edad, no llevé paraguas. Primero, porque no tengo, y después porque, sí, lo admito, no sé manejar un paraguas. Me mojo igual y mojo a los demás.

Ir sin paraguas me costó llegar a la oficina de Correos empapado. Otra curiosidad de Madrid: no hay repisas. No te pegues a los edificios para no mojarte, no lograrás nada. Es más, te mojarás más: por la lluvia, y por las goteras.

No le culpo a ella. A la oronda y rechoncha funcionaria que me atendió. Tal vez el paquete que tenía que recoger estaba muy escondido, por eso tardó veinticinco interminables minutos en dármelo. Cada uno de esos veinticinco minutos de espera en la oficina de Correos, mojado, y llegando tarde a la rueda de prensa, fueron como una pesada gota de agua que se desprende muy poco a poco, como a cámara lenta, de un grifo, y cae en el desértico y polvoriento fondo de un cubo de la fregona que esperas llenar. Desesperante. Mi primera queja a los diez. Mi enfado a los quince. Por suerte, sobre el minuto diecisiete, por decir algo, llegó mi salvación. Un afable y menudo señor de avanzada edad y expresión cansada, jersey descuidado y calcetines blancos, se apoya en el mostrador y con un sonoro acento gallego pide enviar una carta. El señor de barba y gafas del otro lado, que sabe que llevo veinte minutos esperando por su incompetente compañera, le da un papel para que escriba la dirección. “Pero mire hombre”, le dice mi compatriota, “yo es que no sé escribir”. Y ante la acumulación de gente, el señor de barba y gafas mira la cola, me mira a mí, mira la cola, y después me mira de nuevo a mí. “De acuerdo”, pienso. “Lo haré”. Y mientras mi analfabeto compatriota me dicta con musicalidad la dirección, y como en un intercambio de favores, el señor de barba y gafas entra en el almacén, quita a la espesa colega de en medio, y localiza al instante el paquete que me entrega. “Gracias neniño”, dice el otro. De nada caballero. Y empiezo a caminar de nuevo bajo la lluvia. “Que día tan gallego”, pienso.

Mi llegada a la rueda de prensa fue absolutamente fílmica. A escasos metros de la puerta de entrada me trasladé a una película humorística de los años 20, tipo Chaplin o Buster Keaton. Bajo mi capucha miraba los números de los portales. Dos más y es el mío. En esos pensamientos estaba cuando un taxi pasa por mi lado provocando un tsumani perfecto, una ola digna de cualquier surfero, que rompe violenta en mis pantalones. El poema que se forma en mi cara es irrepetible. Noto el frío del agua sucia resbalando por mis piernas bajo los pesados vaqueros, cuya tonalidad es ahora mucho más oscura. Me giro y maldigo la vida del conductor hasta límites psicóticos. Después me calmo y sigo. “Portal 16, aquí es”. Vigilante de seguridad barrigudo en la puerta. Yo, empapado. “Hola, voy a una rueda de prensa en el Deustche Bank”, le digo quitándome respetuoso la capucha. “Me parece estupendo”. Y se queda callado. Nos miramos. Él con su barriga y su traje seco. Yo con mis vaqueros de seis kilos. “La sede de Deustche Bank es en el portal siguiente”, añade por fin. Vaya. Desde la perspectiva del tipo debió de ser alucinante. Un pobre hombre empapado, titubeante y encapuchado que se acerca, te mira y te informa de que va a una rueda de prensa en el Deustche Bank. Su respuesta de “me parece estupendo”, inmejorable.

No abandono la comedia de los años 20 cuando por fin llego al jodido Deustche Bank. Ante mí, una puerta giratoria enorme, de cristal. Pero un cristal impoluto, maliciosamente transparente. A mí nunca me había pasado, y siempre me costó entender a la gente que sí le pasó. Creo que es fácil distinguir dónde hay un cristal y dónde no hay nada para evitar un choque. Atención amigos, no en la puerta de Deustche Bank. No al menos para un distraído y mojado perdedor. Todavía no sé por qué me puse a comprobar una cosa en mi cuaderno mientras avanzaba ya dentro de la puerta giratoria. Con el rabillo del ojo vi que ya estaba en el otro lado, con el banco ante mí, y di un paso al frente. Noté como mis brazos se aplastaban contra algo, haciendo que el cuaderno se me cayese, y después mi tronco, y finalmente todo mi cuerpo chocaba torpemente contra algo que yo no veía, contra algo que alguien había puesto ahí. El cristal, claro. Choque seco, contundente. Además, nada más comprender que me había estrellado ridículamente, la siguiente puerta del invento giratorio me empujó con fuerza por la espalda, como diciéndome, “esto es una puerta giratoria maldita sea. Avanza. No me importa lo que te haya pasado”. Salí de aquella puerta asesina apaleado. Y, tras decirle a un nuevo guardia de seguridad que de verdad no me había hecho daño, que estaba bien, me presenté finalmente en la rueda de prensa. Tarde, mojado, y golpeado. Pero llegué. “Qué mañanita joder”, pensé.

