El mundo es una cosa, Italia es otra

De Italia se pueden decir millones de cosas, pero ninguna la va a definir. O al menos no la va a definir completamente. Una de las definiciones que más me han gustado de este país imposible es la del periodista Santiago Segurola, el llanero solitario del periodismo deportivo y resistencia para aquellos que aún creemos que la prensa deportiva puede no ser la prensa rosa. Segurola afirma: “El mundo es una cosa, Italia es otra. Es el más humano de los países, si el término sirve para definir al hombre con toda su grandeza y sus pequeñas miserias. En el caso de Italia, hasta sus debilidades producen una mezcla de ternura y simpatía. Cuando se trata de belleza, de sabiduría popular, del placer de vivir, Italia es insuperable.” Una definición que admite que no puede definirla por completo parece la más apropiada. Supongo que eso es Italia.

Yo tengo otra. Italia es el país del show, el teatro puro, la gran representación. Cualquier detalle hace poner el grito en el cielo a los italianos, exagerados por naturaleza, tremendistas. Se avergüenzan y gritan más que nadie, con sus llamativos aspavientos, pero a los dos días todo sigue igual. Son tan estridentes como desmemoriados.

En el país del ‘cabreo express’ los ejemplos son ilimitados. Hace unos meses un policía murió agredido por ultras del Catania, equipo de la ciudad siciliana del mismo nombre. En realidad, los disturbios y peleas ya se esperaban, era el derbi contra el capitalino Palermo. Las broncas, heridos, detenidos, porrazos y carreras no son noticia los domingos en Italia. Pero ese domingo se atravesó una línea y un hombre murió por un explosivo que tiraron dentro de su furgoneta. La convulsión fue tremenda en el país. Telediarios, periódicos, funerales en directo, testimonios de la pobre hija destrozada, grandiosas frases de políticos… “Se acabó”, dijo el presidente de Federcalcio. A los dos meses un ultra de la Lazio murió por un disparo de un policía en una gasolinera. Nada había cambiado. Habían sido frases de fogueo. El show debe continuar.

El pasado diciembre dos chicos murieron en accidente laboral. Las tasas de mortalidad laboral en Italia son altísimas. Una fábrica en Turín se incendió y la falta de medidas de prevención desembocó en tragedia. Otra vez: manifestaciones, indignación, medios de comunicación gritando… el circo se puso en marcha rápidamente. “Nada va a cambiar”, me decían allí. Yo, que estaba en Italia justo en esos días, asistía a las quejas del país como quien asiste a un punto de inflexión sin retorno. Un ‘hasta aquí hemos llegado’, después de este enfado nada puede seguir igual. Pero, efectivamente, nada cambió. El italiano medio asiste o participa en la representación consciente de que nada cambiará. Todo seguirá igual.

Más teatro: hace dos años estuve en Nápoles. Paseando por sus desordenadas y caóticas calles (que te hacen preguntarte de verdad si estás en Europa) vi en el suelo un periódico. En la portada, el recién elegido primer ministro Romano Prodi: “Ley de choque para Nápoles”, decía. “Se acabó. Nápoles va a cambiar”. Las declaraciones venían a raíz de una invasión de ratas en un céntrico barrio, un hecho horrible, pero, al fin al cabo, sólo la punta del iceberg de una ciudad que se desangra con problemas mucho más graves. ¿Cambió algo después del órdago teatral e italianísimo de Prodi? A raíz de los que sigue, me temo que no:

Hace un mes, Nápoles se ahogaba en su propia basura. ¿Cómo es posible que la tercera ciudad (para muchos la segunda real, por delante de Roma y detrás de Milán) del séptimo país del mundo, sea un vertedero gigante? En la prensa se podía leer que el Estado había decidido cerrar hace años unos vertederos y que ahora necesitaba reabrirlos ante las protestas vecinales. Las protestas vecinales napolitanas no son las señoras gritando de por aquí. Allí, un par de autobuses quemados y varios periodistas apaleados dejan sutil constancia de que no van a reabrirse los vertederos. ¿Por qué decidió el Gobierno cerrarlos entonces si ahora no tiene donde meter la basura? Porque en los 90, anunció que había arrebatado a la Camorra el control y gestión de residuos. Esto fue un éxito, pero también una mentira. El Estado selló los vertederos tras calcular los deshechos que iban a producirse… sin contar con que la camorra los seguía gestionando en la ilegalidad. Una de las razones por las que Nápoles está tan sucio es porque a la mafia la basura le da dinero. Todas las empresas de Italia mandaron su basura a la camorra napolitana (que no cobraba impuestos) mientras que el feliz Gobierno cerraba vertederos a los agradecidos vecinos. Resultado: montañas de mierda que llegaron a aislar barrios enteros. El Gobierno necesita reabrir los vertederos, los vecinos se niegan, Italia monta en cólera. Al final, y con la prensa mirando ya hacia otro lado, el Estado se rinde y cede de nuevo el control de la basura a la mafia. El asunto se soluciona. Nápoles vuelve a estar hoy moderadamente sucio. El Estado, una vez más, fracasa en el sur.

Si la mafia son los malabaristas, los políticos son los payasos de este circo. En Italia hay tantos partidos que se agruparon en dos grandes bloques de unos 40 partidos cada uno: derecha e izquierda. Cada uno abarca todo el espectro. La derecha desde fascistas hasta centro-derecha. La izquierda desde comunistas hasta centro-izquierda. En medio democristianos, a la derecha de la izquierda y a la izquierda de la derecha, pero clericales ante todo. Gobernaron toda la vida.

No hay nadie que se cabree tanto con sus políticos como los italianos. El otro día los senadores se pegaron en la Cámara. Las encuestas tras el espectáculo reflejaban resultados alucinantes. Un 80% de los italianos considera que TODOS sus políticos son corruptos y canallas. Claman contra ellos. Y después, les votan.

En las próximas elecciones, casi seguro, ganará Berlusconi, il cavaliere. Este señor es presidente del AC Milan, un club de fútbol Cuando llegó al equipo, hizo una presentación del mismo en la que los jugadores llegaron al estadio en helicópteros, al son de ‘La Cabalgata de las Walkirias’. Si amigos. Este, se lo crean o no, es el Jesús Gil italiano. Y llegó a presidente de la República, y lo volverá a ser. Porque es un auténtico actorazo.

El fútbol es el ejemplo final del show. Su peso es desmedido en todos los ámbitos de la vida social. En muchos casos, todo queda reducido al calcio (fútbol en italiano). Todos los políticos tienen equipo de fútbol. Menos los democristianos, esos tipos tan raros de centro. El resto, incluidos jueces, fiscales y todo tipo de cargos públicos y notorios, son confesos ‘tifosi’ de algún club. Y esto tiene enorme peso en el país del show. Cuando Italia quedó eliminada del Mundial de 2002 a manos de Corea del Sur, el Parlamento pidió explicaciones al Gobierno. Al mundial siguiente ganaron. Ahí sí, al final, parece que se tomaron medidas.

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