Un día de furia

Cuando el sonido borroso del despertador explota en medio de tu placentero sueño, regresas al mundo. A veces me paro a pensar qué es soñar y por qué. Es increíble cómo te trasladas a otra realidad profunda y desconocida y más increíble aún es cómo regresas al mundo. Podría haber pasado un mes que no te habrías enterado.

El otro día ese sonido destrozó en pedazos mi sueño. Hora de levantarse. Mi proceso suele ser metódico. Primero, regreso a la consciencia: “este sonido es el despertador, ¿por qué suena? ¿Qué día es hoy? ¿Por qué tengo que levantarme?”. Segundo, negación: “no puede ser verdad, es demasiado pronto, tengo demasiado sueño. Me da igual, hoy no voy a trabajar”. Tercero, búsqueda de excusas: “llamo y digo que estoy enfermo, que viene el electricista”. Cuarto, razonamiento con influjo de responsabilidad: “pero qué estoy diciendo, levántate”. Quinto y último, aceptación: “venga, si no me levanto ahora, me quedo dormido”.

Mientras levantas la persiana o caminas hacia la ducha, no te planteas cómo te irá el día. Al menos yo no me lo planteo. No soy muy consciente de nada hasta que salgo del baño. Sólo entonces me considero despierto. Antes, no. Pero a veces el día quiere guerra. Y te lo hace saber enseguida. Las diez y media. Me he quedado dormido. Mierda. Sólo hay algo peor que levantarte con sueño. Levantarte con sueño y tarde. Todo empieza mal, todo está torcido ya. Llego al baño: segunda bofetada del día. Hay una fuga en la ducha. Hasta ayer goteaba pero esta mañana el grifo del agua caliente ha decidido escupir a presión un chorro de agua hirviendo que, además de inundarme el baño, llena todo de un vapor y un calor insoportables. Llevo diez minutos despierto y ya quiero matar a alguien. Cierro la llave de paso. Friego. Seco. Recojo. Sudo. Por el amor de dios, sólo quería levantarme y vivir. Abro la llave de paso y los grifos. Al hacerlo, la fuga se calma y puedo ducharme. El día guerrero pide tiempo muerto. Va ganando.

Mientras me calzo sentado en mi cama llamo al fontanero. El reloj del teléfono me devuelve al rin: ya llego media hora tarde. Al otro lado de la línea una señorita muy amable del seguro a todo riesgo de la casa. “El fontanero sólo podría ir al mediodía”. Mi descanso para comer es de dos a cuatro, pero nunca regreso a casa. Me queda demasiado lejos. Pero la fuga es insostenible, así que hoy no comeré y emplearé ese tiempo en volver a casa.

Peor que llegar tarde al trabajo es llegar tarde y decir que te tienes que ir antes. El día fluye demoníaco, no me da tregua. En el rato que estoy en el trabajo entro en mi correo para ver mi nómina. Al fin hemos cobrado. ¿Una buena noticia? La tendencia de hoy no cambia: ajustes en las retenciones. Mi sueldo neto ha descendido en 127 euros. ¿Es una broma? Ni mucho menos. Comienzo a aplatanarme realmente.

Cojo mi estado de ánimo y, a la una y media, emprendo el regreso a casa. Hambre, pero no hay tiempo. ¿Dónde está el fontanero? Son las dos y media. Y ahora las tres. Y ahora las cuatro. ¿Dónde está este hijo de puta? Vuelvo a llegar tarde. Creo que nunca había llegado tarde al trabajo dos veces en el mismo día. Suena el timbre cuando hacía el quinto repaso a la familia del fontanero. Es un hombre bajito, de unos 60 años mal llevados. Cara arrugada y pelo blanco. Regordete y tranquilo. Mira el grifo. Me mira. Mira el grifo. Me mira. Niega con la cabeza. Gesto de resignación mientras marca un número en su móvil. No hay siniestro. No lo cubre el seguro. ¿Cómo? Empiezo a tener ganas de llorar hoy. O de descojonarme, ya no lo sé. “Es que no hay daños”. “No te jode, porque tengo la llave de paso cerrada, sino, entraba usted en piragua”. No me atrevo a decirle esto. Para completar la ironía el caballerete me regala dos juntas y me enseña cómo hacerlo yo mismo. “Así te ahorras la pasta”, me sonríe pícaro. Este hombre robó barras de pan en la posguerra, pienso. “Si yo no pago caballero, paga la dueña del piso”. Sorpresa final. Me da una hoja de fontanería y me dice que la rellene después de arreglar el grifo yo, así me saco un dinero. Alucinante.

Lo despido a palmadas en la espalda. Son las cinco. La hora perfecta para pasarme mi parada de metro del trabajo por primera vez en el año. Justo hoy. Cuando llego todo me importa más bien poco. La pantalla del ordenador me recuerda mi bajada de sueldo. Me vibra el móvil. Tengo un mensaje: “Gescasa (el seguro) informa: la obra encargada ya ha finalizado. Gracias por confiar en nosotros”. Es definitivo, alguien me está tomando el pelo hoy. Es el show de Truman.

Me voy a casa. Me voy a la cama. Ah no, tengo que limpiar la cocina… Cuando el sonido del despertador explotó en mi sueño, de verdad que no esperaba nada de esto. Pero hay días así, supongo.

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