Gente VIP

Mi primer trabajo en Madrid fue como dependiente en una tienda de la cadena VIPS. Llevaba un ‘niki’ rojo (¿se dice niki en todas las partes de España?) metido por dentro de un pantalón negro. Hacía años que no iba tan guapo. A las siete de la tarde salía de clase muerto de hambre, cogía un autobús que tardaba 40 minutos sin atasco y llegaba a la tienda con mi mochila a la espalda. Me ponía el uniforme en un vestuario frío, con alguna grieta y muchas pintadas en los azulejos blancos. Dejaba mi ropa en una taquilla rota que no cerraba y me colaba en la cocina de la cafetería (los VIPS son tiendas y cafeterías, ¡uau!) donde ‘robaba’ alguna hamburguesa y filete. Después, ya sí, trabajaba.

Cobraba en caja, atendía a los clientes, reponía, colocaba material, ordenaba la tienda… en fin, más o menos esas eran mis tareas. Las mías y las de Beni, una pequeña ecuatoriana con problemas de amores crónicos; las de Israel, un chico que, con 20 años, ya había dejado y retomado los estudios un par de veces, ya había emigrado desde Ecuador y vuelto a visitar su país unas tres, ya había dejado de fumar cuatro veces y ya había trabajado en la obra, en el campo y la hostelería. Supongo que esos 20 años equivalen a 30 europeos. También eran las tareas de Ramiro, un buen amigo argentino al que conocí recién emigrado de Buenos Aires. Es toda una experiencia conocer a alguien que acaba de aterrizar en un mundo nuevo para buscarse la vida, observar su adaptación y echarle una mano, claro. La mejor que le eché fue cuando le invité a Coruña y comimos tortilla de patata, mejillones y pulpo. Se giraba, con la boca aún llena de comida, y me decía, casi susurrando para que no le oyesen, “pibe, qué bueno esto. Qué bueno…”

Oxana era una de las encargadas de tienda. Una mujer ucraniana capaz de vencer a un grupo de hombres de estatura media en una pelea sin armas. Con los meses y la confianza me contó que había llegado a España en un coche con otros seis ucranianos, atravesando ilegalmente la frontera a través de los Pirineos. Kiev-Madrid, en coche. Seis personas. Supongo que no era un todoterreno. Y supongo que no iban por la autopista. Lo que mejor recuerda, me contó, son los paisajes al atravesar los Pirineos. Hoy es legal y trabajaba como una mula. Se ve que, al final, algún que otro inmigrante sí se puso a trabajar después de que los legalizaran en masa.

Safir era marroquí. El primer día que entró a trabajar vio que yo miraba su reloj y me lo ofreció por 100 euros. Verídico. Si no me convencía, tenía más. Con Safir terminé llevándome muy bien. Una tarde me contó que había pedido dos días libres porque tenía que ir a Tetuán, su ciudad en Marruecos, a buscar a su novia y traerla a Madrid. En coche. Pero la empresa sólo le dio uno. Así que Safir montó en su coche de madrugada rumbo a Tetuán, llegó por la tarde, cogió a su novia, regresó por la noche, y a media mañana él, su reloj y su sonrisa, estaban detrás del mostrador de la tienda.

El gerente de la tienda se llamaba Antonio. Pelo blanco y movimientos bruscos. Casi sesenta años. Siempre bromeando, siempre activo. Su fama de ‘facha’ se la ganaba frase a frase. Un día hubo en la calle de enfrente de la tienda una pelea entre un grupo de cameruneses y rumanos. “¿Viste lo que pasó Antonio?”, le dijo alguien. “Lo que hay que hacer es que venga la policía y limpie todo esto”, respondió él. Era llamativo, porque todas sus frases las hacía delante de sus empleados, en un 90% inmigrantes de otras razas. Pero la vida real es así, y nadie se molestó jamás. Tal vez porque todos sabía que, en cualquier circunstancia, y pese a todas sus frases, Antonio daba la cara y algo más por cualquier de nosotros. Por cualquiera de sus empleados. Un día estábamos los dos en el mostrador, recontando el dinero de las cajas. Enfrente estaba un vigilante de seguridad nuevo, era su segundo día. Era negrísimo, casi azul. Le pregunté a Antonio de dónde era el nuevo vigilante. “¿Ese?”, me dijo. “De la selva, ¿no lo ves?”, y se rió. Yo también me reí. Después levantó la cabeza y le preguntó “¿De dónde eres?”. Y el vigilante respondió. “Del Congo”. Mi jefe me miró y me dijo. “¿Ves?”.

Los clientes eran el otro foco de mi atención. Por la ubicación de la tienda puede decirse que eran ‘gente bien’. Había personas muy majas, con la que te parabas a charlar un rato, y había personas simplemente alucinantes, como el tipo al que Ramiro le apoyó la barra de pan que iba a comprar en el mostrador para cobrarle y le exigió que se la cambiase, por antihigénico. No quedaban más, así que la dejó y se fue sin ver a Ramiro escondido detrás de la caja, sin poder parar de reirse. Otra señora me pidió que le envolviese un sándwich para regalo y una tercera entró furiosa en la tienda reclamando atención a gritos. Se plantó ante Israel y le preguntó desafiante: “¿Eres español?”. “No señora, soy ecuatoriano”, respondió. Rostro de enfado. Se giró hacia mí, ya obcecada por el cabreo: “¿Eres español?”. “Soy gallego señora”. Parece que nueva decepción porque se gira a un tercero y le grita, “¿Eres español?”. “Sí”, respondió el encargado. Y entonces sí, comenzó su bronca. “Cielos”, dijo Israel.

