La batalla de Tirso

La primera señal la ví el miércoles (que día más vulgar). Era un cartel pegado en la plaza Tirso de Molina, al lado de mi calle, en Madrid. “¡Cuidado!”, decía en letras rojas. Y debajo el cartel explicaba que el viernes, un partido fascista había convocado un mitin en el barrio y que eran unos nazis y que era intolerable. Lo firmaba la Coordinadora Antifascista. En ese momento pensé que ese grande y rojo “cuidado” se refería al mitin en sí, al peligro que entrañaba el acto fascista del viernes. Pero después descubrí que no. Que era un “cuidado” de otro tipo. Algo así como, “cuidado, porque hay un mitin fascista en nuestro barrio y nos vamos a encargar de que no se celebre”.

En el barrio donde vivo ahora, los carteles, pintadas y referencias comunistas y anarquistas son el decorado habitual del mobiliario urbano. La CNT tiene su sede aquí, también la mentada Coordinadora Antifascista. Es uno de los barrios con más inmigrantes y gente joven. Los domingos en el rastro, mi calle es la sede de la venta de parafernalia comunista y republicana. La plaza de al lado es donde se reúnen todos los punkis y antisistemas de Madrid. Por momentos, ves más chinos, negros y moros que blanquitos… Habrá quien vea en todo esto signos de inseguridad, pero lo cierto es que es un barrio muy tranquilo y apacible. Menos cuando un partido fascista decide celebrar su mitin en él. Entonces, sólo cabe una conclusión: “Se va a liar”.

Conociendo la realidad social de la zona, no sé en qué estaba pensando el delegado del gobierno al autorizar el mitin aquí. O sí. Hay quien dice que al PSOE le venía bien una dosis de inseguridad callejera a pocos días de las elecciones.

Mis presagios aumentaron la mañana del jueves. Muerto de sueño, porque eran las diez de la mañana, atravesé con mi empanada habitual Tirso de Molina, escenario al día siguiente del mitin. Segunda señal: la plaza estaba repleta de pintadas y advertencias. “Nazis fuera del barrio” y similares consignas en enormes pintadas y murales que ‘decoraban’ todas las paredes. En la boca de metro, a modo de bienvenida para los invitados no deseados que se esperaban, una enorme esvástica tachada pintada en el suelo. Yo pensé aún más fuerte, “mañana, se va a liar”.

Y se lió. Los viernes suelo regresar pronto de trabajar. A las seis o siete ya me escapo. Pero ese viernes terminé más tarde. Y, pese a tanto cartel y pintada, pese a tanto razonamiento profundo de “se va a liar”, cuando regresaba en metro no recordaba el asunto este. Así que me sorprendí bastante cuando se abrieron las puertas del vagón y pude comprobar que, el andén, estaba lleno de humo. Nada más ver y oler el humo un rótulo de neón de letras grandes y rojas como las del cartel se encendieron en mi cabeza. ¡Cuidado! Ascendí algo nervioso por las escaleras y superé los tornos de salida. En la puerta, aún dentro de la estación, la gente esperaba con los jerseys subidos tapándose la boca y la nariz. Una amenazante humareda entraba desde fuera. Abrí las puertas y subí las últimas escaleras, las que dan a la calle. No quería, pero ahí ya me vi obligado a taparme la boca para respirar. En las escaleras, supongo que por la corriente de aire que se forma en las bocas de metro, el humo se concentraba y casi no dejaba ver nada. Lo tenías que atravesar a ciegas y, de pronto, la cortina se separaba y ante ti aparecía la batalla. En mi caso, cuando el humo empezó a disiparse, levanté la mirada y, de pie sobre la esvástica enorme tachada del suelo, me encontré la no menos pequeña figura de un policía con una enorme escopeta de bolas en la mano. Detrás de él, las imágenes se sucedían como flashes. Carreras, humo, contendores ardiendo, coches rotos, furgonetas de policía, gente a la carrera. ¿Cómo llego yo a mi casa? “Tengo que ir a esa calle, vivo ahí”, le dije al policía. Con cara de muy pocos amigos me dijo, “si no quieres recibir un bolazo, no vayas por ahí. Da la vuelta por la otra calle”. Y di la vuelta por la otra calle.

