Joaquín

El otro día me lo encontré en el metro. No lo vi hasta pasado un buen rato. Y eso que en el metro me suelo fijar bastante en la gente que me rodea, los observo. Pero es que no lo reconocí. Fue mi jefe durante mi época como empleado del VIPS. Bueno, uno de mis jefes. Sólo hay algo peor que tener un jefe. Es tener muchos. Y en el VIPS había varios encargados de tienda. Este, que ahora estaba enfrente de mí, en el vagón, de pie, a escasos dos metros, era uno de ellos.

Se llamaba Joaquín. Se llama Joaquín. Un tipo de altura media y obesidad extraordinaria. Más que obesidad, barriga. Una enorme, amplísima barriga le cuelga como una bolsa gigante llena de agua. Rebosaba por encima de su pantalón negro de encargado haciendo que la tela de la camisa se extendiese como un tapete de billar. En sus movimientos se le notaba que el sobresaliente barrigón le pesaba. Todos sus gestos estaban condicionados por la carga extra. Agacharse a por un periódico, girarse, incluso mover los brazos para cobrar en caja. Todos tenían que contar con la molesta y contundente bolsa de agua. Sus maniobras se ralentizaban y, cualquier cosa que hiciera, por mínima que fuera, le hacia sudar. Por eso llevaba siempre un pañuelo de tela en la mano, como Pavarotti, con el que se secaba la frente después de caminar, o agacharse a por una caja. No era muy agraciado. Una importante nariz sobre dos pequeños ojos y unas facciones difíciles. Nada exagerado, tampoco. Es joven. Tiene unos 35 años, no más, y pese a su mórbido abdomen, siempre pareció un tío sano. Su ánimo, además, estaba siempre arriba, siempre con energía.

A su buen estado de ánimo contribuía, supongo, que la vida le sonreía. Tenía un buen puesto en el VIPS, y parecía feliz con lo que la posición de encargado le aportaba. Colmaba sus expectativas. Se lo tomaba muy en serio, era tenaz y riguroso. Cumplía con todas sus obligaciones sin saltarse ni la más mínima norma y daba parte del día al gerente con la seriedad de un soldado novato a su sargento. En realidad, a mi siempre me pareció eso. Un tipo bonachón y feliz que se siente importante como encargado de tarde en el VIPS. Que no admite sonrisas mientras desempeña su labor porque no encaja en su cerebro la ecuación ‘trabajo-risa’ pero que de cuando en cuando contaba un chiste para templar gaitas y animar a sus muchachos. Yo le reía los chistes y aceptaba sus consejos de veterano del VIPS. Y comprobaba como, cuanto más le seguía la corriente, más crecía su autoestima.

También tenía una novia. Lo cierto es que era una chica bastante guapa. Era mucho más joven que él, tenía 19 años. Siempre arreglada y atractiva. La crueldad asomaba en los comentarios de muchos empleados: “qué hace con ese….”, en fin, lo típico, aunque de verdad la preguntaba te asaltaba al verla. Joaquín siempre me hablaba bastante de su chica. Lo hacía, de nuevo, con su aparente seguridad, con su máscara de aplomo. Pero en sus frases, enormes dudas se filtraban para quien las quisiera ver. “La edad no importa. Mira Almudena y yo. Hombre, yo sé que es difícil, ella estudia, y le apetece salir, pero yo llego cansado del trabajo y me apetece descansar, ver una peli… ¿no? Pero estamos bien”. Y yo le decía que sí, que es normal, pero que no tiene importancia. Y él se hinchaba de seguridad.

Pese a todo esto, o tal vez por todo esto, desde el primer día que lo ví, supe que sobre Joaquín planeaba la desgracia. Que algo malo le iba a ocurrir a este tipo inocente y trabajador. Tontorrón y bonachón. Legal e inseguro. Digno y tembloroso. Vi en él un castillo de naipes que se creía una fortaleza de hormigón. Joaquín no quería ver su fragilidad. O no podía. ¿Y quién puede? Nadie puede.

Una tarde, mientras cobraba a un cliente, escuché al gerente de la tienda hablando con otro encargado. No sé bien de qué hablaban. Sólo recuerdo frases del tipo “joder, mira que se lo he dicho veces. Pues en la puta vida lo hace. Es que es un desastre joder”. Y el otro encargado, como metiendo cizaña. “Es increíble”, decía. Hablaban de Joaquín. Y me reafirmaba en mis miedos, y veía a Joaquín haciendo equilibrios sobre un cable, enfrente de mi caja, con el abismo negro debajo. Y veía también que alguien iba a empujar al pobre Joaquín, y que se iba a caer. En picado. Sin freno.

Otros días Joaquín me hablaba de su coche. Me contaba que estaba cerca de terminar de pagarlo. Le encantaba conducir. Tenía un pasatiempo, que era perderse callejeando por los barrios de Madrid. Me aseguraba que conocía Madrid entero, que podía callejear por toda la ciudad. Estaba orgulloso de su conducción. De su coche, con el que iba a recoger a su guapa novia. Y yo le miraba, y sonreía y le daba la razón en todo. Y él se crecía. Su coche, su novia… pero como se crece un niño si marca dos goles en el recreo. Yo seguía viendo fugas de inseguridad en todas sus frases. Y mis presentimientos se hacían fuertes.

