El Estado que todo lo puede

Me despierta cada vez más curiosidad la arrolladora fuerza de los estados modernos. Yo comprendo que debemos organizarnos de alguna manera. Hasta me muestro de acuerdo con ello. En la naturaleza, la mayoría de organismos tienden a agruparse en superorganismos para garantizar su supervivencia. Hasta nosotros mismos somos un superorganismo de células que por ellas solas no podrían vivir. Las ciudades cada día son más grandes y cada vez vivimos más agrupados. Queremos garantizar nuestra supervivencia.

Pero esta agrupación, que se asemeja a una alocada carrera (es que ya somos demasiados y hay quien sigue gritando a los cuatro vientos que no utilicemos preservativos) esta loca agrupación, decía, se está llevando por delante muchas cosas. Sobre todo se está llevando por delante pueblos y culturas.

Pueblo, como tal, por ejemplo “el pueblo vasco”, no tiene un fundamento jurídico. No es nada en el Derecho, y por lo tanto no se puede aspirar a nada exigiendo derechos o libertades para tal o para cual pueblo. Sencillamente porque eso no existe legalmente.

Pero seamos coherentes. Sí que existen fuera de la filosofía del derecho. Existen los escoceses, existen los flamencos, existen los miles de indígenas de sudamérica, existe el pueblo vasco, el catalán o el gallego. Existen.

Es difícil exponer los motivos por los que estos pueblos existen sin caer en el nacionalismo (odiadísimo según las últimas modas) Para entenderlo, lo más recomendable es leer sobre la cultura e historia de estos pueblos y que cada uno saque sus propias conclusiones. Habrá de todo, pero lo más seguro es que la mayoría asimile que se trata de realidades propias y con cultura, historia y accidentes e incidentes propios. Propios en mayor o menos medida. Pero propios.

Es por esto que se me antoja alocada la carrera de los estados modernos. Simplificándolo, me da la impresión de que hoy, si no eres un estado, no existes. Te aplastan. Incluso si nunca lo fuiste. En esta carrera, los estados que sí existen se llevan por delante todo. Y enfrentarte a estas realidades supone, según muchos, retroceder en el tiempo, no querer mirar al progreso ni al futuro. Es decir, si yo no me siento parte del estado al que pertenzco, y sí a un pueblo o país que lo compone, tiendo a la destrucción de este estado y me cierro al progreso del mismo.

Sin embargo, pocos ven en esta discrepancia un intento por redefinir el estado, por conformarlo de otra manera, con el mismo ansia progresadora que no progresista. Y todo esto no es una cuestión de sentimientos, que también.

Por eso últimamente no puedo evitar sonreir un poco (sólo un poco) cuando veo los orgullosos estados modernos, que antes se han llevado por delante tantas y tantas cosas, intentar ocultar las grietas que se les abren. En Bélgica dos realidades, flamencos y valones, llevan meses sin ponerse acuerdo para formar un Gobierno. En Francia hay millones de personas que siguen sin sentirse francesas pese a que sus abuelos ya lo eran, porque no se les reconoce como franceses. En Italia (el sur, sobre todo) las estampas de hoy y las de hace diez años, apenas han variado en un estado fruto de muchos países que se lleva por delante, como quien no quiere la cosa, unos 15 idiomas sin que a nadie parezca importarle. En España quien defiende otro modelo de estado por considerar éste desigual o injusto, es calificado de nacionalista, retrógrado y otras cosillas. En Bolivia los blancos de Beni, Santa Cruz y compañía no tragan con la Consititución pro indígena de Evo. ¿Son el mismo país de verdad? En Gran Bretaña los escoceses deciden fecha para el referéndum para su independencia…

Todos queremos un mundo mejor. Todos estamos dispuestos a pasar por alto cientos de cosas por un mundo mejor. Pero no vamos a olvidar identidades, culturas e historias en pos de un estado sólo para seguir la loca carrera de este estúpido desarrollo que todo se lleva por delante. ¿No?

Se tiende a la globalización y todas estas “revisiones” y reflexiones parecen frenos para lograrla. Sin embargo, opino que quien decidió que lo mejor era globalizar, no tuvo en cuenta a partir de qué. Si es a partir de estados que intentan borrar huellas pasadas que ponen en duda su legítima existencia, me temo que no va a salir bien. Está bien, globalicémonos, pero con “sentidiño”. No arrollando a lo loco todo lo que no sea un estado moderno. Respetemos. Redefinamos. Seamos coherentes. Y después, ya sí, modernos y progresistas.

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