El globo de agua

Hay días que sin serlo, son un auténtico relato. No hace falta recurrir a la inventiva, ni exprimir los sesos para lograr una buena historia. A veces llega sólo con vivir un día. Sólo eso.

Avión de Easyjet A Coruña-Madrid. Por alguna razón que aún no logro comprender, subo al avión meándome. “Ya mearé dentro”, pienso mientras entrego la tarjeta de embarque. Me siento. Mi localidad es de ventanilla, con otros dos compañeros de viaje que forman una barrera demasiado complicada de sortear hasta el pasillo. “Uf, qué pereza levantar a esta señora y al que debe de ser su hijo para mear, mejor me duermo”. Y así lo hago. Ni me entero del despegue. De hecho, duermo como una marsopa hasta que el avión inicia las maniobras de aterrizaje. Me despierto en ese momento en el que ya no te puedes levantar. Ni siquiera puedes desabrocharte el cinturón de seguridad: me meo. Me meo vivo. Y no, no es una de esas veces en las que te haces mucho pis al levantarte de la cama. O cuando estás llegando a casa muy, muy justito. No amigos y amigas. Voy a reventar y no me puedo mover de mi asiento. Vamos a aterrizar.

Un intenso dolor se ceba con mi bajo vientre. Como si alguien me agarrase con fuerza bajo la barriga. Dentro de mi, un enorme globo de agua al límite, a punto de estallar. Tan lleno, que gotitas de agua desbordan por todas partes anunciando una inminente explosión liberadora. La tremenda presión empuja desde dentro y me impide moverme. “Oh dios mio, me voy a mear encima”. Debo levantarme y mear. Pero no se puede. Está prohibidísimo. Si me levantase y una de las tan frecuentes corrientes de aire caliente choca contra una de las habituales masas de aire frío a 100 metros del suelo, podría hacer descender bruscamente el aeroplano haciendo que yo me incruste contra el techo y, producto de ello, me mee encima. Por eso está prohibido.

Pero es que no puedo. Joder, el inmenso globo de agua me pesa tanto dentro, que me impide siquiera moverme. Me muerdo el puño. De acuerdo, no pensaré en ello. Soy un adulto. Puedo aguantar 10 minutos más si me lo propongo. Cielos, no puedo, es que no puedo. Me meo. Quiero llorar. Sale el tren de aterrizaje. Ya se ven las estúpidas azoteas de los estúpidos edificios. En diez minutos el avión tiene que estar parado. Puedo aguantar diez minutos. No, no puedo. Es imposible pensar en otra cosa. Estoy sudando y me lloran los ojos. Noto que la señora de al lado, esa cabrona que me impidió salir al principio (si no me hubiera dormido y hubiera decidido que quería salir) me mira. Observa un muchacho ansioso, sudoroso. Ve a un chico que mueve nervioso las piernas, como atemorizado por las maniobras de aterrizaje. Tengo la frente llena de perlas de sudor.

A escasos 50 metros del suelo comprendo que no aguanto, que no lo voy a lograr. En mi cabeza las imágenes se suceden: me esfínter ya no aguanta más y, poco a poco, muy lentamente, va cediendo ante la aplastante presión del globo de agua. El pis comienza a salir, primero unas gotas y después ya es imparable. No hay manera de contenerlo. Me rindo a la evidencia y un potente e infrenable chorro caliente empapa mis pantalones. Me meo encima envuelto en una mezcla de satisfacción y horror. La señora me mira. Refunfuña y protesta…. Dios, si sigo así, va a ocurrir realmente….

Me giro con la intención de contactar con los ojos de una azafata. Medio levanto la mano en un patético gesto de pedir ayuda. Pero comprendo lo lamentable de mi acción y, con el avión casi tocando la pista, aborto el intento. Me giro, y doy vueltas frenéticamente al tornillo que sobresale del asiento de delante. La señora me mira más desconfiada. Las ruedas contra la pista. Entiendo que me resulta imposible pensar en algo que no sea pis. Intento concentrarme en los días que acabo de pasar en Coruña, pero es inútil.

La tortura alcanza su punto máximo cuando el avión comienza a rodar lenta y parsimoniosamente por el aeropuerto más largo de la historia del universo. Avanzamos a la velocidad de una oruga por un desierto infinito donde no hay váteres. Tazas blancas, rincones solitarios, meaderos públicos… todos en mi cabeza…

El dolor alcanza otra fase. Dejo de sentirlo. Sé que estoy a punto de estallar pero no siento nada. Lo cual me resulta aún más agobiante. Si no siento el esfínter no puedo controlarlo. Paranoia. Temo empezar a mearme sin ni siquiera ser consciente de estar haciéndolo. Temo notar, de pronto, un súbito líquido caliente empapando sin piedad mis vaqueros.

Concluyo que es irremediable. Voy a girar un poco sobre mi mismo, voy a sacarla y voy a mear aquí mismo. Eso, o mi globo de agua estallará, o se agrietará irremediablemente. El avión se detiene. Al fin, dios mío al fin. La luz de la señal del cinturón de seguridad se apaga. Todos en pie, yo más rápido que nadie. Al ponerme de pie, mi rebosante globo de agua se mueve pesado. Comprendo que no puedo ni caminar. Que no voy a llegar a la terminal. Tengo que mear en el avión. ¿Se puede con el avión parado? “Señora. Señora necesito salir. Déjeme salir”. La señora me mira definitivamente como a un perturbado. “Neniño, no puedo”. Tiene razón. Está lleno de gente. “Señora, no lo comprende. Tengo que salir”. Mirada asesina de la señora, que tiene el cuerpo ridículamente inclinado, con la cabeza semiagachada por los compartimentos de equipajes y un brazo en cada asiento, como si fuera a elevarse atléticamente sobre ellos.

Llegué al límite. Me pongo de pie sobre mi asiento y trepo sobre varios de ellos ante la disimulada mirada de sorpresa del resto del pasaje, que espera a desembarcar apretujados en el pasillo. Un pasillo por el que me abro hueco casi a empujones, pidiendo perdón a cada paso, y sin sentir siquiera que me meo. Ya no siento nada. Dejo miradas malhumoradas a mi paso, es como si la gente no me quisiera dejar pasar. Pero ya todo me da igual. No me importa empujar, pisar o apartar. Fuera de mi camino malditos mortales de vejigas vacías. Necesito mear y puedo matar por ello. “¿Puedo utilizar el baño?”, pregunto mientras me meto en él. No llego a escuchar la respuesta de la azafata, así que debe de ser que sí.

Era tanta la necesidad que tarda unos segundo en salir.

Ya nada importa. El mundo puede pararse. Mil guerras pueden estallar. El pis fluye libre. Mi globo se deshincha despacio y aliviado. Un chorro de placer inunda mi cuerpo. Ahí fuera el mundo es oscuro y tenebroso. Es un mundo de agobios y dolor. Aquí, en este pequeño baño-cubículo de este pequeño avión en medio de este aeropuerto, surge, por un instante, como un destello, la felicidad y el alivio más absolutos.

Anuncios
El globo de agua

Un comentario en “El globo de agua

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s