Era una tarde demasiado oscura para ser primavera. Yo entraba en la tienda cuando se me acercó un compañero. “¿Viste lo que le pasó a Joaquín?”. Le dije que no con la cabeza, esperando. “Le robaron el coche”. “¿El coche?”. Mi compañero se reía. Casi todos se reían. “Y de la manera más patética. Un yonqui entró por la puerta del almacén, llegó hasta la oficina, metió la mano en el bolsillo de la primera chaqueta que vio colgada en una silla (la de Joaquín, claro) y se largó con unas llaves”. Antes de que Joaquín se diera cuenta, el yonqui ya había probado las cerraduras de toda la manzana hasta topar con su coche. El que estaba a punto de terminar de pagar. Por la tarde me lo contó el propio Joaquín. De nuevo como un adolescente hermético, quitándole hierro al asunto. Maquillando los hechos. Pero estaba hecho polvo. Su coche apareció destrozado días después. “Me voy a comprar otro”, me dijo Joaquín. Empezaba la caída, pensé.

Pocos días después de aquello yo me fui del VIPS. El resto de noticias sobre Joaquín, que empezaron a caer como una cascada, me llegaron ya en forma de avisos y rumores distorsionados por la distancia.

Me contaron que a los pocos meses de mi salida tuvo un ataque de gota, o algo así, que le retuvo en casa durante mucho tiempo, sin poder moverse. Y que, aprovechando su baja, planeaban despedirle. Escuché también que, en ese mismo período, su novia le dejó. Que entró en una fuerte depresión y que tuvo que pedir más meses de baja. Me explicaba un compañero que ya era imposible que volviese como encargado, que volvería como camarero, o empleado de tienda. Y que esto era humillante, y que ya se lo habían dicho, aún estando de baja. Y a cada nueva desgracia que llegaba a mis oídos, yo me imaginaba a Joaquín explicándomela, tranquilo, serio, orgulloso como un adolescente al que le llueven los palos pero que, ante todo, no da señales de debilidad.

Las noticias se dilataron en el tiempo, pero me siguieron llegando. La desgracia que vi planear desde el primer momento se cebaba finalmente con Joaquín. Aunque todo era ahora más confuso y dudoso. Que se había ido de la ciudad. Que lo habían humillado. Que estaba más gordo que nunca. Que se había suicidado… Hace año y medio dejé de escuchar cosas de él. Se terminaron definitivamente las noticias. Y la verdad es que, con los meses, lo olvidé. Olvidé a Joaquín y su equilibrio sobre el cable, con el abismo bajo sus pies. Olvidé esa inseguridad mal disimulada, como un niño ‘fardón’ en el colegio que llora cada noche en la oscuridad de su cama. Olvidé los malos presentimientos que me transmitió desde el primer momento. Olvidé el miedo que me daba su futuro, casi la pena que me daba su vulnerabilidad. Olvidé cómo se confirmó todo esto y cayó en el más negro de los abismos. Olvidé cómo una persona puede destrozarse, así, sin más.

El otro día me lo encontré en el metro. No lo vi hasta pasado un buen rato. Y eso que en el metro me suelo fijar bastante en la gente que me rodea, los observo. Pero es que no lo reconocí. Tardé bastante en hacerlo. Yo iba al aeropuerto. Él también, llevaba una maleta. Después de dos o tres paradas, me fijé al fin en él. Esa cara… sí, era Joaquín. Coño, Joaquín…

Estaba raro. Rarísimo. Tenía el pelo completamente blanco. Cuando yo le conocí ni siquiera tenía canas. Hasta las pestañas eran blancas. En la cara sufría un tic. Movía la boca y parpadeaba compulsivamente. Su cuerpo también era diferente. La barriga había disminuido llamativamente y transmitía debilidad. Parecía que le habían pasado 30 años por encima, como una apisonadora. Parecía el desperdicio del Joaquín que yo había conocido. Sin embargo, y como siempre, él resistía. Miraba un mapa del metro con cara de seriedad, de autoconfianza total, haciendo que no me reconocía. Fruncía el ceño, como si tuviera prisa. Intentaba, como siempre, ser el tipo entero y seguro que creía ser. Pero esta vez ya no se podía disimular. Sus ojos estaban arrasados. Arrasados por la tristeza. Una tristeza que se me clavó en el estómago al verlo y que me hizo estremecer. No llegamos a hablar.

No tengo ni idea de lo que le pasó tras los últimos rumores que escuché sobre él, hace año y medio. Sea lo que sea, al verlo, comprendí que la desgracia, efectivamente, se había tirado en picado sobre él. Y lo había destrozado. El castillo de naipes se derrumbó. Pero su gesto seguía igual. Seguro. Confiado. Firme. Pase lo que pase. Joaquín es una fortaleza de hormigón pase lo que pase.

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