En la plaza ni mitin, ni ná. Sólo policía y estruendo. La situación, según me enteré luego, era la siguiente: en la plaza ni empezó el mitin. Los ‘fascistas’ que se acercaron fueron recluidos por la policía en un grupúsculo y echados del lugar mientras, por otro lado, se abría una batalla campal entre policía y ‘antifascistas’, que formaron una barricada de contenedores ardientes justo delante de mi portal. No había calle, no.

Así que di la vuelta a la manzana con la intención de ganar mi calle por el otro lado. Caminaba pues, entre señoras con cara de infarto y gente que no entendía de qué iba el asunto, hacia la otra entrada de mi calle cuando, de pronto, como una manada de mandriles africanos, doblan la esquina un grupo de unos cien chavales con una media de edad de 18 años. Todas sus caras tapadas y algunos incluso con cascos de moto. Gritaban como posesos con palos y bates de béisbol: “¡A por los nazis!” (que ya estaban en su casa). Se pararon a la entrada de la calle, enfrente de mí. Frenaron y gritaron aún más. Uno de ellos, con una increíble habilidad, tumbó tres contenedores de reciclaje a una mano, y les prendió fuego con una facilidad similar a las explosiones de coches en el Equipo A. Otro, mientras, se puso delante de las lunas de una sucursal de banco y se las bajó con tres pedradas certeras. Todo en medio minuto. Yo di la vuelta pensando, “pues por aquí, va a ser que tampoco”. Y en medio de mis pensamientos (yo sólo quería llegar a mi casa porque, además, tenía algo de prisa) aparece un grupo de gorilas de montaña por la otra esquina. Unos cien policías armados hasta los dientes se plantan de nuevo enfrente de mí. En ese momento me sentí exactamente como Buscapé en la última secuencia de Ciudad de Dios. Sólo que sin cámara de fotos. Soy el queso de un sándwich. Esto es, sin duda, meterse en la boca del lobo antes de que se cierre. Mandriles o gorilas. ¿Hacia dónde voy? Mandriles, claro. Los gorilas pegan a discreción. Y lo que me faltaba era llevarme un palo. Así que me introduje entre los joviales muchachos que ahora la tomaban con un coche de bomberos. Logré superar su barrera y alcancé la perpendicular. Agilicé mi paso tras girar la cabeza y comprobar que, la manada de ‘antifascistas’, comenzaba a caminar como siguiéndome. ¿Es una broma? El sonido de disparos de bolas de fondo me hizo comprender. La policía comenzó a cargar y los chicos a correr… en mi dirección. Así que, increíble pero cierto, empecé a correr también, huyendo como uno más mientras pensaba, “yo ya no tengo edad para esto”. Por suerte ellos dejaron de correr y volvieron a la carga. Yo, mientras tanto, llegué a la entrada de mi calle.

Ahí había otra colección de policías esta vez, rodeados de un enjambre de cámaras de televisión y fotógrafos. Me acerqué despacio a un policía. Muy despacio, como quien se acerca a un animal herido para comprobar que ya no respira. Movimientos que le permitieran comprender que no hacía falta pegarme. Y le pregunté, “agente (me encanta llamarles agente) ¿puedo pasar?”. Él gruñó que esperara un poco, que estaban apagando unos fuegos. “Unos fuegos”, joder… Mientras esperaba, miré a mi alrededor. Pequeñas hogueras a lo largo de toda la calle perpendicular a la mia. Coches rotos y toda la basura de los contenedores esparcida por el asfalto. Un panorama de lo más ordenado si lo comparamos con el que me encontré al acceder, por fin, a mi calle. Eso sí que era el caos. No quedaba un solo coche en toda la calle que no estuviera destrozado de alguna manera. Dos, incluso, estaban calcinados. Escaparates rotos, boquetes en el suelo, montones de basura reducida a cenizas, contenedores destrozados… y una cabina de vender cupones de la ONCE, intacta. Qué respeto, oye. Cuando metía la llave en mi portal, con sirenas y disparos de fondo, me suena el móvil. Mi madre. Huele el peligro como un sabueso. “¡Hijo! ¿Dónde estás? En el telediario están poniendo imágenes de tu barrio. ¡De tu calle! Hay muchísimo follón!”. “Tranquila mamá. Ya sabes, los periodistas, que exageran siempre”.

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