La presentación empezó mal. Uno de los ponentes se llamaba Carlos Tercero. Mierda. Esto me distrae, me descentra. Es un nombre muy gracioso. Joder, ¿por qué sus padres le llamaron Carlos sabiendo el apellido? ¿Qué clases de padres hay en el mundo? Cuánta insensibilidad. Me recuerda a una compañera de trabajo que se apellida Juliá y se llama Julia. Julia Juliá. Pero bueno, ¿es que no hay más nombres? Lo peor de la rueda de prensa era cuando le daban la palabra. “Ahora Carlos Tercero os hablará sobre los pormenores de los datos…”. Madre mía, me estoy riendo solo. Soy un infeliz. Aquí empapado y golpeado, y riéndome a escondidas como un imbécil porque el tipo se llama Carlos Tercero. “Esa pregunta mejor que te la responda Carlos Tercero”, dice otro. Joder, que acabe ya esto.

El colofón lo pone un señor que atiende concienciado en primera fila. Una parte de la rueda de prensa explica cómo el susodicho banco ya tiene una oficina en el juego virtual ‘Second Life’. Este juego reproduce un mundo virtual en el que tú creas un personaje y te dedicas sencillamente a vivir. Como es en línea, los personajes con los que interactúas en el juego son otras personas reales que también han creado sus propios avatares. Puedes comprarte una casa, ir en coche, comprar cosas, etcétera. Es un completo mundo virtual para que lleves una vida paralela. La explicación debe escapársele un poco al señor de primera fila, cuya edad supera con mucho la época virtual. Su gesto se convierte en extrañeza. No está comprendiendo bien de qué va este asunto. El tipo de al lado de Carlos Tercero explica que dos días a la semana, una par de horas cada día, dos avatares virtuales de dos economistas de la entidad responderán y atenderán las dudas bancarias de los habitantes de Second Life. “Para ejemplificarlo”, dice, “mi colega va a irse un momento a otra estancia y desde aquí veremos cómo atiende en la oficina de Second Life”. El tipo se levanta y se va (a otra estancia donde hay un ordenador, deduzco) bajo la atenta mirada del señor de primera fila, cuyo gesto ya es de asombro. De pronto su doble virtual, muy parecido gráficamente a él, aparece en una enorme pantalla donde se proyecta el juego. “Hola, ya estoy aquí”, dice. “Ya se ha teletransportado”, bromea el hombre que se ha quedado con nosotros. La cara del señor se desencaja. No entiende nada. El abismo generacional vuelve a presentarse ante mí por segunda vez esta mañana. De nuevo, me empieza a dar la risa. Otra vez… Terminan la charla virtual y el chico regresa con nosotros. El hombre le sigue con la expresión de un niño que asiste a una sesión de magia. Ya le da igual el juego, le da igual la rueda de prensa y el banco. El hombre parece querer saber únicamente, cómo ha hecho ese tío para llegar a ese mundo virtual.

A mi salida de la rueda de prensa ya no me pasó nada. El día fue tranquilizándose después de abismos generacionales, choques, mojaduras, esperas… Eso sí, al llegar al periódico, miré a mis compañeros y les dije, como no: “hoy me pasó de todo”.

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4 comentarios en “Lo que no me pase a mí…

  1. Anónimo dijo:

    En qué te basas para llamar a un gallego compatriota? En que Galicia es una nación? Viva el republicanismo centralista y de izquierdas, no esas corrientes pseudonacionalistas seguidas ciegamente por alumnos de una educación regionalista que falsea la historia y hace pensar a las futuras generaciones que, por ejemplo, los gallegos tienen unos vínculos propios más allá de los culturales. Existe la cultura gallega, no la patria, ni la nación, ni el país gallego. Si ese país se puede reivindicar, yo apuesto también de paso por pedir que tunez reclame sus derechos sobre España por la influencia cartaginesa, que Italia pida la anexión de Merida o Zaragoza y, ya de paso, que los países del norte reclamen su porción de Galicia por la influencia Celta.Fdo: El Jabalí de Tora Bora

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