Dani era el encargado de cocina. Era de Bucarets y siempre me dibujaba en una servilleta, mientras cenábamos en el comedor, el estadio del Rapid de Bucarest. Me detallaba en qué grada se ubicaban los ultras. Y después me pedía que yo le dibujara Riazor, y que le detallara en qué grada estaban los ultras del Depor. Un día me preguntó si le prestaba 50 euros. Le dije que no podía. A lo mejor sí que podía.

Gabriel era venezolano. Estudiaba en la Complutense y sabía todo de fútbol. Todo. Pidió las vacaciones los días del Mundial. Con Gabriel siempre echaba carreras de carros por el pasillo del almacén. Cada noche llegaban tres jaulas de dos metros de altura cargadas de mercancía. Y teníamos que llevarlas al almacén. Era menos aburrido darse impulso, subirnos y que rodaran pasillo abajo. No entiendo cómo nunca hubo un accidente.

Cris era licenciada en Ciencias Políticas y estaba acabando Derecho. Quería sacarse un dinerillo los fines de semana en el VIPS. Era de Toledo. Rubita y muy linda. En primavera, con la feria del libro, sacamos unas mesas a la calle y las llenamos de libros para venderlos. Cris se encargaba de estar fuera, vigilándolos y ofreciéndolos. Y yo aprovechaba cualquier excusa para salir también y ligar con ella bajo el sol de Madrid. Cogía un libro cualquiera, miraba de reojo comprobando dónde estaba Oxana, y salía a la calle como si faltase en la mesa, entre trescientos libros, el que yo llevaba en la mano. Después me quedaba charlando con Cris hasta que un brusco acento del Este irrumpía en mis oídos. “Todos queremos estar fuera Nacho”. Y la enorme figura de Oxana esperándome en la puerta para que volviese a entrar. Al poco rato volvía a intentarlo. Y Cris se reía.

Manolo era el guardia de seguridad. Dominicano. Una bestia. Aunque su bíceps no era tan grande como su corazón. Cuánto músculo y cuánta bondad. Le fascinaba Galicia, quería conocerla, sobre todo ver los barcos pesqueros, las gaviotas, las redes, los muelles. No sé por qué le fascinaba el mundo portuario. “Todo lo que nos da el mar…”, me decía. Me abrasaba a preguntas. Y siempre se reía con mis respuestas. Manolo se reía por todo. Siempre a carcajadas. Su enorme torso agitaba sus músculos con cada risotada. Un día cogí un globo de los que decoran la tienda, absorbí su helio, y le dí los buenos días a una señora con la voz más aguda y metálica que pueda haber. Manolo, que no se lo esperaba, estalló en una risa que inundó toda la tienda. Lloraba mientras la señora seguía a lo suyo, sin haberse dado cuenta. Tuvo que irse al baño, porque se ahogaba. Su enorme cuerpo se ahogaba con al risa.

Gian Carlo entraba en el siguiente turno de vigilante. Tenía gafas y hablaba como si le hubiesen dado una patada en los huevos. Pese a su nombre era peruano. Peruano y ladrón. El ladrón más fino que había al Oeste de Madrid. Sí, era el vigilante. Pero desvalijaba la sección de DVD´S como nadie. Se daba un paseo, cogía unos cuantos, los dejaba en el baño, y antes de irse se los llevaba todos. Por descontado nos daba carta blanca para que nos llevásemos lo que quisiéramos. “Cuidado con los de estreno, tienen alarma”, nos decía con su voz de gallo Claudio.

Cerrábamos a las dos de la mañana. Recontaba el dinero de las cajas, me volvía a cambiar en el vestuario, y salía de la tienda mochila al hombro. Los músculos algo cansados y los pies un poco doloridos. En la parada, el autobús nocturno no solía tardar. A veces, en lugar de ir a la parada, aparecía mi amigo Jacobo en la puerta, cerveza en mano, y me decía: “Vámonos de fiesta”. Y nos íbamos de fiesta.

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7 comentarios en “Gente VIP

  1. Anónimo dijo:

    Muy real de descripción que haces de esa gente “VIP”.No me había percatado anteriormente de que existen otras personas “VIP” muy diferentes de las que se han definido con ese título con caracter exclusivo,Eres inteligente y muy buen escritor para conseguir la muy dificil cualidad de que los lectores se enganchen. En horabuena

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  2. Anónimo dijo:

    Eres inteligente y muy buen escritor. Y dicen que eres capaz de beberte medio tanque de Estrella Galicia en el tiempo que tarda un coche en llegar de Oleiros a Coruña. ¿Es eso cierto? repito, ¿Es eso cierto?

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  3. Me encantoMuy tu, me parece para lo poco que te conoci..Estaba deseando seguir leyendo para saber que habia dentro de ese VIP..Me hubiera gustado haberte oido cuando hacias lo del globo, solo pensarlo o leerlo aqui ya me rio a carcajadas, tanto que mis compañeras estan un poco intrigadas con que estoy haciendo en vez de currar.Muchas gracias

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